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Gallegas en pijamas. Capítulo 2.

¿Qué carajo estoy haciendo de mi vida?

Cuando desperté en medio de aquella multitud, había una mano agarrándome las bolas. Era la mía. No sé porqué tengo la costumbre de agarrarme los huevos al dormir. Ni que me los quisieran afanar. Incluso en los viajes de larga distancia dos por tres la azafata me toca el hombro porque quiere servirme el desayuno y yo se lo recibo con cara amable, tratando de ocultar que hasta hace un segundo estaba apoliyando bien aferradito a mis pelotas. Qué sé yo, debe ser porque en mi infancia fue lo del caso Bobbit y quedé traumado.

La cosa es que miré alrededor, para ver si alguna de las gallegas me había descubierto en esa posición idiota. Por suerte no. Envalentonado, me incorporé un toquesaun. Aunque por la ventana ya asomaban las primeras luces, el despertador del celu  no había sonado. Nada de eso importaba a las pibas, que seguían ocupadas en unos REMs que imaginé repletos de letras zeta y montañas. Manteniendo un silencio de ninja me puse a contarlas. Dos estaban al lado de mi cama. Otra justo debajo de la lámpara y para el lado de la cocina había otras dos. Cinco para el peso, las cinco dormidísimas.

Miré el celu. Era casi hora de levantarse. Empecé a vestirme, pero no pude esquivar esa sensación que se tiene cuando uno está dentro de una pieza donde otros descansan. La mezcla de adormecimiento y calidez, el placer de percibir que los demás están mansos. Las ganas de participar en la invernada.

Colgué en la silla la ropa que me acababa de poner y volví a la cama. Boca arriba, con las manos enlazadas bajo la nuca, me puse a pensar en que no tenía ni media gana de levantarme a las siete y media.

Con el pedo ya en velocidad crucero, mi quinteto galaico había caído en un sueño profundo. Pensé razonamientos medio melancos, como por ejemplo que tal como iba mi vida era improbable que yo volviera a estar en esa situación. Sabía, por otra parte, que la mañana desmantelaría la escena. Se cerraría la mirilla que daba al bosque de las ninfas; y para ellas se abriría una compuerta de preguntas al portero y llamadas a la cerrajería.

Sé que no soy el primero en decir que el acto de mirar dormir a una mujer es sumamente íntimo. Si eso vale para una, no hablemos ya de cinco. La orgía de la vista: las que estaban cerca mío eran “la vezina” y una rubia de rulos. Tenían pinta de empleadas de Blockbuster, aunque sin acné. Justo en el centro de la habitación se había acomodado una de onda turca y labios grandotes. Su piel brillaba con el azul que venía de la calle.

Achiqué los ojos para ver qué tal venían las dos restantes. Me habría caído de culo si no hubiera estado ya acostado. Las pendejas que se habían tirado para el lado de la cocina estaban muy cerca una de la otra.Tanteando entre mis sábanas, agarré el teléfono y desactivé el despertador.

Y a las siete y media, lo único que se escuchó en mi monoambiente santelmístico fueron las respiraciones de aquel jardín de mujeres.

Continuará…

(Te aviso por las dudas que la primera parte de esta historia la encontrás ACÁ.)

Gallegas en Pijamas. Capítulo I.

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–Dnd tas?

–Aka en ksa. Fndido x laburo. Ttanbdo de drmir.

–Tas raro. Ya spcho lo obvio. Buen, no te jdo más. Spero explicaciones.

Maldita sea la gente que se enoja por SMS. Apreté dos o tres botones con bronca, puse el despertador del celu a las 7.30 y cerré la tapita como quien da un portazo en miniatura. Ah, descansar. Después del quilombo del sábado necesitaba descansar. Y mucho.

A las cuatro de la mañana oigo que me golpean la puerta ¿Quién carajo? Puerta: “zoy tu vezina de al lao”. “Que voz de trolo que se le ha puesto al portero”, dije para mis adormecidos adentros. Después me resfregué la cara y caí: había visto a la española de reojo esa misma tarde, ella llegando con una mochila Doite de quinientos mangos y yo con la bolsa del súper. Vivimos en el mismo piso pero no nos conocíamos más que de cruzarnos. Hace unos meses alquiló acá en el edificio y se fue a hacer la Ruta 40, con sus amigas. Nunca entendí porqué alquilaba y se iba. Tampoco había alcanzado a escanearla bien, y ahora se me complicaba todavía más porque estaba sin los lentes y dormidísimo.

Abrí y traté de hacer foco. Cuando lo conseguí ví que estaba frente una horda de gallegas completamente borrachas. Hacían equilibrio igual que si mi pasillo fuera el Samba del Ital Park. “Mira, que me he dejao las llaves adentro de mi depto y no puedo entrar”, balbuceó la vecina.

–Además nos han quedao unas amigas abajo y no tenemos con qué abrirles– mandó otra, con la mandíbula pendiendo de un hilo. Apenas su cerebro volvió a ser capaz de eslabonar vocablos, me pidió el baño.

Dios. Y yo con el lavatorio lleno de pelos porque ese día me había afeitado y tenía fiaca de limpiar. Por no hablar del inodoro, claro. Encima me había puesto una remera de Woody Allen que uso sólo para dormir (porque me hace cara de Chanchito Feliz). En realidad, la remera es de “Manhattan”. Correspondía a una historia de vecinos. Pero definitivamente no sumaba.

Mandíbula batiente entró al baño y salió como si no hubiera visto nada. Me acordé del hijo de Jairo, que sigue hablando con onda madrileña aunque vive acá desde que tengo memoria ¿Dónde estaba él, para hacerse cargo de sus muchachas peninsulares? En ninguna parte. Duerme Negrito.Tenía que resolver todo el sudaka proletario.

Bajé. Hubo que arrear más gallegas hasta el ascensor. “Estoy flipando”, tiró una cuando la arrastramos de los sobacos, con sus talones siseando contra las baldosas. Lo mío era equivalente a ser enfermero de trinchera, si los soldados tuvieran tetas. Piso dos, tres, cuatro, cinco, seis. Clink. En realidad subimos al pedo, porque no había forma de entrar si las tías se habían dejado la llave adentro.

“Voy a considerarlas un sueño” dije, haciéndome el interesante y parafraseando descaradamente a Kafka. Rieron.

Y he aquí que en casa tengo una bolsa de dormir bastante aceptable. También sábanas, amén de una colchoneta que uso para hacer yoga copiando los movimientos de un video que bajé de Piratebay. Cuando estaban todas acomodadas en el living, una de ellas me preguntó “¿qué, no vas a dormir a tu habitación?”.

Tuve que explicarle que no existe otra habitación, que estábamos todos en mi monoambiente santélmico. No es mucho. Pero es todo lo que tengo.

En tres segundos empezaron a roncar. De modo que ahí estaban no sé cuantas españolas alfombrando el suelo con sus cuerpos y sus respiraciones agitadas. Abrí la tapita del celu y la luz blanca me iluminó la cara de nuevo. El despertador seguía firme junto al pueblo. A las siete y media había que levantarse. Eran las cuatro y treinta.

Continuará…


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Misiones anteriores

ESTE MES ME IMPACTARON

LIBROS:

-"Cuadernos de un aprendiz de boxeador", Loïc Wacquant.
-"Yo y tu", Martín Buber.
-"Cuentos Orientales", Marguerite Yourcenar

DISCOS:

-Me agarró un zumbido en la oreja y tengo que ir al otorrino.

PELIS:

-"El amigo americano", de Wim Wenders, con Dennis Hopper y Bruno Ganz (1977)

-"El desafío de las águilas", de Brian G. Hutton (1968).


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