¿Impolutos?

Imagen: María Zambianchi

impoluto, ta. (Del lat. impollūtus). 1. adj. Limpio, sin mancha.

Las mesas de formica de los hoteles baratos tienen una capa de grasa que es el rezumo de mil historias. Se comió ahí desde Gulash hasta asado, y de jamón serrano a sushi. A veces también hay pegotes. De licor. De alguna sangría con demasiado azúcar.

Mesas de hotel barato. Miro las superficies -siempre en colores espantosos- y me pregunto de qué hablaría esa gente en todos esos almuerzos y cenas. Incontables tipos y minas que por azar coincidieron una hora, o dos, y se confesaron entre sí aquellos secretos concentrados que intercambian los viajeros cuando necesitan espantar demonios.

Fue en una de estas noches, en un dormidero que está sobre la Rambla de Barcelona, que me topé con Ian.  El tugurio estaba manejado por dos checas y una australiana que –aunque llevaban cuatro años de jolgorio ibérico- no sabían decir ni “hola”.

Así que cuando llegué, Ian estaba embolado. Espiaba a través de su vaso, cabizbajo como si además de ser un mexicano real fuera el mexicano de un western. Licenciado en administración de empresas o algo así, andaba por los veintilargos, agotando el alcohol de las fondas catalanas con la certeza de que estaba cambiando de piel. Había llovido unas cuantas veces desde su salida a las rutas.

Ian, retratado de memoria por mi hermana la Yuli.

“Cuando arranqué este viaje yo era de derecha. Ahora todo lo contrario”, me confesó birra mediante. Acababa de ganar una beca para estudiar un doctorado. Pero me gusta pensar que los que le habían dado la posibilidad de convertirse en un académico grisáseo no anticiparon que el pibe, en las arenas del camino, ganaría nuevos colores.

II.

 Manchas. Grandes como templos o casi imperceptibles como caca de mosca. De la ropa, del cuerpo o del espíritu. Una tarde caminaba con mi hermana la Yuli por Roma: llovía y fuimos a la Plaza San Pedro, en el Vaticano.

Había una fila kilométrica. En éxtasis clitoriano, unas monjitas nos contaron que era para ver y escuchar al “Santo Padre”. El Papa iba a dar misa porque era el día “de los eclesiásticos”.

El equivalente a un concierto de AC DC en River, pero de signo exactamente opuesto.

Del entrevero de religiosas y curas que pululaban en el pogo espiritual, apareció un tipo que había reconocido nuestras voces sudakas. Era latinoamericano. Era hijo de diplomáticos. Vivía en Roma y estaba arrepentido: no de vivir en Roma, si no de haber tenido que ver con un incidente bastante oscuro.

No diré su nombre.

No quiero faltar a la palabra que en cierta forma le di al pedirle que me revelara su secreto. Dije que llovía, y que estábamos esperando a la intemperie para entrar a la basílica.

Todavía no nos habían dado el librito en tres idiomas donde -además de figurar las letras de las canciones que el coro vaticano iba a entonar- se detallaba que quienes participaran de la ceremonia ese día podían gozar de una “indulgencia plenaria”, es decir, del perdón de todos los pecados. Un reset para el alma.

(A propósito, me enteré después que la indulgencia plenaria sólo puede obtenerse una vez al día, excepto en caso de muerte inminente. Dato completamente al pedo pero no por eso menos interesante).

Nos resguardábamos del agua como podíamos. La fila de fieles crecía con el ímpetu de un ciempiés con esteroides. Típica imagen de San Pedro, con los paragüitas y sus etcéteras.

Alguno de nosotros –no recuerdo si fue mi hermana o yo – tiró al aire la pregunta: ¿Qué pecados querrá limpiar esta gente? Ya estábamos otra vez clasificando los modelos de sotana con puntillismo ácido cuando mi hermana cantó retruco.

–¿Y vos, flaco? ¿Porqué estás acá?— le inquirió a nuestro amigo latinoamericano.

Las personas tienen varias formas de llorar. Algunas se captan sólo con lupa, porque no implican lágrimas, ni contorsiones, ni gritos. Son ramalazos de angustia que tajean el semblante ante la sola mención de cierto asunto. Para el que no está atento, pasan desapercibidos.

Yo vi como a este tipo se le filtraba una especie de sonrisa invertida. Un rictus. Un llanto.

III.

Al fin desembuchó su drama:

“Era 31 de diciembre. Venía en el auto y al llegar a una esquina sentí un ruido fuerte en el costado. Un golpe. Creí que no era nada grave, por eso seguí manejando. Unas cuadras más adelante, pensé que mi responsabilidad era ir a ver qué había pasado”.

Cuando el flaco volvió, encontró el asfalto salpicado de rojo, una ambulancia, un coche de policías. Y un muerto.

Había atropellado a un hombre. Según me contó, su familia gastó más de ciento cincuenta mil euros en abogados para que no pesaran sobre él los cargos por “abandono de persona”.

Levanté la vista y noté que detrás nuestro la fila de paraguas se había extendido hasta perderse de vista, más allá de las columnas de San Pedro. “Por eso vengo a misa todos los jueves”, dijo el tipo, de pie pero acurrucado, con las manos en los bolsillos de su campera y el flequillo deshilachado por la lluvia.

IV.

Le he sentido el olor a chivo a una monja mientras empujaba para entrar a la basílica. Una hora y media esperando, y en el portal de la iglesia nos amontonamos como el buen rebaño del Señor.  A lo mejor fue por estar al lado de este pibe que iba a misa todos los jueves, no sé: la mano es que pude colarme como si mi hermana y yo fuéramos de alguna congregación.

Fray Facundo se sentó en tercera fila, a metros de donde iba a estar Ratzinger. Pero el tiempo pasaba y no había novedades. Empecé a impacientarme.

Hay curas yanquis que parecen clones de Richard Chamberlain en “El pájaro canta hasta morir”. Altos, simpáticos y tontones. Los debe fabricar la Chrysler. A uno con esa estampa le pregunté si sabía cuándo iba a salir Mr. Ratzi. “Está pautado para las cinco y media”, me tiró. Eran las cuatro.

No me quedaba ni en pedo. “¿Se van?”, murmuró el rebaño de las primeras filas. Estiré la vista en busca de la salida. Gente apiñada de a cientos o miles, sin un metro de espacio. Nadie podía entender qué motivo nos hacía irnos cuando estábamos tan bien ubicados.

Y así perdí la posibilidad de que se me perdonaran todas las faltas ante Dios. Cuando muera escribiré, quizá, desde algún teclado del Averno. Ocurre que soy más dado a pasar los ratos tomando mate en mesas de formica que en el Vaticano.

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