La ley del más obediente

Una de las cosas que me joden de andar por la Loma del Ojete es que no encuentro tiempo ni lugar para hacer gimnasia. Por eso cuando paro cerca de un parque o algo así lo aprovecho. Salgo a correr, y -si encuentro alguno de esos clásicos juegos de metal donde los niños se trepan y caen con el objetivo evidente de llorar – me pongo a hacer unas flexiones que desde lejos deben dar la impresión de que estoy teniendo un infarto.

Estoy contando esto por una razón muy específica. Quiero describir lo pelotudo que puede ser el reglamentarismo europeo.

Nueve de la mañana, pajaritos cantando, aroma de césped. Resulta que no había hecho más de cinco o seis flexiones cuando se me acerca una señora y me habla en catalán, aunque la entiendo perfectamente.

–L’informo que aquests jocs són per als nens–

–Sí, ya sé que los juegos son para niños. Pero también son de metal. Acero o algo así. No creo que se rompan–

–Es cierto, por mí quédese toda la tarde. Solamente quería que lo supiera.

Y la vieja se alejó hacia atrás flotando entre vapores, como fantasma de película argentina. Hice mis fokin flexiones mientras pensaba cómo carajo va a hacer esta gente para salir de la “crisis”.

Nadie puede salir de una crisis atándose a normas sin lógica.

II.

Tengo acá un libro que habla un poco de eso. “Sobre el tiempo”, de Norbert Elías. El loco sostiene que el tiempo es uno de los mecanismos más potentes para que la sociedad ejerza presión sobre el individuo y los pobres diablos usen un “uniforme” cognitivo.

En criollo: mediante el tiempo -y no “a través” de él- es que te vuelven obediente.

El otro día una chica, acá en el hostel, me mostró su lista de “Cosas que hay que hacer antes de los treinta”. Citaré algunas: “aprender a bailar tango”, “besar a un ruso” (ésa la había cumplido), “reconciliarse con la fe”, “llegar a hablar cinco lenguas”.

Me incomodó ¿Fue envidia mía, o era realmente una pelotuda? Me inclino por la segunda opción.

Para ir de una vez al grano: ¿para qué las reglas por las reglas mismas? ¿a quién “le cumplimos” cuando cumplimos años? ¿Qué deuda, y a favor de quiénes, tenemos a partir de nuestra perdurabilidad en este mundo?

Guardaos de los profetas del Tiempo. Siguiendo mandatos que nos vinieron de afuera, nos dejamos robar el presente.

Lo veo en cada esquina. Aquí muchas personas respetan los semáforos para peatones como si fueran la reencarnación de la Palabra Santa. De madrugada venía yo caminando por una callecita de Terrassa y me encontré en la senda peatonal, esperando junto a un chabón que miraba, cual zombie, el muñequito rojo del semáforo.

No se veía un solo auto, ni se oían motos. Ni un puto televisor perturbaba la paz.

Sin embargo este tipo seguía quieto, incapaz de rebelarse ante el tótem-semáforo. Yo crucé. Pasaron un par de segundos y casi lo oí pensar. Y él caminó. Caminó rompiendo las reglas. Fuera de tiempo, fuera de lugar. Desubicado.

 

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