Dios viaja en tren

I.

Aquí en Barna, mientras de fondo suena AC DC al repalo. Frente a mí una haitiana, un francés, un australiano y un inglés discuten sobre series de TV. Hace doce años que no tengo tele. Mejor ponerme a escribir, entonces.

Mejor hablar de quienes flotan con alas invisibles. Personajes capaces de remontarse por encima de lo obvio. Se han convertido en un componente inseparable de este viaje.

Porque cuando metés tu casa entera en cajas, ponés tu laburo de hace siete años en stand by y salís hacia lo inesperado, hay zonas de vos mismo que se abren. Desde la desnudez del espíritu, uno afina la cuerda interna que se oxidaba en las fundas de la rutina.

Y ahí, agarráte.

Quiero decir que un territorio muy sincero de mí empezó a comunicarse. Serán las ganas de cambiar. O de crecer. Lo pongo de ese modo y me da un poco de pudor. A la vez, sé que es lo más honesto que puedo contar en este momento: “algo muy sincero de mí empezó a comunicarse”.

Eso trae consecuencias. Los locos que encuentro por ahí me dan respuestas. No necesariamente palabras. Gestos, invitaciones, consejos a propósito de nada, que funcionan como pistas de algo que busco y que todavía no sé que es.

II.

Ya lo conté en el post anterior: estuve moviéndome bastante. En un tramo de la aventura me acompañó mi hermana. Le pedí que me dibujara un par de rostros. Caras que nos hubieran dejado sensaciones especiales.

De hecho, hoy voy a hablar acerca uno de estos dibujos. Me refiero al retrato de Leonard.

Veníamos en tren desde Roma. Un temporal de nieve había obligado a suspender decenas de salidas. En la estación llena de tanos encabritados, un empleado buena onda nos firmó un pase para que pudiéramos subirnos a cualquier servicio que nos acercara hasta nuestro destino planeado, Bologna.

En Italia los trenes tienen calefacción; y a pesar del hambre, los horarios enloquecidos y el movimiento de pasajeros que no encontraban sitio, uno no dejaba de palpar cierta atmósfera acogedora en aquellos vagones del semirápido de las 10.50, que rajaba los campos blanqueados por el invierno.

Los asientos estaban divididos en tandas de cuatro. Viajabas con un pasajero al lado y dos enfrente. Al llegar a no sé qué estación quedamos sólo tres, es decir, mi hermana, un pasajero alto y silencioso y yo.

Leonard, dibujado por mi hermana Julieta.

Saqué la bolsa con el chocolate y la abrí. Automáticamente, sin cálculo, partimos la barrita en tres para darle un pedacito al negro que teníamos delante.

Pero este no era un chabón equis. Este negro tenía la risa más grosa del universo.

En su inglés africano, Leonard nos contó que era de Nigeria y que estaba casado con una eslovena. Tenía seis hijos. Sobre esa base de amor el tipo montaba la catedral de su existencia. Trabajaba el mármol, era arquitecto, cantaba góspel y -si lo apuraban- hasta oficiaba de predicador.

–¿Predicador?

–Sí. Quedate tranquilo que no te quiero convencer—

–Todo bien. Pero quisiera preguntarte una cosa ¿Qué es Dios?

–Nada abstracto. Dios es ésto.

Abrió los brazos para abarcar a mi hermana y abarcarne a mí, y volvió a soltar la risa más grosa que pueda hallarse en esta parte de la galaxia.

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