Ramil y sus milongas borgianas

Vitor Ramil, sexto hijo de un uruguayo y una brasileña, es amante de Buenos Aires y la Pampa Argentina. Publicó las novelas Pequod y Satolep; aunque hace unos meses lo entrevisté a propósito de un disco de milongas que me encanta y que se llama Délibáb. Aquí, un resumen de la charla.

“El délibáb es un fenómeno extraordinario de la llanura húngara, tan semejante a nuestras llanuras. Único en su género, este tipo de espejismo traslada paisajes muy distantes al horizonte casi desierto, reproduciendo ante los maravillados ojos del observador, en los días calurosos, el desarrollo de escenas lejanas. Este fenómeno óptico es debido a la refracción desigual de los rayos solares de las capas de aire, de temperatura y refracción diferentes (…) Un tren en marcha a toda velocidad, pero no se perciben ruidos de máquina ni se escuchan pitadas. En realidad tal cosa sucede porque el tren `no está ahí`; tal vez se encuentra a más de 100 kilómetros de distancia. Pero el délibáb lo atrae al horizonte”.

Esa es la definición que dio el físico y escritor Ernesto Sábato en Nuestro Universo Maravilloso (Editorial Codex S. A., Buenos Aires, 1959). Medio siglo después, el cantautor gaúcho Vitor Ramil retomó la figura para una de sus novelas, y también para un disco de milongas que tiene mucho que ver con el presente continental.

Es lógico: délibáb viene de déli (“del sur”) y bab (“ilusión”).

***

“Traiga cuentos la guitarra

de cuando el fierro brillaba,

cuentos de truco y de taba,

de cuadreras y de copas,

cuentos de la Costa Brava

y el Camino de las Tropas”.

(Milonga de dos hermanos, J.L. Borges).

Entre la investigación, la literatura y el conjuro musical, la búsqueda de Ramil lo llevó a enfrentar a dos autores de algún modo antagónicos (¿un duelo?).

Por un lado Borges, el freak del lenguaje. Por otro Joao da Cunha Vargas, poeta con intuición de baqueano. Sorprende la manera en que el cantor consiguió que los dos espíritus jugaran a la taba a través de su talento: la sangre y los puñales borgianos resaltan la dulzura de Vargas, y viceversa.

Borges se abrasileña; Vargas de rioplatiza.

Al entrevistado le gusta pensar que sus dos referentes se miraron sin saber quién era el otro, a mediados de los años treinta del siglo pasado. Borges pasó una temporada de la estancia Las Nubes, en Salto Oriental, cerca de la frontera con Brasil.  A pocos kilómetros de ese pago –donde, en un hecho de ribetes insólitos, Georgie redactó el prólogo de un libro de poemas de Jauretche titulado El paso de los libres– vivía el mentado Vargas. Alegrete se llamaba su pueblo. Su estancia, La Primavera.

“¿No se habrán avistado, como si fuesen délibábs?”, se pregunta Ramil.

–Difícil saberlo. Lo que se rumorea es que usted hizo su propia experiencia con el asunto…

Yo estaba de viaje por Europa. Había leído la definición que da Sábato, pero no esperaba que al llegar a Hungría me persiguiera tanto esa palabra. Primero fue en las calles. “Calle délibáb”, decía un cartel. “A esa palabra la conozco”, me dije. Esa misma tarde, fui a ver un grupo de música que también se llamaba délibáb. Y al otro día me dieron un folleto que decía “venga a conocer los délibábs”…

–Espejismos. En cierto modo, vienen a desafiar lo que uno está acostumbrado a ver.

–Exacto. Uno de mis interrogantes, por ejemplo, es si se puede salir de la visión exclusivamente tropicalista que se tiene de Brasil. Hay milongueros en el sur del propio Brasil, en Uruguay y en Argentina; sin embargo están desconectados entre ellos a causa de los estereotipos. Ramilonga y mis discos siguientes son un esfuerzo para modificar eso. Y de a poco la ecuación se va resolviendo, porque en este último disco sigue habiendo milongas y a la vez no quedan a fuera las riquezas armónicas que vienen trabajando en mi país maestros como Milton Nascimento o Gismonti.

–Hay una síntesis de autores, pero también -desde los “temas”- una síntesis geográfica entre el Río Grande y el Río de la Plata. Y hasta una síntesis temporal, porque sus composiciones vuelven a traer al presente una colección de historias que en una primera impresión parecen antiguas…

–Mientras hacía el disco, yo mismo me empecé a preguntar porqué me emocionaban tanto estos relatos ¿Qué había ahí que me seguía conmoviendo a pesar de la distancia temporal y física? Si emocionan, es porque no son solamente una recopilación “intelectual” de textos de otro tiempo. Yo he conocido punks que se movilizaron muchísimo con esta música. Son ideas que tienen verdad. Una verdad que, como toda verdad, no se agota en los rótulos.

–¿Qué relación ve entre la música y la literatura?

–El misterio. La busqueda de la concisión y el rigor siempre nos conduce, al final, a una zona de vaguedad. Me interesa que mi música mantenga esa ambigüedad, una ambigüedad armónica que te desconcierta pero no molesta, con la rareza siempre acechando. Entonces me interesa eso: escuchás y ves que hay rigor, pero al final persiste el misterio.

Ramil vive en Pelotas. Aquí vendría un chiste fácil. Baste con decir, entonces, que Pelotas queda a unos trescientos kilómetros de Porto Alegre. Desde ahí en una hora y media se puede cruzar al Uruguay. No obstante, se trata de la localidad más “brasileña” de Rio Grande. Siempre hubo muchos negros, e incluso llegó a haber más negros que blancos. “Mi emoción musical más remota es la del carnaval en estas calles. A la vez tengo la imagen de mi papá y mi mamá bailando tango en una tanguería que se llamaba `El sobrado`. Allí había una pequeña orquesta que tocaba y que de algún modo contrastaba felizmente con los tamboriles. El percusionista Ramiro Musotto me contó que él se había hecho percusionista después de pasar por Pelotas justo en época de carnaval”, comenta.

–¿Y cómo reaccionaron en Río Grande cuando se puso a cantar milongas?

–Varios me dijeron que estaba traicionando la tradición. Yo defendía la posibilidad de hablar de estas cosas sin convertirme en un “personaje” gaucho. Hoy me emociona enterarme, cada tanto, de que alguna canción mía se interpreta en un boliche gauchesco.

***

En el prólogo a Para las seis cuerdas (1965), Borges avisa que “en el modesto caso” de sus milongas, “el lector debe suplir la música ausente por la imagen de un hombre que canturrrea, en el umbral de su zaguán o en un almacén, acompañándose con la guitarra. La mano se demora en las cuerdas y las palabras cuentan menos que los acordes”. Tramposa oración del viejo, que invita a destacar en la lectura los detalles de lo que no está escrito.

Para completar esa tarea imaginativa Ramil se contactó con Carlos Moscardini. Hombre de perfil superbajo, con su casita en Lomas de Zamora –al lado del Camino de la Tropa y cerca de Adrogué-, Moscardini cazó al vuelo la onda ramiliana. “Carlos –dice el entrevistado- tiene un sonido natural, que me permitió sumergirme en otra cultura sin apartarme de la mía. Aparte siempre caía a los ensayos con alfajores de maicena”.

–Se vieron en Buenos Aires…

Yo ya había grabado dos discos ahí. Elegimos un ambiente despojado, lo que tiene un poco de locura si se considera que yo soy independiente y se centralizan en mí una cantidad grande de decisiones. Carlos me facilitó ese transe. Su guitarra criolla se mixturó perfectamente con las cuerdas de acero que uso yo. Pasa que él se pone en tu música, escucha mucho. Tanto, que solamente ensayamos dos veces antes de grabar. O mejor dicho, los ensayos empezaron por compartir cosas, tomar mate y pasear juntos.

***

 

“A este fenómeno lo llaman délibáb”, expliqué. “Esta locomotora y este vagón que ven ustedes, tan nítidos, corriendo en este horizonte desértico, no están aquí donde parecen estar, sino a unos por lo menos cien kilómetros de distancia. Ocurre en días de mucho calor. Esa imagen atravesó regiones con atmósferas de distintas densidades y se proyectó así, clara, plana y no invertida, delante de mis ojos. Ningún sonido la acompañaba. Después de haber buscado mucho me convencí finalmente de que en realidad no había vías en aquel lugar.” Al rever aquella fotografía, guardada hacía tanto tiempo, y al observar la reacción de deslumbramiento de mis amigos, pensé que el “gran círculo” sería la documentación de un tipo de espejismo, pues sus fotos eran el registro de lo que otro ya había visto en otra parte, según lo demostraban los textos. Era también algo deslumbrante. (Satolep – Vitor Ramil, Ed. Cosac Naify, 2008.)

–Además de Moscardini, tuvo otros compañeros en Délibáb. Con Caetano Veloso hizo “Milonga de los morenos”…

–Caetano es una referencia enorme para mí y es un artista que siempre se supo conectar muy bien con la tradición. Dado que muchos perciben cierta afinidad en los timbres de nuestras voces, me pareció divertido que hiciéramos un dúo. Le mandé la melodía y él la interpretó con una enorme grandeza de espíritu, casi sin hacerle modificaciones.

BONUS TRACK: UN EXPLORADOR INDEPENDIENTE

De abuelo español, padre uruguayo y madre brasileña, Vitor Ramil nació en Rio Grande do Sul y comenzó su carrera a mediados de la década de 1980. Siempre investigó la zona de confluencia con la Argentina y Uruguay. Amante de la cultura rioplatense y la escritura de Borges, creó su propio sello y distribuidora de discos y libros, Satolep (es decir, Pelotas al vesre). Lleva publicados dos libros y nueve álbumes, entre los que se cuentan los brillantes “Ramilonga” y “Tambong”.Éste es su sitio oficial.

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1 Response to “Ramil y sus milongas borgianas”


  1. 1 Daniel García Etura septiembre 8, 2011 en 6:39 pm

    Muy interesante , y además el tema tratado con la exquisitez de alguien que es capaz de emocionarse ante la conjunción de belleza y muerte , salpicada de tradición e historia , muy bueno felicitaciones !!!!!!!!!


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