El regreso del renegao

Oscar Fariña habla de su libro “El guacho Martín Fierro”.
Por Facundo García
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Empezó con una imagen. Oscar Fariña estaba revisando un Martín Fierro que en la portada tenía la figura del clásico gaucho al galope, revoleando la cincha. “Se me ocurrió agarrar un lápiz y ver qué pasaba si reemplazaba al caballo por una moto y la cincha por una cartera. Esa semana, la tele estaba a full con el tema de los motochorros. Y entendí que en el dibujo había una clave, una traslación posible”, revela el autor de El guacho Martín Fierro (Ed. Factótum), poema narrativo que retoma –desde 2011– la figura de un icono fundamental de la literatura argentina.

Sin vigüela

El Wachín Fierro, nueva versión.

Tuve en mi piesa en un tiempo
hijos, la 9 y mujer;
pero empecé a padecer,
me cerraron la tranquera.
¡Y qué iba a hallar al volver!
Solito hallé mi tuquera (sic).

Aquí, el Fierro estampado se convierte en morocho de esquina, porque “la gente lee libros, no seres nacionales”. Se trata, además, de acercarse a una de las voces más potentes de la poesía joven. El paraguayo Fariña es uno de esos secretos que Buenos Aires todavía sabe guardar. Pelado y anónimo, se lo puede encontrar en cualquier bar que abra de noche. No vive de lo que escribe: la yuga full time como empleado de una librería, pero cualquiera que haya recorrido obras como Pintó el arrebato (ver recuadro) sabe que no es otro más. “Después de Pintó…, muchos me dijeron que lo que escribía les hacía recordar a la gauchesca. Entonces me resultó obvio que, de haber vivido hoy, Martín Fierro habría sido un pibe chorro. Su relación con el lenguaje, con el poder y con la estructura represiva me hicieron pensar que habían pasado ciento cuarenta años desde lo que quiso contar Hernández, pero a la vez quizá no había tantas diferencias.”

–Fierro mata mucho. Hoy se lo rotularía como asesino serial, o algo así.

–No sólo eso. Al famoso negro lo mata porque él, Fierro, está borracho. De cachivache que es… ¡por simple bardeo!

Como nunca, en la ocasión
por peliar me chifló el orto.
Y me agarré con un boli
que trajo una negra en moto.

El “negro” de antes es el inmigrante de ahora. “Busqué un equivalente –explica el autor–, porque la palabra ‘negro’ cambió de sentido en el ambiente por el que se mueve mi personaje.”

–Que vendrían a ser los barrios pobres del Gran Buenos Aires, o las villas de la Capital…

–Sí. En ese traslado, esa actualización, se delata a esa zona del Martín Fierro que para mí no es “idealizable”. Quiero decir que imaginé este texto en contra de las lecturas que se han hecho, esas lecturas de figurita for export que construyeron los oligarcas. Me parece que acá también anda revoloteando Borges con El fin y con su Pierre Menard, porque lo mío es como una reescritura, un experimento con la recontextualización.

–Una especie de traducción…

–Lo sentí como una traducción. Trabajé por capítulos, haciendo mis cosas al lado de los versos impresos. No quise releer el original para no “canonizarlo”. Y fue escribir como si estuviera releyendo, sin veneración. De hecho las ilustraciones las hice yo mismo, que no dibujo muy bien. Quería una estética linda y fea a la vez, tipo la de los dibujos que encontrás a veces en las carnicerías del conurbano.

Fariña dice que le gustaría que su creación circulara entre personas que no están acostumbradas a leer. En cuanto al campo literario, si algo recupera El guacho… del libro que lo inspiró es la capacidad de suscitar incomodidad. Provoca: “Yo decidí no hacer ‘la vuelta’ porque me parecía la parte careta del Martín Fierro. Cuando la escribió Hernández, se había vuelto senador. Ya era otra cosa. Cuántas veces pasa eso, ¿no? El tipo hace un laburo bárbaro que lo llevó a otro lado y al final traiciona a su propia criatura”.

–Veremos en qué termina su personaje cuando usted sea legislador. El pibe chorro se volverá cadete de oficina. O periodista.

–Nah. Por suerte soy de Asunción. ¡No puedo ser senador en la Argentina!

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