Jugo de truenos

A continuación, un borrador surgido de mis revolcones con la pantalla chica:

1.

En la cuarta temporada de Lost me avivé. Estaba ante una estafa. Algo, en este momento no recuerdo qué, me dio la pauta de que los guionistas estaban forzando la historia guiados exclusivamente por la angurria de dividendos.

Y así, aunque me había enganchado con algún que otro personaje, abandoné la isla para siempre.

Cuando más tarde me enteré de que muchos espectadores se habían sentido estafados con el final de Jack, Kate y toda la tropa, me dije: “bien, al menos ahorré unas cuantas horas”. (Horas que probablemente dediqué a mirar Kung Fu o el Superagente 86.)

2.

Todo esto viene a cuento por lo siguiente: terminé de mirar el capítulo 9 de Juego de Tronos, la gran apuesta de HBO en 2011. Ya me había caído de culo en el primer capítulo y ahora otra vez.

Y lo que más me gusta es que, como meta-personaje, a Juego de Tronos le importa tres carajos sacrificar un brazo, una pierna o la cabeza. Es la hidra de las narraciones. Amputále un pedazo y el monstruo seguirá caminando.

La serie podría guardar ases para el futuro. Un Sawyer o un Jack, ponéle. Sin embargo, haciendo gala de su confianza en la capacidad de mantenerte agarrado de las bolas, los sacrifica a roletes.

Los guionistas parecen haber recogido el anatema de Hayao Miyazaki: “no construyas una historia de buenos y malos. Ya nadie cree en eso. Es mejor que cada personaje tenga toda la ambigüedad que hay en la vida real”. Ese realismo, claro, implica que si alguien recibe un espadazo en el cuello se muere, por más protagónica que sea su cabeza.

Puede morir cualquiera.

Como en las partidas de ajedrez picantes –ésas en que notás que el otro te está regalando la dama y te preguntás “pero si este hijo de puta me está tentando con ésto, debe ser porque tiene planeado algo grande”- a Juego de tronos le gusta apostar fuerte. Propone una pelea con el espectador, pero no impide que éste le aseste golpes. Cuando una parte tuya dice “uh, ahí está el típico héroe”, los que cuentan acusan recibo del sopapo, se agachan y te devuelven el golpe fuerte y abajo. Liquidan al personaje y te dejan tambaleante.

Expectante.

3.

Enumero más encantos:

Los primeros capítulos plantean una narración que no se amilana ante la complejidad, y a veces me hace buscar mapas y datos adicionales en la Web. Todo se ambienta en un estadio tecnológico que corresponde al Medioevo, con lobos salvajes y cuervos que funcionan cual palomas mensajeras (y sí, ya sé que es un lugar común, pero ¿con qué otra época iba a sintonizar la TV en un año que se caracteriza por el asesinato de musulmanes, la beatificación de un Papa y la aclamación masiva de un casamiento real?)

Por otro lado, el programa se basa –y bastante fielmente- en una serie de novelas de George Martin. Lo que por ahora nos garantiza que no habrá sanateos tipo Lost: acá están los libros, allá los capítulos; los fotogramas se limitan a seguir a las páginas. No hay, en principio, engaño ni “estiramiento artificial” posible.

(Excepto en las escenas de sexo, que –a medio camino entre la pelotudez y el soft porno- quedan como una bobería frente a un universo en el que un espadazo puede dejar a un guerrero con las dos manos agarrándose el vientre para que no se le escapen los intestinos. Pero bueh, son yanquis.)

4.

Sería justo citar gracias menos evidentes.

En Juego de Tronos existen los dragones y los animales exóticos, pero la responsabilidad de tirar para adelante la llevan los distintos pueblos y sus dirigentes, descriptos desde una suerte de antropología ficcional que los enmarca en un conjunto de creencias, compromisos y “estructuras de sentimiento” particulares y en conflicto.

El espectador interesado en la historia reconocerá rasgos de los hunos, los vikingos y diferentes pueblos de Europa y Asia, que aparecen como si alguien los hubiera metido en una licuadora para reconfigurarlos a gusto.

(Hasta se contrató a especialistas en lenguajes inventados para que compusieran el vocabulario de los Dothraki, una horda tan violenta que no tiene ninguna palabra que signifique “gracias”.)

La geografía, por otra parte, no se limita a un cambio de paisaje. Los eventos transcurren en Westeros, continente compuesto por siete reinos y un área salvaje al norte. Entre los reinos y la inmensidad inhóspita hay una muralla de huelo que me hace acordar a la China.

En ese pago los veranos duran décadas y un invierno puede ser tan largo como una vida.

En términos psicológicos, Juego de tronos es más realista que muchas películas documentales, en la medida en que propone un festival de jerarquías e idiosincracias bordado de matices.

“En el juego de tronos ganas o mueres”, se repite, aunque paradójicamente los personajes más fascinantes de la serie son los que escapan a esa lógica. Los que  en alguna zona de su intimidad eligen al honor antes que el poder. Los que temen a esas cosas que nosotros -que vivimos en una realidad sin seres de ensueño ni batallas con espadas- tememos cada vez que llega la noche del domingo y empezamos a pensar en la semana que empieza.

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