Uno toma de sus viejos lo que necesita (por Justin Halpern)

El Día del Padre nunca fue nada especial en casa. Mi viejo odia las celebraciones. Se mete en el quilombo de Navidad sólo porque significa mucho para mamá. Aguanta la Pascua porque implica que va a comer jamón. “Organicen lo que se les cante, con tal de que haya jamón”, lo oí repetir a lo largo de mi vida. Pero en rigor el Día del Padre es su día, y por lo tanto él siente que tiene el derecho a no hacer nada y pasárselo en casa.

“A la mierda, cualquiera puede procrear y de hecho la mayoría lo hace. Así que me niego a celebrar una probabilidad estadística”, anunció en el Día del Padre del año en que cumplí los diecisiete.

Yo estaba por graduarme de la secundaria, y mi relación con él se había vuelto jodida. Todo lo que hacía uno molestaba al otro. Manejé el conflicto tratando de no estar cerca, y él lo manejó repitiendo la frase “¿Me disculpás? Me voy a ver la fucking televisión”.

Así que cuando me dijo en la mañana del Día del Padre de no iba a participar de una fiesta ni de nada, francamente me pareció un alivio. Pero no a mi vieja. Esa noche me senté en mi cama a leer un librito informativo que entregaba la Universidad de San Diego -donde yo pensaba ingresar en el otoño- cuando se abrió la puerta y entró él.

–No sé lo que estabas haciendo pero perdoná que te interrumpa- dijo.

–Nah…solamente estaba mirando las materias que hay en la facu- respondí.

–¿En serio? ¿Cómo cuáles?–

–¿Te interesa?

–Em…al carajo, la verdad que no. Escucháme, tu madre piensa que vas a abandonar los estudios y que me vas a odiar y que no vamos a ser amigos hasta el día en que yo me esté muriendo y la caca me chorree por los pantalones. Qué boludez, ¿no?

–Ajam…

–Así que mirá. No soy un tipo fácil de aguantar. Ya lo sé. Pero sabés que mataría a cualquiera si tuviera que hacerlo para defenderte. Me refiero a asesinar a un ser humano, sí. Fucking homicidio. Si hiciera falta.

–¿Y porqué necesitarías hacer eso?—dije.

–No sé. O sea, si te metieras con alguna banda de garcas, o si le cagaras la esposa a algún otro flaco y se te viniera al humo, o qué se yo. Ése no es el punto. Mi punto es: puede parecer que soy un nabo, pero tengo buenas intenciones. Y quiero contarte una historia—dijo, sentándose al pie de mi cama antes de pararse de nuevo, como rebotando.

–Che, tu cama huele como la mierda ¿Dónde me puedo sentar que no haya ese olor a bosta?

Le señalé la silla de mi escritorio, que estaba tapada de ropa sucia. El puso la ropa en el piso y se echó en la silla.

–Si te sirve saberlo, esta silla también tiene un olor a sorete tremendo. Te aviso que no es una opción anti-olor-a mierda, en caso de que invites a alguna chica o algo.

–¿Y cuál es tu historia?—lo apuré.

–¿Te conté alguna vez cómo me hice pelota este brazo?– preguntó, apuntando a la enorme y blancuzca cicatriz que prácticamente hacía un círculo alrededor de su codo.

–Sí, un montón de veces. Tenías como diez años y estabas en la granja y te caíste de un tacho de tabaco y después se te cayó el tacho encima…—

–Sí. ¿Pero nunca te conté lo que pasó después de que se me cayó encima el tacho?

–A lo mejor sí–.

Se acomodó en la silla.

–Estaba tirado en el suelo, con los huesos saliéndome por afuera de la piel. Tu tía Debbie estaba cagada en las patas. Me subieron al auto y me llevaron. Cuarenta y cinco minutos a Lexington, al doctor. Te estoy hablando de Kentucky en 1946. Mi pueblo era una mancha de moco en el mapa, así que por cualquier cosa teníamos que ir hasta el pueblo. Así que el doctor me ve, me pone vendas en las heridas, y me interna en el hospital. Me dolía tanto que estaba medio desmayado.

–Una vez casi me pasa algo así—lo interrumpí.

–No, no te pasó. Así que yo estaba ahí en la cama del hospital cuando tu abuelo llega. Tu abuelo era un bruto hijo de perra. No era como lo conociste vos, se ablandó después de los noventa. Así que tu abuelo se pone a hablar con el doctor, y se van los dos con tu tía Debbie fuera de la sala. Entonces los puedo oír conversando, aunque ellos no se dan cuenta. El doctor le dice a tu abuelo que aparentemente tengo una infección que ya me tomó el brazo. Y el abuelo, en esa voz rasposa que tiene, pregunta qué significa eso. El doctor le dice que significa que pueden darme unos remedios y que eso tal vez elimine la infección, y que si no la elimina me voy a morir –.

–¿Posta que oíste al doctor decir eso?

–Yep.-

–¿Y qué pensaste hacer?

-¿Hacer sobre qué? Tenía fucking huesos saliendo de mi codo. No podía hacer un carajo. Así que el doctor le dice al abuelo que hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que la medicina funcione. Pero después le aclara que hay otra opción. Le dice al abuelo que si me amputan el brazo y el codo, seguro que me salvo.

–¿Y qué dijo el abuelo?—pregunté, estirándome hasta el borde de la cama.

–Dijo “dénle los remedios”. Y el doctor le insiste: “pero mire que hay cincuenta por ciento de probabilidades de que el chico se le muera”. Entonces el viejo se quedó callado un segundo. Nadie hizo ni un maldito ruido en todo el lugar. Y ahí escucho a tu abuelo aclararse la garganta y decir: “entonces dejen que se muera. No hay lugar en este mundo para los granjeros con un solo brazo”.

Mi viejo se quedó callado y se acomodó en la silla, estirando las piernas. Hasta ese momento, no me había contado muchas historias sobre su padre, y la verdad es que yo no estaba muy seguro acerca de cómo se sentía él respecto a eso.  Era la primera vez que me dejaba “espiar” en ese tema.

–Che, que mal…

–¿Mal qué?—preguntó él, con la cara en un gesto de confusión, mientras se enderezaba en la silla.

–Bueno, no sé, debe ser una experiencia dura. No puedo creer que el abuelo hiciera eso.

–¿De qué mierda me estás hablando, boludo? ¡El chabón me salvó el brazo! Me querían cortar el brazo y el me lo salvó. A eso iba: el abuelo puede ser un tarado a veces, pero cuando hacía falta, él estaba ahí para bancarme.

–¿Eso interpretaste vos de todo este asunto?

–Sí. No sé qué otra cosa esperabas que tomara. Imagináme con un solo brazo. Sería un desastre. De todos modos, así como el abuelo se preocupó por mí, yo me preocupo por vos y no quiero que andes por ahí odiándome, porque yo no te odio. Yo te quiero un montón.

Se paró y estiró sus pantalones con las manos.

–Dios mío, ¡y hacé algo con el tufo que hay en esta pieza!

Catorce años después, en su Día del Padre, a pesar de su rechazo a este festejo, me gustaría agradecerle al viejo por todo lo que ha hecho por mí y le aviso: si un tacho alguna vez me aplasta, no nos arriesguemos. Que me corten el brazo. Hay muchísimo espacio en este mundo para los escritores que tienen una sola mano.

(Traducción del inglés al argentino hecha por mí)

Anuncios

0 Responses to “Uno toma de sus viejos lo que necesita (por Justin Halpern)”



  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




Misiones anteriores

ESTE MES ME IMPACTARON

LIBROS:

-"Cuadernos de un aprendiz de boxeador", Loïc Wacquant.
-"Yo y tu", Martín Buber.
-"Cuentos Orientales", Marguerite Yourcenar

DISCOS:

-Me agarró un zumbido en la oreja y tengo que ir al otorrino.

PELIS:

-"El amigo americano", de Wim Wenders, con Dennis Hopper y Bruno Ganz (1977)

-"El desafío de las águilas", de Brian G. Hutton (1968).


A %d blogueros les gusta esto: