Apuntes sobre un viaje a China, parte 7

El emperador Quianlong

Fue el emperador más viejo de la historia china: Quianlong nació en el año cincuenta del reino de Kangxi (circa 1711). Su vida fue larga y –al menos para él- alegre.

Tuvo tiempo de escribir miles de poemas y de fundar una “inquisición literaria” que enjuició a más de cincuenta personas y las condenó a la decapitación o a la muerte lenta por medio del corte en fetas de los cuerpos de las víctimas.

En 1779, cuando Qianlong rondaba los setenta, sintió que su salud le estaba fallando. No podría llevar adelante las ceremonias de la Cosecha en el Templo del Cielo.

El acto demandaba una caminata bastante larga y al aire libre. Se entiende, por lo tanto, que los oficiales del Ministerio de Rituales hayan sugerido abrir una pequeña puerta en el muro que rodea el hall imperial por el oeste, para acortar el recorrido.

El emperador aceptó, contento como cuando veía a sus enemigos pasar por el suplicio.

De todos modos el viejo Quianlong, en el temor de que cualquiera empezara a utilizar el pasadizo a su conveniencia, sacó un decreto que establecía que “sólo podía pasar por esa puerta aquel que haya vivido más de setenta años”. Teniendo en cuenta la expectativa de vida de la época, eso equivalía a decir “nadie”.

Así nació La Puerta de los Setenta Años.

La Puerta de los Setenta Años

De los sucesivos emperadores de la dinastía Qing, ninguno alcanzó la edad requerida, por lo que Quianlong es prácticamente la única persona en la historia que atravesó este umbral. Y lo atravesó varias veces, porque falleció recién a los ochenta y nueve.

Me quedo un rato a la sombra del alero en la mañana pekinesa. Más tarde descubro que, para los que están agotados, el maestro Laiseca (a.k.a. Fang Meng Li) redactó un poema fabulósico que se llama “Descansando un momento”:

“Veo tu sombra donde el trigo se parte en dos.

La tarde está en calma.

Doradas mariposas trazan círculos con su tempestad

                                                           /fantástica.

Llegué hasta aquí siguiendo un falso río de losas y arcilla.

Mi pena es vieja, como un tigre blanco de ocho mil años:

pero descanso un momento bajo la Torre de los Caballos,

y sigo, a pie, mi camino.

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