Mensajes cifrados del poeta en los márgenes

Los tenaces todavía consiguen “Un barroco de trinchera”, colección de doce cartas que Néstor Perlongher le envió -entre 1978 y 1986- al escritor Osvaldo Baigorria, que vivía en Canadá. La política sexual, Malvinas, la democracia y el marxismo deambulan por aquellas páginas.

Por Facundo García
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* Retrato del querido Osvald.
Carta de Néstor Perlongher a Osvaldo Baigorria. 9 de febrero de 1984 (Año Internacional de la rata orwelliana, según el remitente).
“Querido, qué alejado, pampa y tundra: istmitos. Acabo de regresar de la Argentina, tras dos estirados meses, que empezaron (7/12), participando de la reunión de formación del grupo: Comisión Pro Defensa de las libertades cotidianas (que clama la derogación de los edictos policiales y de la averiguación de antecedentes), el 8/12 me quedé afónico gritando en una estirada marcha de las Madres de Plaza de Mayo, rumbeé primero tras temblequeantes feministas y luego copóme (no cogióme) el ondular, el tremoleo de las enseñas anarquistas como en Odessa, 1919: decían las mismas cosas abstractas: ¡donde hay Estado hay represión! El 10/12 me plegué al alfonsinismo con el disimulo de una columna gay, cuyo celoso recato rompí zarabandeándome a la brasilera entre los tamboriles de los muchachos radicales, donde el recién electo dijo desde el cabildo una pavada escolar. Es como una directora de colegio técnico. Después, la euforia se fue enfriando: a fin de enero un cana de tránsito me pidió documentos en el mejor estilo procesista, pero no me llevó. La prepotencia policial empero ha disminuido drásticamente, no así el control. Reprimieron ferozmente una manifestación con un cartel de “Marihuana Liberada”, que se transformó en antipolicial. Echaron a los mochileros de Gesell después de desmanes patoteriles (contra minas y maricas) en Mar del Plata. Al mismo tiempo la revolución es retórica (ya que no, cual el peronismo, semántica) (…)”.
Era un mundo distinto, en el que enviar cartas era desafiar a la suerte. Una vez que el poeta e investigador Néstor Perlongher depositaba el sobre en el buzón, sólo le restaba esperar. Y temer: si el texto lograba sortear la vigilancia del Estado setentista, todavía tenía que cruzar el continente hasta una zona de Canadá que en invierno se cubría de un metro de nieve. En ese lugar casi deshabitado vivía Osvaldo Baigorria, un amigo que cada tanto salía de los bosques para pasar por la casilla del correo y hacer honor al vínculo epistolar. “Un barroco de trinchera” recupera algunos de los mensajes que Perlongher mandó al norte, como quien arroja una botella al mar. Tipeadas a doble faz y con interlineado simple, las cuartillas amarillentas muestran recovecos de una sensibilidad que captó su tiempo con sutileza irrepetible; y sintetizan un modo de comunicación infrecuente en estos tiempos de chat y escritura informatizada.

El volumen presenta doce misivas de Perlongher, pertenecientes al período 1978-1986. También incluye dos “informes” inéditos sobre la situación política y sexual en Chile y Córdoba a principios de los ochenta. La selección, el prólogo y las notas estuvieron a cargo del mismo Baigorria, que encontró en el libro la oportunidad de recordar sus años en América del Norte, cuando vivía a veinte kilómetros del pueblo más cercano y recibía, entre cuatro y seis veces por año, las meditaciones de quien luego forjaría libros tan innovadores como “Alambres” (1987) o “Parque Lezama” (1990).

Se habían conocido en 1972, en las reuniones de un grupo que estudiaba temas de identidad sexual. Siguiendo la pista trazada por autores como Wilhelm Reich y Herbert Marcuse, muchos jóvenes de aquella época buscaban un camino que combinara las luchas “populares” con reivindicaciones de las minorías, en un esfuerzo de síntesis entre marxismo y psicoanálisis. “Perlongher todavía no era reconocido como poeta, pero nos recomendaba libros muy novedosos en aquel momento. Material de Deleuze, Guattari, Foucault. Tenía una especie de profesorado extraoficial en las reuniones”, rememora Baigorria, que en aquel momento tampoco intuía que iba a convertirse en escritor y docente de la Universidad de Buenos Aires.

Néstor Perlongher a.k.a "Rosa"

Por entonces Perlongher militaba en Política Obrera, una organización trotskista. Cuando el grupo se negó a asumir públicamente la lucha en favor de los homosexuales, se integró al Frente de Liberación Homosexual (FLH) fundado por Manuel Puig y Juan José Sebreli, entre otros. “Consideramos que la lucha por la libertad sexual no se libra aisladamente sino que se da en el marco de la lucha por la liberación nacional y social, por lo cual nos hemos identificado con las reivindicaciones de los sectores populares”, declaró en un reportaje que la revista sensacionalista Así le realizó en 1973. Era el principio de una “militancia por los márgenes” que influiría en su poesía y lo acercaría a las experiencias místicas. Por su parte, Baigorria había emprendido su propia búsqueda a través de un viaje de casi tres años que lo mantuvo considerablemente aislado de los contactos locales.

En el momento en que Perlongher sacudió al mundillo poético con su inaugural “Austria-Hungría” (1980), su amigo viajero ya se había establecido en un refugio ubicado a ochocientos kilómetros de Vancouver. “Había estado casi tres años viajando y con mi compañera de ese momento decidimos quedarnos un tiempo en una comuna rural”, recuerda Baigorria. Una mañana llegó a aquel lugar insólito una carta desde Buenos Aires. Perlongher se comunicaría durante años con las mismas hojas casi transparentes de aquella primera vez, mechando episodios de su vida y su trabajo con opiniones sobre la guerra de Malvinas y la vuelta de la democracia. Dueña de estilo barroco que lograba transmitir sensaciones íntimas y orilleras, la mano que tipeó aquellas páginas no dejó línea sin pensar y recorrió sus dudas estéticas con la intensidad de quien se juega la vida en cada palabra.

No era fácil responderle. El correo se acercaba a la población montañesa sólo dos veces por semana. “Y en invierno directamente no podías salir afuera”, destaca Baigorria, que en aquel momento se encargaba de cultivar y talar árboles. Tan diferente era la experiencia por la que estaban pasando ambos amigos, que el contacto parecía producirse entre dos polos míticos. Perlongher, buceador de la realidad urbana, se divertía imaginando a su interlocutor acorralado por los barcos de un ejército zarista con base en Vladivostok.

Carta de Néstor Perlongher a Osvaldo Baigorria. Escrita en San Pablo, el 24-06-1982:

“Queridillos:

Un rapto de alucinación que me viene de pronto me hace acordar que les debo una carta. El desplazamiento de la flota del zar, hendiendo las radas de Vladivostok –espectáculo habitualmente límpido– rumbo a la tempanosa glacialidad de esos islotes –¿Aleutianas árticas?– ha interrumpido la rutina de vuestra fascinación, para pasarme la pelota. Los he visto retozar en esos charquitos: he emitido una proclama –¡Todo el poder a Lady Di!– editada en un diario de Bahía (Brasil) y a ser reproducida –esas mujeres– por las feministas porteñas, que se deslizan (una de ellas) hacia el anarquismo: estamos íntimas en este sueño acrático. Utopía que me lleva a condenar cualquier defensa de esa masacre en nombre de la territorialidad de los estados. He dicho, y mañana lo volveré a decir en un debate de los grupos gays, sobre política y deseo, donde hablaré de “El deseo de unas islas”, aludiendo al paralelo “Viva la homosexualidad” (de los gays) versus “Viva la patria” (de los patriotas) ¿Acaso no hay gays patriotas? “Sí”, se dirá, y por ahí pasa el encanto.”

Con demasiada frecuencia los sobres llegaban a las tierras del Norte abiertos o rotos, tras la probable revisación de algún funcionario argentino a la caza de insubordinados. En respuesta a esas advertencias, Rosa –pseudónimo con el que Perlongher completaba la doble tarea de ocultarse y celebrar a su admirada Rosa Luxemburgo– se refugió en un lenguaje excéntrico, que habilitaba un espacio de intercambio por fuera del poder instituido. Minuciosamente elaboradas, sus expresiones remontaban el plano de lo sugerido más allá de lo que hubiera podido decir desde un registro más llano.

A principios de los ochenta, el viajero volvió a Argentina y Perlongher inició su propia experiencia internacional radicándose en Brasil. Y aunque el desencuentro fue remendado por la continuidad de los envíos postales, muchos papeles quedaron guardados en la cabaña canadiense. Cuando años después Baigorria volvió a la región, se sorprendió al descubrir que todo lo que había dejado estaba intacto.

El final de esta historia de letras y amigos es agridulce. En 1992 Perlongher murió de sida. Baigorria leyó sus cartas en distintos homenajes y comprobó el impacto que causaban. La emoción aparecía, quizá, porque a diferencia de lo que pasa con los e-mail, el que se sentaba a escribir por aquellos días estaba obligado a imaginar a su lector en un futuro impreciso y posiblemente trágico. Esa intensidad hace que los párrafos de “Un barroco…” no quepan detrás de los rótulos de “anterior” o “ya leído” a los que nos tienen acostumbrados las rutinas informáticas. Quien ha escrito y recibido mensajes de papel sabe que muchas líneas que parecen destinadas al cajón pueden reaparecer cualquier tarde, con una actualidad mayor a la que tenían al momento de ser escritas.

Publicado originalmente -y hace mucho!- en Página12.

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1 Response to “Mensajes cifrados del poeta en los márgenes”


  1. 1 edusenafantasia agosto 12, 2011 en 8:08 am

    As cartas, ou Cartões,que Néstor me mandava dos vários lugares(hotéis) em que ficava, foram interceptadas.Minha mãe lia e guardava, só me entregando cinco anos depois de terem sido enviados. Creio que ela temia, que eu fosse para Paris, para onde ele, talvez, fosse.
    Guardo tudo e quero desfazer-me, pois creio que podem ser de maior proveito a alguem. Não sou possessivo nem egoísta, Basta,para mim,guardar o Néstor em minhas lembranças.


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