Apuntes sobre un viaje a China, parte 6

Paso la noche soñando. Sueño que estoy en China y que todo huele a especias. Que las calles, hirvientes de personas y objetos, conservan un orden que para mí es caos. Que las putas me llaman desde callejones que son bocas de dragón y que yo me acerco para estar con ellas, pero también para saber cómo son los dragones por adentro. Sueño que en una esquina hay amigos de Mendoza que no veo hace diez años. Toman una cerveza, sentados en el cordón. Cuando los miro a la cara los reconozco, veo que son ellos, pero ahora tienen los ojos rasgados.

Despierto y la escena no se desarma. Sigo en un Hutong de Beijing, donde alquilo una cama por cinco dólares la noche. 6 am: en la cocina del hostel no hay nadie. Me preparo un té verde y mastico una golosina. El mapa de la ciudad -que es un poco el mapa de mi sueño- absorve toda mi atención.

Al fin cazo la bici. Voy a ir al Templo del Cielo, un complejo religioso del siglo XV donde los taoístas dejaron su impronta.

Atravieso Tian An Men mientras el sol que asoma me calienta la cara y el viento del norte se cuela debajo de mi gorro cada vez que pedaleo. En el centro de la Plaza veo a unos viejitos cantando canciones en honor a Mao.

Más adelante está el jardín que rodea al templo. Ato la bici a un poste. Entro.

En China los jubilados pueden ingresar gratis a los parques, que -por lo menos en la capital- son pagos. Algunos abuelos hacen tai chi o kung fu, otros tocan música; y así la luz se va desenrollando entre el follaje. . De los que prefieren la música, casi todos están en pareja: el hombre toca el Erhu (violín chino) y la mujer improvisa encima. (Esa estructura puede repetirse, supongo, en otras actividades 😉

Por un camino que avanza entre la vegetación, descubro a un viejito que tiene barba tipo ZZ Top y acompaña a una señora. Lo que tocan suena a invocación.

Y parece que no estoy tan errado, porque apenas prendo la cámara, empieza a soplar más y más viento. Ni que lo hubieran llamado.

II.

Más tarde leo en “El libro de Chuang Tse” este episodio, que supuestamente ocurrió alrededor del siglo IV a.C:

“Chuang Tse y Hui Tse estaban paseando juntos por la orilla del Río Hao, cuando Chuang Tse dijo:

–¿Has visto cómo el pez salta a la superficie y nada por donde le place? Eso es lo que realmente le gusta al pez.

–Tú no eres un pez—replicó Hui Tse–; por tanto, ¿cómo puedes saber lo que le gusta?

                Chuang Tse le dijo:

–Tú no eres yo; por consiguiente, ¿Cómo puedes saber tú que yo no sé lo que le gusta a un pez?

                Dijo entonces Hui Tse:

–Yo no soy tú, por lo tanto no puedo saber lo que tú sabes. Sin embargo, el hecho definitivo es que tú no eres un pez, y eso demuestra que no puedes saber lo que realmente le gusta a un pez.

                Replicó Chuang Tse:

–Ya. Pero si no te importa, volvamos a retomar la primera cuestión. Tú me preguntaste cómo podía saber yo lo que le gusta a un pez. Por tanto, tú ya sabías que yo lo sabía cuando hiciste la pregunta. Y yo lo sé por el hecho de estar aquí, en la orilla del río Hao”.

La pareja de viejitos me mira sonriendo. La distancia cultural es tanta, que si uno piensa en inteligencias extraterrestres –formateado, como está, para imaginarlas según los arquetipos del cine yanqui- no puede imaginar que sean tan diferentes como esta gente.

¿Qué verán ellos en mí? Me sonríen, sin más gestos. No piden plata.

¿Y qué veo y qué escucho yo en ellos? Veo y escucho que se quieren. ¿Será ese el puente para comunicarse?

III.

Otoño en el campo chino

El Templo del Cielo es una de las construcciones de madera más impactantes de todo el país. Podría pasarme una hora enumerando la elegancia opaca de sus paredes y el placer fuera de tiempo que da el caminar por las baldosas que sólo podían pisar los emperadores. Pero seguramente hay otros que lo han contado mejor. Prefiero concentrarme, en cambio, en una puerta. La “Puerta de los Setenta Años”. Pero ése será el tema del próximo post.

Si querés conocer este viaje desde el principio, ingresá acá.

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