Y sin embargo siguen flotando

Aunque estos tiempos parecen privilegiar otras formas de comunicación, el acto de echar textos a lo incierto mantiene su aroma poético. Hasta existe hoy un proyecto de participación colectiva que pretende volver a esta experiencia comunicativa “tangible”.

Por Facundo García

Nadie escribe mensajes de botella si no guarda alguna esperanza. A lo mejor eso hizo que se los considere una reliquia, porque a esta época cínica le corresponderían formas de comunicación afines a ese cinismo y no el arresto romántico de redactar sin garantías. De todos modos, el acto de echar textos a lo incierto mantiene su aroma poético. Y tanto si se recuperan experiencias del pasado como si se conversa con quienes se dedican hoy al correo artesanal se siente flotar una certeza: seguirle los pasos a una carta que se mece por el océano de destinos sigue siendo –aun para los lectores del siglo XXI– una aventura textual única.

Cristóbal Colón estaba a punto de volver de su primer viaje a América cuando se topó con una tempestad. Olas tamaño tsunami hacían que sus naves se balancearan como cáscaras de nuez, y tuvo que arriar las velas para que el viento no las despedazara. A pocas millas del retorno, la borrasca lo tenía prisionero. Para colmo su tripulación –que en estas ocasiones siempre iba para atrás– se consideraba “abandonada por la Providencia”. Y así es que en la bitácora del capitán la entrada correspondiente al 14 de febrero de 1493 abre un resquicio para espiar aquella escena que chorrea lluvia y tonos grises: “Esta noche creció el viento y las olas eran espantables, contraria una de otra, que cruzaban y embarçaban al navío que no podía pasar adelante ni salir de entre medias d’elas y quevraban en él (…) Ninguno de los marineros pensaba escapar, teniéndose todos por perdidos…”.

Colón, se sabe, chapuceaba en lo que algunos bautizaron “idioma levantisco”, la jerga que utilizaron muchos navegantes de su generación y que le da un matiz particular a sus notas. Batido por embates “que ponían grandissimo miedo”, el genovés se quemaba los sesos imaginando el método para contarle a la Corona lo que había encontrado en su expedición al Oeste. Después de todo, sospechaba haber estado en el Paraíso. Tenía que idear un medio para comunicar la novedad.

¿Quién escribe los mensajes de botella? ¿Qué dicen? ¿Qué tipo de gente los responde? ¿Cuánto pasan en el anonimato? Cada pregunta admite tantas respuestas como remitentes existan. Por lo pronto, la primera certeza es que ni siquiera hace falta una botella. De hecho el diario de Colón –según una copia que hizo Fray Bartolomé de las Casas– relata que en medio de ráfagas huracanadas el hombre “tomó un pergamino y escribió en él todo lo que pudo de lo que avía hallado, rogando mucho a quien lo hallase que se lo llevase a los Reyes”. A este pergamino lo “enbolvió en un paño ençerado, atado muy bien, y mandó traer un gran barril de madera, y púsolo en él sin que ninguna persona supiera qué era (…) y así lo mandó echar en la mar…”

El Almirante recién pudo echar una siestita dos días después. Los párrafos del 17 de febrero afirman que esa noche reposó; “porque desde el catorce no había dormido ni podido dormir, y quedaba muy tollido de las piernas por estar siempre desabrigado al frío y al agua y por el poco comer”. Con los primeros rayos de sol, los marineros divisaron las Islas Azores, señal de que pronto pisarían tierra firme. El barril no apareció nunca.

Nada impide, eso sí, que los mensajes continúen flotando. Según el libro Guiness de los Records el mensaje que más duró en su itinerario es el que encontró Mark Anderson –un pescador de las Islas Shetland (Reino Unido)– el 10 de diciembre de 2006. El texto había entrado al mar noventa y dos años y doscientos veintinueve días antes. Dato que no sorprende al cineasta argentino Nicolás Herzog: el director de Orquesta Roja sonríe mientras le muestra a este diario su propio tesoro botellístico. La escribió su tatarabuelo Juan Capellino el 21 de agosto de 1908, cuando Pilar –una comunidad del centro santafesino que hoy tiene alrededor de cinco mil habitantes– era poco más que un caserío.

“Capellino llegó al país en la década de 1870. Mis abuelas y tías siempre contaban que el contacto entre los colonos y los aborígenes había sido complicado, y que nadie se salvaba de trabajar en el campo”, cuenta Herzog. En una de las visitas que la familia hizo a los predios de Pilar –hace algo más de una década– alguien se tropezó con un cuello de vidrio que sobresalía del suelo. “Resultó ser una botella con un escrito del tatarabuelo. Pará que te lo leo. El estilo es alucinante”, anticipa el realizador.

“Ojo señores: el señor Juan Capellino en el año 1884 ha puesto el primer ladrillo bajo de tierra después de haber pasado muchos años y renovó la vieja casa en 1908 que fue hecha por los albañiles Juan Verandi y Juan Capellino (o sea él) y los demás piones (y aquí nombra a sus hijos José, Miguel, Pedro, Victoria, Juan, Eugenio, Magdalena, Inés, María, Lucía y Rosa). Firma: Juan B. Capellino (…), casado con Catalina Turinetti, con ocho años de colegio, propietario de cien animales, y resolto de jugar todo el día con el butir”. El entrevistado reconoce que el significado de la palabra “butir” –para bien o para mal– es para él un misterio.

Más melancólico fue el hallazgo de Javier Godoy, que a fines de 2008 recuperó una carta que había escrito Estela Ojeda en memoria de su hermano Antonio, muerto en el hundimiento del Crucero General Belgrano durante la Guerra de Malvinas. La misiva había salido de Ushuaia en 2005. “Muy querido hermano Javier: escribo esta carta sabiendo que nunca la leerás. Te imagino llegando a tu hermoso barco, con tus amigos. Pero lo más doloroso es imaginarte partiendo por este canal y no regresar. Tienes ese mar argentino como tumba y tu nombre está en muchos monumentos”, reza el mensaje que, paradójicamente, fue recogido en Punta Burshem (Chile).

Los últimos cultores resisten. En octubre pasado, Clara Wall lanzó MSJ en-botellado, un “proyecto de participación colectiva que pretende intervenir un mundo de realidades virtuales con ‘comunicación tangible’”. ¿Las premisas? Una botella decorada, a la deriva en el cemento, y la circulación humana que actúa como canal para transportarla. “Se me ocurrió que sería interesante expresarnos liberando material en diferentes rincones de la ciudad”, propone la creadora. Platense de nacimiento pero radicada en Capital, Wall es consciente de que la jungla de asfalto puede ser tan vasta como las mareas. “Cada envío tiene un número que lo identifica y una etiqueta que invita a ‘seguir la corriente’”, explica la chica, que actualiza sus novedades a través de enbotella2.blogspot.com.

El experimento se estrenó a fines de 2010. Clara cargó su mochila con mensajes y dedicó varias horas a depositarlos por las esquinas. “Al toque me llegó la primera foto, de una nena que había encontrado una botella en una plaza y la había llevado a otra”, rememora. También había dejado algunas cerca del Museo de Bellas Artes: “A los pocos días un señor que las había colgado con piolines de la rama de un árbol me adjuntó otra imagen”. Hasta ahora ha recibido noticias desde Colombia, México y hasta de Dinamarca. “Una de las metas es convertir al vidrio –que tanto tarda en biodegradarse– en herramienta para relacionarnos”, aclara Wall. El ciclo se corta cuando el primer egoísta decide quedarse con el recipiente, o destruirlo. “Tiene su dificultad. Haciendo esto me di cuenta de cómo cuesta desprenderse de los objetos que a uno le gustan”, resume la artista, que ha soltado más de cincuenta piezas.

Mensajes, botellas. Ya no quedan excusas para que tantos litros de vino tinto sigan ocupando lugar.

BONUS TRACK: RECUENTO DE CLÁSICOS

El lector se debe haber pasado los últimos diez minutos tarareando “Message in a bottle”, la canción de The Police en la que el narrador tira su llamado de auxilio y se da cuenta de que no es el único: “Esta mañana caminando, no puedo creer lo que vi/mil millones de botellas había en la costa/parece que no estoy solo en esto de sentirme solo/Mil millones de náufragos, buscando un hogar”, entona Sting.

Pero en el universo artístico hay espacio para más. “Historia del pescador y del genio”, uno de los primeros cuentos de Las mil y una noches, es un ejemplo. Un pescador tira su red y engancha un cacharro. Por curiosidad le hace un agujero y por el orificio empieza a salir humo. Los vahos ganan consistencia hasta que se materializa un genio que quiere matar a su liberador. “Lo que no entiendo es cómo hacías para caber en un espacio tan chico. Si no lo veo no lo creo”, comenta el pescador, en un intento de zafar. Cuando el genio le muestra que es capaz de entrar, el pescador tapa el hueco, lo encierra y se salva.

Para el mismo lado va El diablo en la botella, de Robert Louis Stevenson. Ahí el que habita del otro lado del vidrio es Satanás. Y el demonio hace que el poseedor del objeto –de un material irrompible– consiga lo que desea. Pero si muere sin venderle la botella a otro, va derecho al infierno. Cualquier metáfora vinculada con el mercado es bienvenida. Cortázar, por su parte, fue más poético. “Es así, pienso, que se operan las comunicaciones profundas, lentas botellas errando en lentos mares”, escribió en Botella al mar, aquella perla de Deshoras donde el autor le asegura a Glenda Jackson que en algún territorio “fuera de toda brújula” ambos están mirándose de frente.

La lista es interminable. En 1999, Hollywood convirtió la cursi Message in a bottle, de Nicholas Sparks, en una película con el igual de ultracursi Kevin Costner. Y en la serie Lost las comunicaciones de esta clase se usaron otra vez, si bien pronto nadie recordará esas minucias. Sería injusto negarles unas líneas a los botelleros, que interpretan en el vidrio un signo básico: la posibilidad de conseguir dinero para comprar un trozo de comida.

La mirada de Juan Bautista Duizeide*:

Pese a haber navegado profesionalmente durante años, mi encuentro con los mensajes embotellados se dio en el mar de la literatura. Y se dio, además, mucho antes de que pisara la cubierta de ningún barco, en la época en que de manera difícil, si no imposible de discernir luego, se comienzan a formar gustos, tendencias y aversiones. Esos encuentros, con la fascinación por los barcos naufragados que embrujaban las costas de mi infancia, me arrastraron a navegar.

Seguramente recogí mi primera botella con su correspondiente mensaje en alguna novela de Verne, quizás en La isla misteriosa. No lo sé. Sí en cambio reconozco cuál es el más antiguo de esos artilugios –artilugio de socorro y literario– que recuerdo: no es otro que el de Manuscrito encontrado en una botella, de Edgar Allan Poe. Por encima de las peripecias de esa narración –una de las pocas de asunto náutico de él– resaltan las propias características de ese doble artilugio. De lo que se trata es de eludir a un narrador omnisciente, que podría restar dramatismo a lo relatado, y contar con un narrador testigo o protagonista que narra como desde un limbo de ausencia y peligro, porque ignoramos si sobrevivió o sobrevivirá. El mensaje detrás del mensaje parece gritar si el socorro no llega a tiempo, porque el lector justo no llega a tiempo, que este escrito tenga al menos, por improbable que sea, una oportunidad.

No me tocó, por fuera de las miles de páginas navegadas, la sorpresa de encontrarme a flote un espécimen semejante. Los pedidos de socorro llegaban por radio de onda corta o larga. Y aunque en distintos mares, a veces como en cierta navegación por el Pacífico, nos hemos encontrado con islas de botellas de plástico, entrelazadas con otros residuos a flote, esa masa informe era en sí misma el mensaje inequívoco de un mundo desencantado en el que todo se ha vuelto mercancía. Sobras de un orden autodestructivo que, paradoja de paradojas, los mismos exploradores y aventureros, con su curiosidad y su ansia de ir siempre más allá, contribuyeron a formar. Tampoco lancé ninguna botella al mar desde ningún barco. Tal vez por falta de fe en el método o rendido ante la certeza de la sobreabundancia. Sin embargo, como cualquier aspirante a escritor, después de las dudas y tachaduras del caso, termino en algún momento por arrojar mis botellas aun cuando a veces parezca que ya casi no queda agua. La apuesta por el sentido es desesperada. Por eso es válida.
* Periodista, escritor y traductor.

(Publicado originalmente en Página12.)

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