Qué se puede hacer salvo ver películas (raras)

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Films de monjas, de “erotismo nazi”, de campesinos chiflados, de tipos que copian a Bruce Lee: existe un manojo de subgéneros olvidados que a lo mejor ni siquiera califican como pulp, pero que en su ruina terminan por brillar con una chispa única.

Por Facundo García

Es difícil no sentir piedad por quienes participaron en ciertas películas, sobre todo si esa participación fue como espectadores. Cintas impresentables, hijas del encuentro entre productores de tercera y artistas de cuarta que lo dejaban todo en pos de una consagración que no llegó. Estafas audiovisuales que aún reavivan sus rescoldos de mal gusto y escenas de sexo injustificadas. Films de monjas, de “erotismo nazi”, de campesinos chiflados, de tipos que copian a Bruce Lee: existe un manojo de subgéneros olvidados que a lo mejor ni siquiera califican como pulp, pero que en su ruina terminan por brillar con una chispa única.

Bruce “Li”

Hace unos días, este diario relató el calvario por el que pasaron los proyectoristas de cine argentinos luego de la muerte de Bruce Lee. Cuando en 1973 el astro del kung fu estiró la pata –y no ya para golpear–, el interés por su figura se disparó a las nubes. Los capitalistas, desesperados por satisfacer la demanda, rescataron de sus depósitos rollos de películas de Lee que estaban hechos puré. Cualquier cosa con tal de seguir llenando las butacas con demonios infantiles que se zurcían a patadas y comían pochoclo. Y no fue un fenómeno local. En ciudades de distintos continentes la histeria se repitió. Era el germen del “Bruceploitation”.

El cine exploitation “explota” una temática, enfatizando su veta morbosa y/o meramente comercial. Si el plan era engatusar espectadores occidentales, el pobre Lee era ideal. ¿Quién se iba a dar cuenta si en vez de un chino ponían a otro? En cámara, un cabezón de ojos rasgados era suficiente. Montada sobre esa convicción hizo escuela una pandilla de cararrotas que ganaron dinero a partir del equívoco y el talento oriental para comercializar lo fake.

Tómese, por ejemplo, Afuera el dragón, adentro el Tigre (Exit the Dragon, enter the Tiger, Tso Nam Lee, 1976). El verdadero Bruce falleció en circunstancias poco claras. Un edema cerebral, según se dijo. Pero su autoproclamado sucesor –¡un atorrante que se hace llamar Bruce Li!– sale por los bajos fondos de Hong Kong para averiguar la verdad. Por supuesto, Li no tiene el estado físico de su mentor, por no hablar de las capacidades dramáticas. Pero en su desfachatez resume la astucia de los que se ganaron la vida en el rubro. Rastrear hoy a los avejentados “Bruce Le”, “Dragon Lee” y otros impostores es como ver lo que habría sido del auténtico Bruce si hubiera tenido que enfrentar al enemigo más cruel de todos: el tiempo.

Y si se busca el extremo, vale la pena ubicar por Internet a la brasileña Kung Fu contra los maricas, o Bruce Lee versus Gay Power, dirigida por Adriano Stuart en 1975. Si bien se sospechaba que semejante delirio no podía ser real, la Red ha permitido confirmar el mito. Lo que se ve es a un flaco combatiendo a cangaçeiros bufarrones, ropas coloridas, enredos que pretenden ser graciosos y una edición surreal. La estética hubiera entusiasmado al mismísimo Glauber Rocha. Siempre que se tuviera la precaución de poner jugo de ayahuasca en su vaso, claro.

La extraña mama

Ahora, a la iglesia. El “Nunsploitation”, o mejor dicho las películas de monjas, habían quedado restringidas casi exclusivamente al porno. Hasta que el año pasado Ethan Maniquis y Robert Rodríguez metieron a Sor Lindsay Lohan a disparar por doquier en Machete. Pero antes, mucho antes de eso, antes incluso de que Umberto Eco la rompiera con El nombre de la rosa y que su posterior adaptación al cine convirtiera a Sean Connery en un remedo flojo de Fray Guillermo, hubo empresarios y guionistas que creyeron en el ámbito monacal como sede para relatos hot y thrillers en sotana.

Perdónalos, señor, no sabían lo que hacían.

Dejando de lado a La novicia rebelde, ya es de cajón que el número base para contar las tetas que aparecen en una película de monjas es cuatro. Como excusa, suele apelarse a un argumento supuestamente inspirado en obras literarias o “hechos reales”. Interior de un convento (Walerian Borowczyk, 1978) es un disparate que uno no recomendaría ni a su peor enemigo –número de tetas: más de quince–; pero entre el erotismo mal actuado y los asesinatos con salsa de tomate hay ocasión de explicar que lo que se muestra está sacado de Paseos por Roma, un libro de Stendhal. Europeas al fin, la mayoría de las gemas del “nunsploitation” tienen el tupé de reclamarse culturosas. Mantienen, eso sí, una secuencia que se repite por los siglos de los siglos y que consiste en a) mujeres encerradas b) factor cachondo que las altera c) represión y desviación hacia las “perversiones” y d) latigazos de la Madre Superiora, en lo posible sobre la rosada piel desnuda de las muchachas.

Imposible dejar afuera al terror. Como ocurre con los payasos, hay muchas monjas que dan miedo, sobre todo si llevan esa especie de chasis que se ponían antes alrededor de la cabeza. De ahí la vigencia de intentos como La monja homicida (Berruti, 1979), donde la Hermana Gertrudis –encarnada por la bomba sueca Anita Ekberg– se vuelve adicta a la morfina y pierde los cabales en más de un sentido, aunque no tanto como los verdaderos representantes del Vaticano.

Secretos

En el documental Stalags: Holocaust and Pornography in Israel (Ari Libsker, 2007) se investiga a unas historietas que circularon más o menos clandestinamente entre los adolescentes judíos de principios de los ‘60. “Stalag” es el nombre que recibían los campos de prisioneros de guerra en la Alemania nazi. En cuanto a lo que contienen las viñetas, es bastante incómodo: en general, un grupo de soldados británicos o yanquis queda a merced de los caprichos sexuales de pulposas SS, hasta que por equis motivo las fuerzas se invierte y las fascistas terminan sufriendo castigos equivalentes.

El redescubrimiento de aquellas publicaciones –que invitan a reflexionar sobre el modo en que la violencia puede hacer que las víctimas se identifiquen con los verdugos– proyectó nueva luz sobre otro corpus de películas raras. En un mismo año, 1975, se difundieron dos cintas opuestas y a la vez hermanadas. Por un lado la casi intolerable Saló dePasolini –¿hay cine después de eso?– puso sobre la mesa las ambigüedades de la mirada que desea. Y por otro Ilsa, la loba de las SS, de Don Edmonds, sentó los pilares para una larga seguidilla de tanteos trash que utilizaron al fascismo como anzuelo.

El éxito de Ilsa –producción canadiense– hizo que se sucedieran las secuelas y que en otros rincones de la cinematografía mundial se tomara nota del interés que despertaba la fórmula. En Italia surgió el subgénero “sadiconazista”, con la misma obsesión por las platinadas diabólicas que terminan probando su propia medicina. La bestia en calor (Batzella, 1977) refleja esas alucinaciones pseudohistóricas que arrancaron sudores fríos. La narración hace eje en una investigadora nazi que crea una bestia con deseo sexual continuo. Para testear sus teorías, la malvada le va echando víctimas en la jaula, como quien da de comer a un pescadito. En eso, llegan los partisani y la ponen a bailar la tarantela. Fin.

Entre chanchos

Cada tanto, lo que parecía un movimiento agotado vuelve a cobrar fuerza. Pasó cuando Quentin Tarantino –el rey de los rescates clase B– sorprendió con Jackie Brown y su reivindicación del cine de negros, o “blacksploitation”. Pues bien, el “hicksploitation” vendría a ser justamente lo contrario. En vez de postales urbanas, el sur rural; y en vez de afroamericanos cool, blancos adiposos y a medio afeitar. No deja de ser llamativo que durante la era Bush muchos realizadores volvieran a esa cantera para extraer personajes capaces de cabalgar simultáneamente sobre una identidad estadounidense estereotípica y una locura galopante.

Citar a Los Dukes de Hazard tal vez sea el atajo más directo para describir esos climas. Siempre hay un sheriff corrupto, chicas recatadas pero veloces y lugareños tan antipáticos como los que consiguió Dennis Hopper para aquel memorable diálogo en el bar de Busco mi destino (1969). Mientras la galería se iba armando, hubo espacio para piezas notables, como Liberación (Deliverance, John Boorman, 1972). Cuatro amigos deciden irse de camping llevando sus kayaks. “¡Vamos a violar a este sitio!”, bribonean. No obstante, el Wild Side tiene sus propias leyes, y ahí, en medio del bosque, se encontrarán con sujetos que hablan diciendo “oye, apá” y que antes de abusar de ellos forzarán a uno a gatear desnudo por el fango, obligándolo a chillar cual cerdo. Abu Ghraib, pero en casa.

Más cerca del borde estuvo la reverenciada Pink Flamingos (John Waters, 1972), que tenía a la drag queen Divine luchando por convertirse en el ser más indecente del universo. “Mucha gente me planteó cuestionamientos sobre la escena en la que dos actores fueron a la cama con gallinas. Pero sinceramente creo que les mejoramos la vida a esos animales. Hasta tuvimos sexo con ellos antes de comerlos”, se ¿defendió? el propio Waters en una de las reediciones en DVD.

En 2003, la remake de La masacre de Texas –cuya versión original había rodado Tobe Hooper tres décadas antes– confirmó el revival campestre y se hace complicado decir que el “hicksploitation” esté en decadencia. De yapa, los zombies y vampiros se integraron con éxito al retorno. En tele, True Blood abunda en iconos de la región. Y la serie The Walking Dead no ha hecho más que confirmar la ola, siempre con algún gigante rubio y bruto dando vueltas. La temporada anterior terminó justamente con uno de estos grandulones gritando frases racistas y serruchando su propia mano para liberarse de las esposas que le había colocado un representante de la ley. Todo un diagnóstico de época.

* Publicado originalmente en Página12.

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