Apuntes sobre un viaje a China. Parte V.

“Mi escudilla contiene su último alimento.

Es de noche y en el cascarón de jade

sólo hay un sorbo de vino.

Comeré y beberé despacio, para tener la fuerza

de quien mira un árbol por primera vez.

(“La fuerza de quien mira”, Hwang Hupeh. Dinastía Liang. Escrito por Alberto Laiseca en sus “Poemas Chinos”.).

Es raro. Rarísimo. Aquí todas las cosas transmiten una sensación doméstica. Me explico: es como si el tacto de tantas personas a lo largo de los siglos terminara por bañar a los objetos con un barniz particular. Los adoquines de la calle, las contrucciones y los monumentos  tienden a la calidez, a la comodidad tallada por infinitos años de uso.

¿Que un escalón estaba mal puesto? Innumerables falanges, falangitas y falangetas de otros tantos pies que lo tropezaron han suavizando sus líneas para que tenga la línea exacta que la multitud andaba precisando. Y si había que pelear se inventaba el Kung Fu, otro método modelador del espacio. Los paisajes de Beijing –sobre todo en sus zonas más populosas- son síntesis de lo que han dejado tras de sí millones de muertos invisibles.Será por eso que la Ciudad Prohibida da la impresión de ser un hogar. El hogar de un ser descomunal: pongamos por caso un dragón. El monstruo no se ve, pero flota algo parecido al olor que se siente cuando entramos a la casa de una familia que no es la nuestra. Alguien impreciso vive aún en La Ciudad Púrpura Prohibida –tal su traducción literal del chino-; y es esa presencia lo que le da identidad.

El portón central de la entrada (hay varios, por el del medio sólo podían pasar las máximas autoridades) es grande, redondo y profundo. Atravesándolo se adivina el grosor de las murallas protectoras. Hay que tener mucho miedo para levantar paredes así.

Una vez que se ingresa, queda atrás la explanada en la que gritaron, pidieron y lloraron generaciones de mendigos; cuando en China una sequía se traducía en cien millones de personas con hambre. No es una exageración. Era así. No es casualidad que hoy el gobierno se preocupe por almacenar comida a lo loco, protegiéndose de lo que podría pasar si vinieran dos o tres años de catástrofe. Sabe que lo que se consideraba eterno cayó por no haber contemplado esos factores.

Y ahí están las más de nueve mil habitaciones. Aprendo que las primeras se construyeron alrededor de 1406. El emperador Yongle de la Dinastía Ming decidió alejarse del peligro mongol y trasladó la capital desde Nanking –la sufrida Nanking, más al sur- hasta Pekín, en el noreste.

Era un centro importante. En el siglo XIV, Marco Polo se había establecido ahí y vaya a saber porqué lo había llamado “Cambalú”. Más tarde, cuando la dinastía con la que había hecho buenas migas el veneciano cayó frente a los Ming, un millón de trabajadores se pelaron la piel durante quince años para delinear la Ciudad que habían planeado los señores victoriosos. Desde entonces, la construcción fue residencia imperial de las dinastías Ming y Qing, y sede del gobierno Chino hasta 1911. Veinticuatro soberanos, cada uno con sus mambos y creencias.

Tras su paso quedó el palacio más grande que se ha mantenido en pie hasta este siglo. Hay escenas del film “El último emperador” que rescatan perfectamentre el eco con que rebota acá el sonido de las voces, y la proporción distinta que adquiere el cuerpo humano:

Adentro, el deseo del líder se cumplía inmediatamente, y por lo tanto la Ciudad Prohibida terminó por asemejarse a la mente de sus dueños. Con sus vericuetos, sus refugios para las mujeres, sus maderas azules y amarillas, sus altares para los dioses y sus centros para la guerra: es el paraíso de un jugador de escondidas.Y si me acuerdo de aquel juego es porque camino y camino con la sensación de que se me están ocultando miles de detalles.

Avanzo por el laberinto de callecitas. A medida que continúo en sentido norte, penetro en lo que se llamó la “Corte interior”, el área que servía a los fines privados del Hijo del Cielo. Encuentro un patio enorme. Veo mármol. Veo maderas azules. Veo lo que parecen ser pequeñas gárgolas en los tejados. Hay asientos de piedra que al atardecer susurran esa idea de haber sido tan cotidianos, tan de gente conversando sin apuros.

Me descoloca el hecho de que estos tipos hayan decidido guardar semejante masa de bellezas sólo para sí mismos. Tendría que pensarlo con más profundidad, pero a lo mejor los occidentales hemos espectacularizado el placer estético. Esto es diferente. Estoy ante una delicadeza íntima, hecha para los que son capaces de fascinarse con las sombras que destaca la luz sobre el cuerpo de una mujer, o en la superficie de una roca. No se me ocurre explicarlo de otra manera.

“Me acerco de noche a las ruinas del Viejo Trono.

La Terraza del Emperador está desierta,

cubierta de hojas secas que se agitan despacio;

se inclinan reverentes ante el débil soplo fantástico de la

/Luna llena,

Como raras joyas subalternas.”

(“Las Ruinas del Viejo Trono, de Chuh Fo. Dinastía Ch`ing. También invocado por el viejo Laiseca, en sus “Poemas Chinos”)

Me encuentro con varios monjes budistas de paseo. Algunos tienen zapatillas nike (¿fake?) y arriba esa especie de sábana con que se cubren incluso ahora, que es otoño y hace frío. Saco la cámara y uno de los monjes más jóvenes -espejando mi gesto- saca la suya. Yo fotografío, él filma. Los dos sabemos que entendernos hablando va a ser difícil, pero sonreímos. Lo último que hace es enfocarme y panear lentamente hacia el cielo.

Vuelvo a quedarme solo. En las habitaciones que eran de las doncellas persiste una intuición de ternura. Hay camas de esterilla, almohadones y ventanas que dan a patiecitos de adoquín. Sé -vaya a saber cómo- que este paisaje revela su verdadera forma en los atardeceres con llovizna.

Es imposible que todo esto haya existido sin mediación del placer. Percibo una erótica del mando, pero también un goce de la sumisión. Me quedo pensando en eso cuando anochece y me alejo, triste por no haber podido volcar más sensaciones en este cuaderno. Y también me viene a la mente un último poema del maestro Lai, que conecta, justamente, con lo que tal vez fue el amor en ese universo “cerrado como un sueño”:

“Escribo este poema con una delgada varilla de junco;

la tinta, al deslizarse, produce un ruido ensordecedor.

La clarividencia otorga deslumbramiento

Y un pequeño dedal de malaquita

crece hasta contener el Río Amarillo.

En la pared de mi cuarto

está la vieja pintura de una rosa bermellón;

ese inofensivo objeto neutro e indoloro

me aturde con el insoportable perfume de miles de flores.

Todo eso has producido en el corazón de quien espera.

(“Escribiendo un poema”, de Hwuang Tsi Lie. Dinastía Chou. Rescatado gracias a las dotes mediúmnicas que usó Alberto Laiseca para sus Poemas Chinos).

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