Apuntes sobre un viaje a china. Parte 4.

Allá, la onda Elvis sigue pegando.

Yo pensé que en China iba a ser proporcionalmente menos petiso. Pero no. Fue otra de las ilusiones sobre las que nos advirtió el Buda. Acá la gente ha empezado a comer proteínas y los pibes -que encima casi siempre son hijos únicos- crecen como si fueran plantas de zapallo. Resultado: soy tan petiso como en cualquier lugar del mundo.

Pero dejemos esas preocupaciones bobas para pasar a lo esencial, porque logré cambiar mi pasaje de avión y tengo diez días más para quedarme aquí. Mi cara salpica felicidad cuando voy a la boletería de trenes para ver si consigo pasaje de Shanghai a Beijing. Ahí tengo la conversación más incomprensible de mi vida.

La gran mayoría de los chinos no sabe una sola palabra de inglés, no hablemos ya de castellano. Ni jelou, ni ténquiu, ni siquiera fáquiu. Nada. Así que dibujo, hago gestos y muecas, me tiro pedos, y aún así no nos entendemos.

Si uno se pone a buscar gente rara encuentra para tirar al techo.

Como sea, evidentemente hay una dimensión del lenguaje que va más allá de las formas. De otro modo no podría captar lo que me dice la boletera: me informa que solamente quedan pasajes para ir parado. Y no sólo eso. La veo agarrar un papel y escribir el número en caracteres indoarábigos: “12”. Es decir, doce horas de pie. “No problem”, sonrío; y salgo eufórico a armarme el bolso mientras el sol -ese sol grande y anaranjado al que sé que voy a extrañar- se clava despacio y sangra sobre las puntas de los rascacielos.

(Había escrito “la puta que vale la pena estar vivo”, pero tendrán que conformarse con un más modesto “iupi”.)

7 PM. Un cambio de calzones más tarde, estoy paradito junto a mi valija, justo frente al tren. Los vagones son blancos, con camarotes que tienen cama, mesita y flores. No me cebo mucho porque a mí me espera, a lo sumo, una mesa o incluso el suelo.

A medida que avanzo por el andén me voy tentando con esos cuadros que se ven a través del cristal de las ventanillas. Espío. Camarote uno: Papá y mamá concentradísimos en su niño (es impresionante, los tratan como a reyes). Otro: dos abuelos tomando el té. Otro más: una pareja abrazada, besándose y jugando con una play station portátil. Con las manos, una guardia me exige que me meta al tren de una vez, porque ya salimos.

Pasa una hora y las construcciones se van haciendo progresivamente más bajas. El andar sobre los rieles es silencioso, y el silencio resalta más el impacto de los kilómetros y kilómetros de fábricas y monoblocks que veré a lo largo de la noche.

Ya me ubiqué en el piso cruzando los pies, probé con las piernas estiradas…no se me ocurren innovaciones. A la madrugada no sé cómo mierda ponerme. Además estoy fundido.  Voy al vagón bar y me pido una cerveza. El televisor muestra una película en la que un oriental caga a palos a barbudos y gordos pelirrojos occidentales. A los pocos minutos se me pone al lado un flaco que tiene cara distinta a las que he visto (en China hay más de 50 etnias diferentes, cada una con sus rasgos distintivos). Y no sé cómo hace, pero me cuenta que es campesino y viene de la zona de Shuozhou. Trato de responder y noto que no interpreta un pepino. Igual se ríe. Sus amigos también.

Si tomo agua, si abro un paquete de galletas, si estornudo, si me da sueño…haga lo que haga, me miran y se ríen. Pasa media hora y el campesino, carcajeando por inercia como quien vuelve de una fiesta  (“ayayay, este Facundo”, una cosa así), me saluda y se echa a roncar a un costado. Muchos chinos que conocí tienen la capacidad de dormir prácticamente donde sea. Es un don, como el de la cortesía.

Trayectoria desde Shanghai a Beijing

Entre Shanghai y Beijing hay unos 1300 km, por lo que el tren –que va a una velocidad de entre 120 y 170 km/h- se toma unas cuantas horas para llegar. Finalmente me derrumbo: me acomodo con la mochila bajo la cabeza y me quedo dormido sin que me importen los zapatos que pasan a cada rato a centímetros de mi cráneo, cruzando por el pasillo.

Sueño que estoy en China, viajando hacia Beijing. Y despierto, literalmente, donde terminaba mi sueño.

En la terminal de trenes de Beijing hace un frío de cagarse, así que corro a buscar un hotel barato (doce dólares), me abrigo y salgo hacia la plaza Tien An Men. Pero antes me alquilo una bicicleta.

Parte de lo que ocurrió después está en este video:

  • En el próximo capítulo, les cuento cómo es la Ciudad Prohibida.
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2 Responses to “Apuntes sobre un viaje a china. Parte 4.”


  1. 1 Mariquita Sanchez de Thompson enero 27, 2011 en 1:54 pm

    Qué groso esto Facu! Gracias por compartirlo. Mucha alegría por tu viaje, tus logros y por lo bien que documentas estos momentos.
    besote
    MST

  2. 2 yuls enero 28, 2011 en 2:55 am

    Se vé, que el buen relator sabe a cuenta que nunca está solo, así se permite que alguien escuchándolo, pueda ver a través de sus ojos.


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