Apuntes sobre un viaje a China. Parte 3

Así que éste va a ser mi lugar en Shanghai. Entro al complejo de hoteles: son como diez edificios de veinte pisos, con sus hamburgueserías, sus bares, sus tiendas de delicatessen y sus barreras para controlar quién entra y quién sale. Adentro hay chichis de todo tipo y color. Negras, amarillas, blancas, marrones. Con cofia, sin cofia. Tetamantis, microtetas, Tet an men.

En el departamento tengo un plasma gigante. Lo enciendo y en el noticiero de la tarde aparece Maradona. Mientras el locutor habla y el Diego sonríe, me doy un baño. Miro el agujerito del desagote a ver si el remolino del agua va para el otro lado. Si, me parece. Cierro la ducha y salgo al living. Camino en bolas sobre la alfombra: por lo menos acá, les gusta tener las alfombras bien altas, como quien imita al césped.

Abro la ventana y veo que hasta el final hay rascacielos. Como todas las grandes ciudades, ésta hace un ruido que se asemeja al del mar.

Suena el teléfono. Me seco las manos y atiendo: los organizadores me preguntan si esa noche quiero ir con ellos no sé donde y contesto que no, que prefiero salir a caminar.

Y es la noche. Luces de todos colores aclaran el cielo. Shanghai está atravesada por el río Yangtsé, y para cruzar de un lado al otro hay que tomar un ferry. Llego a la estación, saco cospel y espero junto a decenas de personas montadas en bicis, motos o scooters. Una infinidad de foquitos de colores ubicados en los edificios brillan contra el agua, y me hacen sentir como si estuviera en el interior de un dragón con sangre fluorescente.

Llega el barco y escucho estridencia de motores. Por una puerta lateral veo salir una masa compuesta de carne humana y máquinas, a toda velocidad. No sé cómo hacen para no atropellarse, pero se van y me dejan el espacio libre. Entonces arrancamos nosotros, los que queremos subir. Entro al ferry y me apoyo en la baranda. Los pasajeros me miran. Algunos disimulan muy mal y se sientan a mi lado, para espiarme de reojo. Soy consciente de que suena exagerado y egocéntrico, sin embargo es exactamente así. Acá, ladies and gentlemen, soy un marciano.

Hace unos días –casualidades, je- estaba hundido en la lectura de “El imperio del sol”, de Ballard, que se ambienta precisamente en Shanghai. Qué bueno es comprobar que muchas sensaciones que me había transmitido aquel buen libro están ahí. Shanghai es una ciudad que suda capitalismo y decadencia. Ya no hay, como antes, fumaderos de opio. Cada murallón está atestado carteles que venden cosas y adormecen. Los opios son otros.

En el centro intento comunicarme mínimamente. Unos chinos que son del interior del país me paran para que me saque una foto con ellos. Les llama la atención el color de mi piel y el tamaño de mis ojos.

Pienso. Pienso que es como si me hubieran dado la oportunidad de volver a ser niño por unos días. Empezar desde cero con el lenguaje, la gestualidad, los códigos del afecto y el disfrute de una estética. Empezar a mirar chicas desde el asombro. Hacer, en las nubes, planes para descifrarlas mejor. Sigo caminando.

Roland Barthes estuvo en China en abril de 1974. Entre las observaciones que anotó en sus tres criticadísimas libretas de viaje, hay una que se refiere a la ausencia de “flirts” (es decir, de coqueteos). Lo que le impactaba, en el fondo, es algo que también me pegó a mí: según mi pequeñísima experiencia, los chinos y las chinas tienen tendencia a no salirse de los libretos establecidos. O a lo mejor soy yo el que no consigue develar dónde están sus juegos de seducción. Qué se yo.

“¿Pero dónde diablos esconden su sexualidad?”, se preguntó el viejo bufarra de Barthes, acaso pinchado por las espuelas de un deseo por lo exótico. Algo de razón tenía: no sé cómo hizo esta gente para fabricar a tantos millones de humanos. No se les ven las ganas. A simple vista veo afecto entre parejas, obviamente. Los signos de la atracción, en cambio, me son tan opacos como el idioma.

Casualidad dos: hoy es Halloween, y cada tanto encuentro una fiesta. Cuando paso por el Bund –la zona en la que se habían establecido los ingleses en tiempos coloniales- veo limosinas, audis y minitas que emergen con ropa de conejas, de brujas o de trolas desde las entrañas de los viejos edificios que antes fueron bancos y hoy son shoppings top.

Escucho hablar en inglés, francés y alemán. Como no tengo cara de chino, me meto en uno de los edificios y los de seguridad me dejan pasar sin problemas. Subo al ascensor. Adentro, me doy cuenta de que estoy rodeado de rubias y rubios con trajes inverosímiles. Soy el único disfrazado de argentino.

La velada es un quiste occidental en medio de Oriente. Veo bandejas, comida. Gente rica pero de una riqueza frondosa, Ricardofortiana. Hay una banda que toca jazz en vivo, mozos que sirven champagne. Yo no vine a ésto. Aprovecho para echarme un cloro en el ñoba y salgo. Afuera, las limosinas conducidas por ojitos rasgados esperan (no a mí, claro).

Un par de cuadras más adelante escucho que las prostitutas me consultan, en su esperanto intuitivo, si tengo ganas de coger.

En el próximo capítulo voy rumbo a Beijing. Aquí les dejo un adelanto:


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