Belleza en línea de montaje

La decimoséptima edición del Mar del Plata Moda Show reunió a siete mil personas, entre señoras conchetas y colados con aspecto terrenal. Aquí, un paseo por un universo con olor a cosméticos, habitado por patovicas, peinadoras, y las mujeres y hombres más deseados de la Argentina.

por Facundo García
Hay situaciones que son un misterio para la mayoría de los que se identifican con el “campo progresista”. Eso era lo primero que saltaba a la vista al entrar en el camarín donde decenas de modelos se preparaban antes de salir a la pasarela del Mar del Plata Moda Show. La decimoséptima edición del desfile –que los organizadores promocionaron como “el más importante de América”– reunió el lunes a 7 mil personas frente al hotel Costa Galana, y fue la oportunidad ideal para recorrer palmo a palmo una línea de montaje en la que la materia prima es nada menos que el cuerpo humano sometido a las presiones de la estética.En honor a la verdad, vale aclarar que el dinero recaudado en el evento que promociona año tras año el empresario de la moda Héctor Vidal Rivas se destinó a la Fundación Amigos de la Ciudad Juan Carlos Castagnino. Por lo menos, eso fue lo prometido. El ritual concheto, como sea, se cumplió al dedillo. “¡Entró cualquier negra!”, se indignaba –buscando complicidad en el susurro– una muchacha que pedía rigor a los encargados de seguridad. Y si bien muchos pagaron la entrada y otros lograron filtrarse, fueron más los que se acomodaron en la playa o en la baranda de piedra que bordea al Boulevard Marítimo. Una tropilla de patovicas con lentes de sol vigilaba la “mercadería” para que sólo las cámaras de Canal 13 y Fashion TV pudieran captar la intimidad de los cambiadores. Antes de ponerse duros, los grandotes formulaban, por las dudas, una pregunta de hondo contenido existencial: “¿Y usted quién es?”. Ejemplo obtenido en un tanteo preliminar:

–¿Me deja pasar para entrevistar a las chicas?

–¿Y usted quién es?

–El novio de Ingrid Grudke.

–¿Vos? Ja ja ja…

TRANSFORMACIONES

¿Por qué el patovica estaba tan seguro al denegar el paso? ¿Qué proporción en el rostro o en los gestos delimitará la frontera entre la presunción de pertenencia y el estar out? La gente que se ocupaba de las relaciones públicas, por suerte, no les prestó atención a esas cosas; así que permitió el ingreso de algunos periodistas tan panzones, desaliñados y narigones como cualquier ciudadano de a pie. Para entender lo que se siente al deambular por un camarín donde circulan las curvas más codiciadas de la Nación hay que recordar lo que uno padecía de niño cuando se metía al tren fantasma, y después imaginar cómo sería el opuesto exacto de esa sensación. Aquí uno no se asusta: es uno quien asusta a los demás.

Se trata de un paisaje de sobrecargas, por el que circulan ráfagas de olor a cosmético, a plástico para la cara. Bikinis de colores y otras ropas cuelgan en espacios numerados, con nombres, apellidos y marcas escritos en detalle para que no haya confusiones. “Pero no te confundas, no somos todas tan boludas como parece. Lo que pasa es que no da para hablar de temas serios acá. Es lo que le pasa a cualquiera en su laburo”, se atajó una proletaria de la moda, que prefirió guarecerse en el anonimato.

En un rincón, Jessica Wanda Judith Cirio se dejaba embellecer –aún más– frente al espejo. Una señora le sacaba y le ponía sustancias en el cutis; la peinaba y la despeinaba. A un lado, dos post-adolescentes aerodinámicas permanecían con sus cabezas recubiertas por trozos de papel metalizado. ¿Disfraz futurista? “No, esto es para los bucles. En un rato nos sacan el papel y nos ‘inflan’ el pelo para darle volumen”, explicó la más joven. En un sofá se recostaban, lánguidas, cuatro o cinco pibas con las piernas al aire. Descolocaba comprobar cómo el modelaje les enseña a sostener los ojos fijos, aterciopelados, sobre las miradas ajenas, hasta provocar en el otro un vértigo interior cuyos signos visibles son los de un ataque de licantropismo.

A las 21, el conductor Iván de Pineda emergió con una elegancia apenas opacada por el pantalón de su traje, que le quedaba visiblemente corto. Un personaje con atuendo oriental y sombrero, acaso Ludovica Squirru, se ubicó en una de las sillas próximas al escenario y con ayuda del tarot les leyó la fortuna –nunca más apropiada la expresión– a varias señoras caretonas que esperaban el inicio. Y hablando de Roma: Mirtha Legrand se floreó con la música que la identifica, vestida de negro y acompañada por su hija. Cartón lleno.

POR UNA CABEZA

Bajo la luz de más de cien reflectores, los y las modelos comenzaron a bajar las escalinatas hacia Playa Grande, con la sincronización que tendrían los muñecos de una cajita musical. Entre indumentarias de Ricky Sarkany, Cardon, Christian Lacroix y Karina Rabollini se presentó la colección Marca País, creada con el auspicio del Instituto de Promoción Turística (Inprotur) con el objetivo de “utilizar la moda y el diseño como estrategia para promocionar los productos nacionales en el mundo”. Para matizar un poco, actuaron el elenco del Circo Servian, la inadjetivable Iliana Calabró, el imitador Martín Bossi y la Tinelli Girl Coki Ramírez, que demostró –mediante una azucarada versión de “Beso a beso”– que la cursilería puede germinar hasta en las canciones de La Mona Jiménez.

Fueron y vinieron. La pasarela es el equivalente insustancial de esas parrillitas que están a medio camino entre Mar del Plata y la Capital: allí se cruzan la euforia de los que están de ida con el aplomo de los que vuelven. La experimentada Dolores Barreiro con Luli Fernández, la clásica Ingrid Grudke con Paula Chávez, etcétera. Las consagradas fueron las que más salieron: alguien se empecinó en vestir a Grudke para que se exhibiera cuatro o cinco veces ataviada como quien va para el altar. Incluso en un momento dedicado a la campaña “Cuidarte está de moda” –que busca alentar el uso de preservativos–, la rubia se animó con un vestido de novia… hecho de profilácticos.

“Y ahora, la familia argentina, representada por Pampita y Tommy Dunster”, anunciaron los altoparlantes. De acuerdo con la caracterización, la pretendida familia local es blanquita, con un nene, una nena y una fusta de equitación que debe llevar la esposa. ¿Insólito? Fuera de contexto, seguramente. Pero no tanto en el universo de la moda, donde los símbolos se multiplican hasta burbujear en una lepra del sentido. “Aquí vienen los diseños de Ona Sáez. Psicodelia social y modelos basados en las pasarelas de los suburbios”, se escuchó. O bien: “Ropa muy femenina, para la mujer que cambia de estilo según la ocasión”. Sanatas. Sanatas que, como ciertas prendas, sirven para disimular el deseo colectivo de seguir mirando cuerpos torneados hasta el fin de los tiempos.

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