Apuntes sobre un viaje a China. Parte 2.

Desde el avión, los molinos de viento que generan energía para Shanghai se ven gigantes. Aterrizamos. El chino que está a mi lado se calza los zapatos. Caminamos hacia la aduana.

Pasillos, publicidades incomprensibles. Al final llego. Es como si el que armó la fila se hubiera propuesto ofrecer un muestrario de la diversidad. Hay cuerpos de todos los colores, de todos los tamaños, en todas proporciones. Niños de rostros esféricos me miran la nariz con fascinación. Escucho a dos judíos ortodoxos hablar: son argentinos. Al lado tengo a tres negras africanas que ríen a los gritos.

Al final me toca avanzar. La chica encargada del trámite me saluda en inglés, me pide el pasaporte y me señala una camarita que compara mi rostro con el de la foto que figura en mis papeles. Bip bip. Todo Okey. Antes de irme, veo que en el mostrador hay tres botones. Uno verde, otro amarillo y otro rojo. Es para calificar cómo me atendió la chinita. Aprieto el verde, buscando su sonrisa. No la encuentro. Ya está atendiendo al turco de dos metros que venía detrás mío.

Salgo al hall del aeropuerto. Hay cientos de personas esperando (no a mí, claro). Llevan carteles y flores. Veo pulular azafatas con trajes verdes, azules, amarillos, anaranjados. Pasan caminando en formación, como cardúmenes. Y me calienta la simetría movediza que van componiendo, pero tengo que dominar mi excitación porque ahora lo jodido es que no sé dónde estará la persona que venía a recibirme.

Todo es tan descomunalmente enorme que recuerdo a Buenos Aires como una maquetita, un pueblo de provincias. Mi pensamiento ha ganado una nueva dimensión de lo que puede ser una ciudad.

Finalmente consigo salir del aeropuerto. Siguen las sorpresas: yo pensaba que ese sol que muestran las postales de Oriente era falso, pero no. Acá la protagonista del atardecer es una esfera grande y lenta que se desliza líquidamente hacia el horizonte a partir de las dos de la tarde. Miro eso desde la ventana del taxi, mientras el tachero me conduce al centro zigzagueando por autopistas impecables. “Pudong nam lu, Namatu Lu”: ésa es la dirección que tengo que memorizar para poder volver al hotel, incluso cuando esté borracho. La repito varias veces. Los mantras de la aventura.

Hay cientos de monoblocks. Hay rascacielos hasta donde alcanza mi vista. “¿Qué tendría que aprender de todo esto?”. Intento preguntármelo con inocencia, y las respuestas al principio duelen.

Los tipos que veo pedaleando entre esa masa de bicicletas, ¿pensarán –como yo a veces- que son los protagonistas de esta historia? Frente a tal cantidad de seres y objetos, es más fácil entender el éxito del budismo como senda para liberarse del peso existencial. Las cosas que uno piensa cuando no puede hablar con el tachero…

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1 Response to “Apuntes sobre un viaje a China. Parte 2.”


  1. 1 Victoria enero 12, 2011 en 1:04 pm

    Una delicia de crónica.


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