Guerrilla Gardening al ataque

Son las dos de la tarde y el solcito pega a full. Ahí en Once -uno de los barrios con más cemento de la ciudad- se reúne como todos los sábados un grupo de “jardineros de guerrilla”. Tienen poco que ver con los ecologistas europeos, que dos por tres terminan preocupándose más por el goteo en los plantines que por los seres humanos. No: estos locos se brotaron para otro lado. Defienden la cultura libre, la soberanía alimentaria y el derecho de las personas a trasladarse sin restricciones. Tiran bombas, pero de semillas. Se llaman a sí mismos Articultores, y encarnan una expresión del activismo 2.0 que suma cada vez más adeptos.

Los comandos se basan en tres pilares: el arte, las huertas y el contacto con los inmigrantes. “Si te contactás con alguien que viene de lejos, la naturaleza puede funcionar como unidad básica de comunicación, el elemento que unos y otros compartimos”, gatilla Judith Villamayor, que zigzaguea entre los canteros con aires de  punk apocalíptica. La guarida que la banda acaba de armarse es enorme. La bautizaron Once Libre: un piso entero frente a Plaza Miserere, con espacios para trabajar protegidos de la lluvia, el calor o el frío. En el suelo hay decenas de pelotitas de barro: “Adentro tienen semillas. Son nuestras bombas”, explican los combatientes. Después revelan en qué consisten los ataques.

Obviamente, el término “guerrilla” está tomado con sentido lúdico. En los setenta, cuando empezó el movimiento, las “bombas” se hacían llenando un preservativo con agua, semillas y fertilizante. Una combinación de sexo con ecología. Con el tiempo el método se fue modificando, pero sigue siendo simple. Hoy la onda es salir con una mochila y/o una bici, y recorrer la ciudad tirando “granadas” donde haya un resquicio libre para el verde. Con el paso de los días, las esferitas de tierra se disuelven y la semilla queda lista para empezar a crecer.

El equipo sigue amasando y admite que el cartelito del street art no alcanza para definir su actividad. Por un lado, porque uno de sus intereses básicos es relacionarse con personas que vienen de otros países. Inmigrantes, gente sin techo, trabajadores precarizados; los que llegan traen saberes sobre estética y sustentabilidad que vale la pena compartir. Además, en la charla surgen temas como la soberanía alimentaria y la necesidad de usar software libre. Por eso no es casualidad que esté Vicente de Luca, un mechudo metido en la cultura hacker y la investigación de “organizaciones que se construyen desde la base”. Vicente habla sin dejar de revolver el masacote de tierra que tiene enfrente. “Se trata de salir de aquellas ONG ecologistas que nos traen soluciones extranjeras y no horizontales. Creo que las cosas más copadas se descubren justamente en espacios como éste…¡donde uno tiene que llenarse las manos con barro!”, anuncia.

Cada ataque queda registrado en fotos que se suben a la Red vía Google Maps, para que después el que quiera pueda ir a ver lo plantado y, si tiene ganas, se ponga a cuidarlo. Sandra Armengol -otra de las sembradoras- cuenta que a medida que iba dejando semillas los nombres de los barrios porteños empezaron a sonarle diferente. “A los pocos meses empezás a pasar por esquinas de la ciudad que antes no te decían nada, y te asomás por la ventana del bondi para ver cómo va la plantita que depositaste. Es como si esos lugares ahora llevaran tu marca”, describe.

Hace tiempo que Sandra integra Las Juanas (lasjuanas.org.ar), un colectivo que lucha por la igualdad entre los géneros. A primera vista, parece que eso no tuviera nada que ver con los paladines de la verdura. “Empecé en enero. Tuve que quedarme en Buenos Aires y me entusiasmé con esto de juntarme con otros a cambiar el paisaje de mi barrio”, relata. Cuando finalmente se pudo ir de vacaciones, la cepa guerrillera ya había prendido. No sólo en las macetas, sino en sus costumbres cotidianas. “Nos fuimos de viaje al norte con mi novio y él, que nunca se había sentido motivado por los temas sociales, me ayudó a llevar una mochila repleta de bombas de semillas para distribuirlas por allá”. Para la flaca el link entre la fiebre jardinera y sus otras militancias está en la recuperación de lo “auténtico”. “Esto es un retorno al origen. Hace visibles cosas fundamentales a las que no prestamos atención. En eso se conecta con la lucha en favor de las mujeres, porque ellas también sufren una invisibilización permanente a pesar de ser indispensables para la sociedad”, tira.

Las puertas del cuartel están abiertas para todos los palos, siempre que haya voluntad de germinar y no de poda. Por lo demás, Articultores tiene células en Río de Janeiro, Bahía Blanca y Córdoba. La multitud cultivadora sigue creciendo, consciente de que con los vegetales no se anula la violencia pero al menos se alejan un poco las pestes de la muerte.

Ya son las cuatro. Los soldados se levantan, reúnen las municiones que va a usar y se reparten por las calles. Quien encuentre esta semana una flor o una cebolla brotada, ya sabe a qué se debe. Las armas están listas. Las bolsas preparadas. Preparen, apunten: ¡riego!

  • Los Articultores (articultores.net) se reunen todos los sábados a las 14 en Pueyrredón 19, tercer piso. Otra agrupación similar es Guerrilla Gardening Buenos Aires, que difunde su agenda mediante un grupo de Facebook que lleva ese nombre.

BONUS TRACK: El horno que se viene

Ahora que empieza a pintar el calor, muchos se preguntan porqué Buenos Aires se convierte en un horno insoportable. Para entender lo que ocurre es suficiente con asomarse a cualquier ventana. Reina el gris, y a pesar de que las plantas se las arreglan para crecer entre las grietas, no hay cultivos ni en las terrrazas, ni a los costados de las autopistas, ni en tantos otros ámbitos donde podría haber algo más vital que el hormigón. El horno agarra temperatura, y después no hay quien lo enfríe.

Según datos oficiales, en la ciudad hay 1.131 espacios verdes que cubren una superficie de 1.854,5 hectáreas. Si se divide eso por la cantidad de población, resulta que corresponden 6,1 metros cuadrados de espacio verde por habitante. Pero la Organización Mundial de la Salud recomienda que haya un mínimo de entre diez y quince metros, para que así se renueve el oxígeno, se absorva mejor el agua de la lluvia -lo que se traduce en menos inundaciones- y se regulen las olas de calor. O sea.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




Twitter: directo desde la cabina

Misiones anteriores

ESTE MES ME IMPACTARON

LIBROS:

-"Cuadernos de un aprendiz de boxeador", Loïc Wacquant.
-"Yo y tu", Martín Buber.
-"Cuentos Orientales", Marguerite Yourcenar

DISCOS:

-Me agarró un zumbido en la oreja y tengo que ir al otorrino.

PELIS:

-"El amigo americano", de Wim Wenders, con Dennis Hopper y Bruno Ganz (1977)

-"El desafío de las águilas", de Brian G. Hutton (1968).


A %d blogueros les gusta esto: