El minero y la chica de oro

La luz de los reflectores daba de lleno en la boca del hoyo. Los medios del mundo concentraban su atención precisamente ahí, a la espera de que todo el grupo de mineros saliera para festejar una operación sin fisuras; una muestra de valor, entereza y hermandad sin distinciones. Cuando la cápsula llegó al fondo para evacuar al último prisionero del derrumbe, el anuncio del rescatista que había bajado a sacarlo heló la sangre de los de arriba.

–¡Oye, este gallo dice que no quiere subir!

Desde hacía horas, la famosa cápsula había ido recuperando a los héroes. Uno medio poeta, otro que decían que era chistoso, otro que tenía conocimientos de medicina, otro que había sido “el líder”. Cada vez que uno asomaba, los hurras de la multitud atronaban en medio del desierto que rodea a la mina San José. Las mujeres lloraban, abrazadas a sus hijos. El presidente Piñera, exultante, ultimaba detalles para el momento en que los treinta y tres “ejemplos de entereza” volvieran a estar juntos, pero en la superficie. Casi todos habían cumplido con el guión que se esperaba de ellos. Primero fueron diez, luego veinte. Treinta, treinta y uno. Treinta y dos hombres medio muertos permanecían a salvo pero en vilo, aguardando el desenlace final.

–¿Cómo que el último minero no quiere salir? ¿Es una broma, güeón?– ladró desde la zona de las ambulancias el jefe del operativo, mientras Piñera le clavaba una mirada homicida.

–¡No, aquí el caballero dice que va a poner unas condiciones!–informó el rescatista.

Los movileros -que estaban al aire y en cadena- iniciaron un largo tartamudeo en diferentes idiomas. “Aparentemente…el último hombre…estaría sufriendo un cuadro traumático…se estaría resistiendo a subir”, repetían. Confundidos, se esforzaban por sobreponer sus voces a los gritos de la hinchada, que tampoco entendía bien cuál era el inconveniente. Micrófonos de mil formas se acercaron a la radio que temblaba en manos del jefe del operativo. Y millones de televisores repitieron la voz de Villegas, que sonó por el parlantito.

–¡Si no baja Nicole Newman a tomarse un pisco conmigo, yo no subo po!– gritó el último minero. Sus palabras venían de lejos, como si tuvieran raíces en cientos de noches heladas, en madrugadas de dormir solo en uno de esos cuchitriles de lata que le dan a los obreros a lo largo y ancho de América. De pronto y acaso por primera vez ese anónimo, ese ignorado, ese despreciado por su mujer e incluso por sus compañeros de hazaña estaba diciendo lo que le salía del fondo del alma.

Y del fondo del alma le salían ganas de sentir el aroma de esas rubias de la tele. Si iban a hacer millones mostrando su imagen, al menos merecía eso.

Desde chico se había preguntado cómo serían aquellos pelos tan finitos, esa piel tersa y lisa de las chicas que veía en la pantalla. ¿Como sería esa muchacha cuyo poto había visto moverse tanto en el chow de Don Francisco, esa tal Nicole Newman? La vida nunca le había dado una mísera oportunidad de hablarle a una mujer así a solas. Ni siquiera en su juventud había podido sentarse cinco minutos ante unos ojos tan bonitos, para ver si conseguía enamorarlos. Se le habían caído los dientes. Le habían salido arrugas. Era ahora o nunca.

El presidente pidió negociar con el minero renegado.

–Oiga, Villegas, mire que acá lo estamos esperando con comida y una gran fiesta, jeje ¡¿Qué va a decir su familia, hombre!?

–Vaya a lavarse el culo, oligarca de mierda. O viene Nicole Newman o me van a tener que mandar pizza acá abajo para siempre.

Piñera no podía creerlo. Esa madrugada, Facebook y Twitter ardieron con la historia del minero loco. Para variar, los argentinos hacían chistes bobos, del tipo “más que minero es un gatero” y cosas por el estilo. Al otro día los diarios titularon con tipografía catástrofe: “QUEDA UNO”. La mismísima Nicole Newman apareció en los medios, prometiendo que si Villegas salía ella iba a ir personalmente a tomar algo con él y podrían “conversar tranquilos”.

–A mí no me engañan. Si salgo me van a decir que ya sé cómo es ésto, que no sea cabeza dura, que tengo que controlarme ¡Las mismas mentiras que me han dicho desde que iba a la escuela, concha`e su mare!

En las horas que siguieron la opinión pública se conmovió. En cafés y oficinas se hablaba únicamente del tema. “Al final el tipo solamente quiere tomarse un pisco, ¿qué le cuesta a la Nicole?”, decían los hombres. Las mujeres desconfiaban un poco, pero también coincidían en que a lo mejor el pobre hombre merecía una chance con la modelo. “Después de todo -comentaban- él solamente quiere charlar”.

Pero en la semana siguiente el foco de interés se desplazó. Los mineros que ya estaban afuera -es decir, los otros treinta y dos-  empezaron a ir a los programas de la tarde, e incluso uno se integró al staff de “Bailando por un sueño” (Tinelli escuchaba el relato de la experiencia y lagrimeaba un poco).

Roberto Villegas murió dos meses más tarde, a seiscientos y pico metros bajo tierra. Acá dicen que falleció a causa de complicaciones varias. Pero los chilenos, que casi siempre son poetas, aseguran que su corazón simplemente decidió dejar de latir.

*Al maestro Oscar Wilde (con humildad) y al amigo Santiago López.

¿Y querían yapa? Acá tienen:

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1 Response to “El minero y la chica de oro”


  1. 1 sebas octubre 14, 2010 en 12:48 am

    che que bueno hee` hasta me la creí al principio ya que no estoy al tanto de nada por no querer oir noticias…. muy bien`


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