Recuerdo frente al espejo

I.

Era el peor de los mundos posibles. Lo sabíamos, en parte, por el único laburo que habíamos conseguido. Y lo sabíamos también porque éramos chicas y muchachos de clase media: educados para ir a la facultad y no para que un terremoto económico nos obligara a convertirnos en encuestadores telefónicos que ganaban cuatrocientos mangos. Era el año 2003, era el barrio de Once. Era una oficina gris y vieja, y un verano en que sonaba -cual burla- aquel hit de Diego Torres que invitaba a la esperanza.

Saber que se puede/ querer que se pueda/ quitarse los miedos/sacarlos afuera.

Si algo tienen de positivo los trabajos de mierda, es que generan complicidad entre los trozos de carne que entran a la picadora. Es como en los hospitales. Uno tiende a agarrarle cierto cariño al desconocido que está ahí enfrente, entubado.

Así es que en la empresa de “investigación de mercado” que una socióloga se había puesto a una cuadra de Avenida Rivadavia, nos juntábamos los jóvenes caídos del mapa social. No habíamos tenido tiempo ni de drogarnos para olvidar. Andábamos por los veinte, y nos pasábamos entre seis y diez horas diarias encerrados en boxes; preguntando boludeces mientras el hijo de la socióloga -un carilindo con cresta punk, la imagen me vuelve clarísima- practicaba con su guitarra eléctrica en una de las salas de al lado.

Al repalo, practicaba. “Soy anarquista”, nos decía.

Cada mediodía, la socióloga pedía tres docenas de sándwiches de miga, y el mísero staff conversaba con la boca llena. Entre el humo de los cigarros y el de las cabezas escuchabas acentos de todas partes del país. Nos sentíamos fracasados por estar ahí y no en la playa, por no haber llegado a Miami, ni a Europa. Eso era a las doce. Doce y media volvía la supervisora: “vamos chicos, a seguir”.

II.

Había diferentes tipos de encuesta:

Encuestador—Buenas tardes, le estoy llamando de la encuestadora IPSOS ¿Qué canal de televisión está viendo en este momento?

Señora–¡Hola Susana!

Encuestador—Oigamé señora…le estoy hablando por una encuesta.

Señora–¡Hola Susana!

Encuestador—Pare, ¿me escucha un segundito?

Señora–¡Hola Susana!

Y así. Me acuerdo de otro “sondeo”, encargado por American Express, que nos obligaba a preguntarle a la gente en qué lugar de la casa ocultaba sus ahorros ¡Manga de descerebrados! Los bancos se habían afanado los depósitos y nos obligaban a llamar y preguntar eso. Lo juro porque me caiga muerto ahora mismo. A qué enfermo se le habría ocurrido, no sé. Los que atendían al principio lo tomaban como una broma pesada y después nos mandaban a freír churros. Uno tras otro. Horas de bancar puteadas. Justificadas, además.

Recuerdo que mientras seguía preguntando -porque los supervisores controlaban, y venían a tu box si te detenías- se me escapaban, silenciosos, algunos lagrimones de bronca. Se entiende entonces que a los empleados no nos bastara con las reuniones del mediodía. Empezamos a salir del trabajo para meternos en Bellagamba, a gastarnos los pocos morlacos que ganábamos (Bellagamba es un lugar donde se come barato y más o menos rico, ahí por la zona del Congreso). Con ayuda de la birra era más fácil desahogarse. A altas horas de la noche, más todavía.

Ahí me empecé a hacer amigo de la piba de la que les quiero hablar.

III.

Y les quiero hablar de ella por lo que pasó una madrugada , cuando ya nos habíamos dado un par de besos y le pregunté porqué se movía tanto en la silla. La quinta cerveza estaba caliente, casi finiquitada, y la flaca respondió de golpe:

-Es que anoche me depilé el orto.

Sus amigas -ex clase media, igual que ella- le habían dicho que a los hombres les gustaba y que se iba a sentir una diva. Y como esta flaca quería conquistar a cierto flaco que yo nunca conocí, había tomado la decisión. Raparse el ojete.

Me lo confesaba con mandíbula batiente, a las tres de la mañana, un viernes desesperanzado de aquel enero, en 2003.

–¿Pero con cera?– pregunté, haciéndome el desinhibido.

–Con cera—confirmó- El problema es que algo hice mal, porque me puse la cera y esperé que se secara un poco para sacármela…”.

De más está decir que cualquier intervención que uno haga en la zona tiende a ocasionar incomodidad, al menos al principio. De modo que cuando mi amiga quiso empezar a sacarse la pasta que ya empezaba a plastificársele en el tujes, se dió cuenta de que le dolía.

Le dolía mal.

IV.

“Fue insoportable, creí que no salía, eh. Me pasé como tres horas tratándo de arrancarme esa porquería. En un momento, incluso, la piel se me irritó y tuve que parar un rato con el colgajo a medio quitar”, dramatizó la flaca. Al otro día había tenido que ir a la oficina. Creo que ya lo dije: entre seis y diez horas en un box, hablando por teléfono, bajo la mirada de supervisores garcas.

“Hola, si le hablo de Américan Express. ¿Podría decirme dónde guarda sus ahorros?”

No. Se equivocan: jamás tuvimos sexo. Es más, ni me sale su nombre (que igual no publicaría). Pero la reconocí una mañana de invierno cuando iba caminando por la calle Entre Ríos. “¡Ey! A veces leo tus notas! -mintió- ¡Que bueno que pudiste dedicarte a lo tuyo!”. Miré al suelo y le pregunté por ella, por su vida. “Yo bien, me ascendieron a supervisora, así que gano un poco más”. Había pasado casi una década y seguía ahí. Sentí pena. La chica del ojete pelado nunca fue una reina de belleza, pero cuando la ví darse vuelta y seguir su camino me di cuenta de que las miles de horas sentada harían que pronto ya no quedara nada que depilar.

No sé porqué hoy me estaba afeitando -la cara- frente al espejo y me acordé de ella. Mis amigos dicen que últimamente ando con cara de culo. Debe ser eso.

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1 Response to “Recuerdo frente al espejo”


  1. 1 Melina octubre 10, 2010 en 3:28 am

    No si vos odias a las mujeres…pero también con las que te tocan o elegís, cómo no odiarlas


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