Un negocio que anda tecleando

Guzmán, uno de los últimos especialistas

Frente al aluvión informático, un puñado de estoicos vive de arreglar esos aparatos que remiten ya a otros tiempos. La clientela se compone de locos, anticuarios o artistas que prefieren encontrarse con las palabras mano a mano, sin artificios tecnológicos.

Por Facundo García

Fueron reinas de oficinas y redacciones. A fuerza de tinta y acero protagonizaron epopeyas literarias y se convirtieron en el arma con que se escribió la verdad oficial durante todo el siglo XX. Son las máquinas de escribir, claro. El sonido es aún reconocible y sin embargo pronto será una rareza, una alusión al vacío. A pesar de la derrota asegurada, queda en Buenos Aires un puñado de náufragos que se dedican a reparar esas gemas obsoletas. La clientela se compone de locos, anticuarios o artistas que prefieren encontrarse con las palabras mano a mano, sin artificios tecnológicos. Y ellos, los últimos mecánicos del tipeo, no saben –o simulan no saber– que por sus talleres ronda un fantasma que se parece mucho a la poesía.

Tarde de invierno en Saavedra. En la calle Ruiz Huidobro al 4000, Tito Guzmán pasa las horas en compañía de su esposa Lidia, sus herramientas y una botella de ginebra que guarda “por si aprieta el frío”. A los setenta y siete, es consciente de que con él se clausura una estirpe. No le importa. Sigue arrancando temprano, como hace casi todos los días desde que entró en el taller de su padre a los nueve años. “Quedaba acá, a unas cuadras”, recuerda. Desde entonces los edificios del barrio se multiplicaron, la tipografía se modificó y él dejó de ser un niño. Pero algo se le sigue encendiendo cuando habla de grafías extrañas y mecanismos ingeniosos.

Don Tito insiste en colocar en la vidriera varias máquinas envueltas “para regalo”. Están cubiertas con papel celofán de colores, y hasta tienen moñito. No hay que ser sagaz para darse cuenta de que están ahí desde hace mucho. “Soy uno de los pocos que van quedando –admite él–. No sé quién más se pondrá a fabricar artesanalmente piezas que no se hacen desde hace cincuenta años.” Cuenta, además, que le llegan pedidos de auxilio desde los rincones más insólitos de la provincia de Buenos Aires. Armatostes en coma que indefectiblemente resucitan –como si quisieran sobrevivir al nuevo siglo– bajo sus manos pacientes. “Estuve en contacto con máquinas que prácticamente nadie más vio. Cuando vienen, ponele, con una de éstas –levanta un artefacto pequeño, una especie de calculadora para enanos– sólo tengo que acordarme en qué momento de mi vida me encargué de una similar. A veces fue hace cinco años, otras veces fue hace quince. O treinta. O cuarenta.”

Los dos pares de lentes que le cuelgan del cuello no consiguen borrarle a Guzmán la pinta de patriarca que pasea por su reino. Si precisa un rulemán de un milímetro, cierra los ojos –un gesto borgeano, memorioso– y a los dos segundos estira la mano, sin rastro de duda, hacia un único cajón entre decenas. Exactamente ahí está lo que buscaba. Por ese detallismo es que escritores, escribanos, policías, contadores y abogados lo llaman para que siga salvándolos de caer en la informática. “Ojo, yo no estoy en contra de las computadoras. Pero me gustan hasta ahí, porque no veo lo que pasa adentro”, confiesa el hombre, antes de jurar que quiere seguir en lo suyo hasta que los engranajes del cuerpo digan basta.

A media ciudad de distancia, en Avenida de Mayo al 500, hay un caso opuesto. Yonio Cohen es un rocker que en 2007 compró un libro usado. Cómo reparar máquinas de escribir, se llamaba. Con eso y con las indicaciones de los veteranos, el veinteañero se dio maña, alternando el oficio con los ensayos de la banda Kindergarten. “Soy parte de la ‘futura generación’, aunque no sé de qué futuro estoy hablando”, define entre risas. Pensar en el tiempo que perdió la humanidad antes de que existiera la tecla ‘delete’ justifica la pregunta que da vueltas hace rato: ¿para qué se siguen reparando máquinas antiguas, si con una PC de medio pelo las tareas se vuelven infinitamente más cómodas?” Yonio responde que los literatos le han sugerido un par de pistas. “Lo que te explican –revela– es que el ruido y la sensación mecánica los mantiene concentrados.”

Generalmente Yonio liga algún ejemplar de cortesía después del arreglo. “Me agradecen como si los salvara de algo”, comenta. Y sí: pulsar un teclado no es lo mismo que darle al metal; por no mencionar el hecho de que mientras una computadora dura cuatro o a lo sumo cinco años, una máquina aguanta varias veces más. “La mayoría de los escritores –detalla el experto– tiene un trato íntimo con el objeto. Vos les explicás que el aparato no da más y que les conviene comprar otro y lo único que te contestan es que quieren de vuelta su chatarra, con su sonido y sus mañas. ¡Han llegado a exigirme que no saque la máquina de la casa y la arregle ahí mismo!” Se entiende, buena parte de los clientes supera ampliamente los setenta. Yonio: “Hay gente que viene a quejarse de que la escritura le está saliendo desigual. Al rato se ponen a probar y notás que lo que les pasa es que han perdido fuerza en los dedos y ya no pueden pulsar”.

En Corrientes al 1600, Ricardo Cirulli se enfrasca en viejas IBM que, como son más modernas –tres décadas, o cuatro–, todavía se la bancan al pie del cañón. “Ya no sé anticiparte si esto va a terminar. En los noventa sospechábamos que era hora de ir buscando otra cosa porque se nos iba a acabar el negocio. Y es gracioso, porque los que vienen acá nos dicen lo mismo. ‘Nunca más la arreglo, voy a cambiar a una notebook’, repiten. A los cinco años ves la misma cara entrando por la puerta”, se sorprende. Si uno investiga las ventas que se hacen por Internet, comprueba que hay una gran amplitud de precios. “¿Ves? Eso –resume Cirulli– es porque en este ambiente la relación entre el costo y el beneficio tiene que ver con emociones muy personales. No lo podés evaluar desde un solo lugar.”

* Publicado en Página/12.

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