Ética para batracios

Por Facundo García

Muchos enseñan la paciencia. A no apresurarse, a creer que pasando veinte años –los mejores, los más salvajes– encerrado en un aula o en un manicomio se puede ser mejor persona. “Derecho de piso”, le dicen. Pura basura. La verdad es que casi nada merece semejante sacrificio. Escupo esto sobre una servilleta, sentado en un café de Cochabamba (Bolivia), mientras aguanto el plantón de un cineasta que vine a entrevistar y no llega.

Toda espera es una cárcel hecha de tiempo. Dentro del calabozo, el preso sueña con la consagración, el retorno de aquella banda o las disculpas de la mina que se fue con el mejor amigo. Lo que llega, al final, se parece a esas comidas que ofrecen los bares de medio pelo: el plato nunca coincide con lo que mostraba el menú. Y así se gana de cuando en cuando, tras haber perdido demasiado; los rockers andan vendiéndose entre publicidades de Pepsi o de Coca y el amor vuelve, pero sangra cinismo. Nadie niega que esperar fortalece. Los diamantes, después de todo, son carbones que permanecieron en sus puestos. Sin embargo, hay que ser carbón para esperar tanto. ¿Vendrá el forro del cineasta? Alrededor, otros periodistas también aguardan. Se miran con pudor, con cara de estar haciendo fila para entrar al telo. Pasa una hora. Otra.

Cuentan que si uno pone una rana en una cacerola y empieza a calentar el agua lentamente, el bicho no se da cuenta de que se está quemando vivo y se cocina sin desesperar. Quién sabe si será cierto. Con los humanos, al menos, esa ley se cumple. “Lo importante es el camino”, repiten los poetas, aunque la frase suena a slogan de una empresa de peajes. Camino, las pelotas. Hay que hacer el cambio ahora. Porque el reloj no perdona, y lo comprobarán los que dentro de unos de segundos miren al espejo para descubrirse la primera arruga. Malas noticias: la oscuridad ya viene galopando desde planicies de minutos y segundos. Sus cocineros han encendido la hornalla para los que lleguen a esta línea. Bienvenidos a la cacerola hirviente, batracios. No esperen nada. La única forma de escapar a la muerte por humillación es saltar fuera de la olla.

Acá se acabó mi servilleta. Por la noche me enteré de que el cineasta Oliver Stone no planeaba darme la entrevista.

Publicado en el Suple NO de Página/12.

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