Un poeta que conocí una mañana

Lo que comenzó como una forma de sortear el desempleo se convirtió en pequeña industria. Junto a su esposa Stella, Don Martínez vende trescientas poesías por fin de semana, genéricas o realizadas a pedido. Y hasta le escribe a la tabla de cortar asado.

Por Facundo García

“Lleve su poesía”: el anuncio en la camioneta contrasta con el enjambre de taxis, colectivos y coches particulares que apuran la mañana en la 9 de Julio. Antes de que cambie el semáforo también se ve, a un costado, el número de un celular.

–Hola, ¿ahí venden poesías?

–Sí, querido. Contame tu historia o mandala por mail y nosotros te preparamos el poema. Después lo venís a buscar.

–¿Uno para mí solo? ¿Exclusivo?

–Sí. Personalizado te sale alrededor de cincuenta pesos –responde confiada la voz del otro lado.

Si el encargo prospera, Alberto Florindo Martínez, porteño de sesenta y seis años, ex cartero, ex sodero, ex obrero metalúrgico y ex transportista, tendrá otra tarde a puro trabajo. Con ayuda de su esposa e inspiradora, Stella, el poeta anota las alegrías y penas de cada interesado y pasa lo que le cuentan por el filtro de la métrica; para ayudar a que una “jermu” perdone al marido pirata, o dos amigos se reconcilien, o un hijo salude a su madre, o quién sabe qué otra necesidad poética de los siempre enredados habitantes de Buenos Aires.

Mediodía. Ya en su casa –muzzarella de por medio–, Martínez asegura que la vocación le hizo guiños desde temprano. “Nací en el Bajo Belgrano, a dos cuadras de la cancha de Excursionistas. Mi casa tenía un patio donde se armaban unas guitarreadas bárbaras y yo le hacía poemas a lo que viniera. Al queso, al dulce de leche, lo que tuviera adelante”, precisa. ¿Pero se inspiró en algún autor? “¡Un carajo!”, se ríe el vate, al tiempo que encaja la segunda porción de muzza en el plato del cronista. “Leí un solo libro –el Martín Fierro– y ni me lo acuerdo. En realidad aprendí a expresarme con los diarios.”

Cuando se le da por recitar, el matrimonio es imparable. Pueden aparecer odas a la tabla donde se corta la carne: “Dejame que con vos coma/ Hasta el final de mi vida/ Eres la gran alegría/ Que entre chorizos, asados/ Pizzas, quesos, chacinados/ Cuánta saliva en mi boca/ Yo de vos no me separo/ Por eso, por eso no tomo sopa” (!). O a las musas de barrio: “Son el porqué del vivir/ también la señoras del ser/ perdonen si estoy llorando/ hoy le escribí a la mujer”. “La de la tabla de comer asado la titulé ‘Vetas del deleite’. Me la elogió Tom Lupo en un ciclo que se llamaba Cabaret Poético. Me acuerdo de que dijo ‘este poeta está siendo generoso, porque destina su arte a una naturaleza muerta, ¡a algo que no se lo va a agradecer nunca!”.

–¿En qué momento se dio cuenta de que podía vivir de sus creaciones?

–De joven yo era jugador de fútbol y en una de ésas me trasladaron a San Rafael (Mendoza); un lugar que quiero mucho. Ahí tuve un hijo y planté un árbol. Me faltaba el libro. Ya le había escrito a Stella cuando éramos novios, pero el asunto ahora era quién más se podía llegar a interesar por lo que yo hacía. Me dije “ya está, le voy a escribir a las profesiones”. Escuchate ésta: “De rodillas culminás/ el final de tu actuación/ tu vida no es con manchón/ es de caucho y primavera/ tu vida Dios la bendijo/ y el mundo anda sobre ruedas”. Esa se la hice al que labura de gomero. También les hice a los colectiveros, a los municipales, a un montón. Y ojo, que para cada una me tenía que informar bastante… ¿Otra? “Vos sos sin duda el cotorro/ alegre y acogedor/ que entre curita, alfajor/ fósforos y caramelos/ en la tierra eres el cielo/ más hermoso que conozco/ Y cuando vendan el Viagra/ No lo suelto más al quiosco”. Esa para el quiosquero, claro. A ver, pará…

El juglar saca de unos biblioratos repletos la obra dedicada a los fotógrafos, y se la obsequia al de Página/12. Después retoma comentando que el hecho de haberse quedado sin empleo lo inclinó definitivamente por las letras. “Cuando estaba desempleado, en 2003, mi hijo vino un día a tomar mates y me dijo ‘¿Y por qué no te vas a vender esas poesías y de paso tomás un poco de aire?’. Stella me acompañó y nos compraron quince. Para nosotros fue tocar el cielo. ¡Pensar que ahora vendemos trescientas por fin de semana, y hemos llegado a las quinientas cincuenta!”

Stella y Alberto Florindo van los fines de semana a la Feria de Mataderos, donde instalan su stand y venden las coplas. También hay veces en que estacionan en cualquier esquina. “Eso cada vez lo hacemos menos, porque tenemos lío con el Gobierno de la Ciudad. Ellos dicen que no tienen un rubro ‘venta de poesía’, y por eso no saben cómo rotularnos para darnos la habilitación. Te da bronca, porque al que vende anteojos de sol truchos sí se la dan.”

–¿Y qué pedidos le hace la gente?

–Una vuelta una piba que se llama Cecilia Papávero nos dio la idea de hacer poesías sobre los nombres, y es un exitazo. Hice más de mil seiscientas. Tengo “a Bernardino”, “a Clorinda”, “a Gertrudis”, “a Josefa”, lo que te imagines. Esos salen dos con cincuenta. Después tenés los “exclusivos”, que son estrictamente personales. Por momentos nuestro puestito parece una sala de terapia. Te vienen a plantear situaciones de lo más variadas. A uno se le murió un hijo, a otro la esposa, otro quedó en silla de ruedas. Esas tan tristes no las cobramos, porque tampoco vamos a andar lucrando con el dolor ajeno. Pero es creer o reventar, porque vos regalás a uno y detrás vienen diez que te compran.

Como Ragueneau –el amigo de Cyrano que canjeaba sus pasteles por poemas–, hay desesperados que trocan lo que tienen a cambio del auxilio rimado de Florindo. “Acá traje algunos casos”, el entrevistado extiende varios papeles sobre la mesa, como si fueran un mapa de la diversidad emocional. “Esta chica, por ejemplo, cayó con que se iba a juntar a tomar un café con un ex novio que la había largado. Le hacía falta un texto para regalarle al tipo. Entonces fijate, le puse ‘mis lágrimas en su hombro/ llegaré a depositar’. ¿Ves? Yo ya le estaba haciendo gancho por si al momento de abrazarse se daba esa situación. Creo que le funcionó. Y yo me alegro mucho, porque mis versos son como mis hijos, para ellos me doy entero. Nunca pensé que me iban a permitir comprarme la camioneta y una fotocopiadora, que se iban a volver una industria. Quién sabe lo que puede venir todavía…”

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