Zen y el arte de calefaccionar los ambientes

La retroacción permite que una máquina conozca los efectos de su propia acción de tal modo que pueda corregirla. Quizá el ejemplo más familiar que pueda darse es el del termostato eléctrico que regula el funcionamiento de la calefacción de una casa. Fijando un límite superior y otro inferior de temperatura deseada, se conecta un termómetro de tal manera que prenderá la caldera cuando se alcance el límite inferior y la apagará cuando se alcance el límite superior. De este modo se mantiene la temperatura de la casa dentro de los límites deseados (…).

Para construir un sistema cada vez más automático se necesitará usar una serie de sistemas de retroacción: un segundo para corregir el primero, un tercero para corregir el segundo, y así sucesivamente. Pero esta serie debe tener algún límite porque más allá de cierto punto el mecanismo será anulado por su propia complejidad. Podría tardar tanto tiempo la información en pasar por toda la serie que llegaría demasiado tarde para ser útil. Análogamente, cuando los seres humanos piensan demasiado cuidadosa y minuciosamente acerca de los actos a realizar no pueden decidirse a tiempo para poder actuar (…).

El sistema también puede paralizarse de otra manera. Todo sistema de retroacción tiene un margen de error. Si tratamos de construir un termostato absolutamente exacto, es decir, si acercamos mucho el límite superior y el límite inferior a fin de mantener la temperatura constantemente en 20 grados, todo el sistema fracasará. Porque si el límite superior y el límite inferior coinciden, coincidirán las señales de prender y apagar la caldera. La señal de marcha será también la señal de stop, “sí” implicará “no” y “no” implicará “sí”. Entonces el mecanismo comenzará a temblar, prendiéndose y apagándose continuamente hasta dejar de funcionar. El sistema muestra síntomas asombrosamente parecidos a los de la ansiedad humana. En efecto, cuando un ser humano es tan autocontrolado que no puede “abandonarse”, tiembla y oscila entre opuestos. Esto es precisamente lo que el Zen quiere decir cuando habla de seguir dando bueltas en “la rueda del nacer y el morir”

(Watts, Alan. “El camino del Zen”)

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