Memorias de cinco años

Los que lograron salir, los que estudian este tipo de horrores, los que sienten el dolor del universo, los que tuvieron que hacer las paces con Dios y los que no pudieron. El aniversario de un horror íntimo y público.

Esta semana se cumplieron cinco años del incendio en Cromañón, que terminó con la vida de ciento noventa y cuatro personas. Homenajes y declaraciones mediáticas alternaron con la tristeza. Y, sin embargo, unos días antes todo el ruido y las pantallas estaban lejos. En el santuario que los familiares erigieron frente a plaza Once –tanto en la especie de capilla ubicada sobre Bartolomé Mitre como en el terreno que cedió el ferrocarril– las bolsas de plástico volaban en círculos, la mugre se acumulaba y varios turistas se asomaban para ver las fotos de los pibes, desteñidas por la lluvia. Un auto se detuvo en la zona donde está prohibido estacionar.

–¿Oficial, puedo dejar el coche acá? –preguntó la rubia al volante.

El policía le dijo que no. Entonces ella se presentó como funcionaria del gobierno de la ciudad. En eso, ya iba llegando otro vehículo con un segundo funcionario. El de uniforme insistió en que ahí interrumpían el tráfico, pero fue inútil. “Va a ser un ratito, nomás –lo amansó la mujer–-. Es para ver si emprolijamos y colocamos unos plantines. Che, esto está hecho un desastre, la verdad.” Faltaba poco para el aniversario de uno de los hitos de la década y la desidia seguía rondando. Cromañón aún reparte reflejos de una sociedad en problemas.

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Nicolás Pousthomis asegura que aquel 30 de diciembre estaba chateando y uno de sus contactos había puesto al lado del nick: “Tengo dos entradas para ir a ver a Callejeros, ¿quién las quiere?”. “Estuve por ir, porque soy fotógrafo y sabía que iban a usar pirotecnia. Pensé que podría conseguir buen material –relata–. Incluso se había publicado un anuario con ‘las imágenes del año’ y en una se mostraba a una chica en un recital con una candela en la mano.”

Al final decidió no ir. A la mañana siguiente se enteró del desastre. “Agarré la cámara y me fui a la morgue que está detrás de la Facultad de Medicina. Cada tanto salía un médico y actualizaba la lista de fallecidos. Tiré un par de fotos. Lo que me volvía loco, de todas formas, era averiguar qué había sido de mis amigos que tal vez habían ido.”

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Entre esos amigos estaba Ignacio “Rulo” Smith: “Nos acomodamos en el primer piso. Yo justo estaba mirando las lucecitas que daban contra el techo, cerca de la tela de sombra. Cuando vi la llama dije a los chicos ‘nos vamos’. Agarré a mi compañera y me fui con ella. Muchos se quedaron mirando, supongo porque esperaban que se apagase, o porque no entendían. Bajamos la escalera, y a partir de ahí se me borronea todo el trayecto. Sí recuerdo el sonido, ese silencio encapsulado, con muchos gritos de fondo. La imagen la tengo de a ratos; era un contraste extraño entre el fuego, el calor y la oscuridad de ese humo negro”.

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Leonel Romero Silva tiene un master en seguridad contra incendios y es uno de los gerentes de Matafuegos Orlando. Como si describiera un símbolo, cuenta que aquella noche aciaga él estaba en el Colón. Al salir del teatro rumbo a su casa lo desviaron a la altura de Plaza Miserere y cayó en la cuenta de que algo terrible había pasado. “Vimos camionetas que salían a toda velocidad, repletas de gente en estado crítico. Entonces encendí la radio y escuché.” El experto reconoce que las escenas de solidaridad lo conmovieron hasta los huesos. “Los que estudiamos este tipo de siniestros –explica– sabemos que el pánico despierta los instintos más oscuros del ser humano. De ahí que me impactara ver cómo había quienes superaban el egoísmo. Muchos dieron la vida por ingresar de nuevo al boliche y rescatar a los demás.”

La mezcla de corrupción, aire venenoso y desbande resultó mortal. Como explica Romero Silva, “si uno se pone a investigar los estudios internacionales, comprueba que durante los incendios las víctimas directas del fuego suelen mantenerse por debajo del cinco por ciento. Lo más tremendo son los factores que se desatan paralelamente”. ¿Cambió algo desde la tragedia? “En las semanas que siguieron, nos vimos obligados a trabajar en triple turno. Todos querían tener su extintor. A los pocos meses, la actitud general se relajó de nuevo”, recapitula. El entrevistado destila enojo contra los “empresarios” marca Chabán y contra la negligencia colectiva: “La mayoría de la gente no sabe ni siquiera cómo se usa un matafuegos. Siempre doy cursos en las empresas sobre cómo utilizarlos o sobre los métodos para conseguir una evacuación sin lastimarse. No les interesa. La gente se va y hablo prácticamente solo”.

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Rulo sigue: “Tenía la mente en blanco. Mi compañera iba adelante mío, intentando caminar y ahogándose en medio de la gente. Ahí hay toda una parte que se me borra y después viene la otra que me acuerdo, la peor: estábamos, ponezle, a 10 metros de la salida, pero no se avanzaba (…) Ahí es cuando nos caemos al piso. Yo resistí arriba de mi compañera, cubriéndola, y le susurraba ‘tranquila, ya salimos, ya se apagó el fuego, ya está’. Le comentaba eso, pero no me podía mover. Hasta que le dije ‘dale, salí vos’, porque yo estaba haciendo como un puente con los codos, para no aplastarla a ella, pero ya tenía demasiada gente arriba y no aguantaba más. Pensé que me quedaba ahí”.

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Según el fallo que un tribunal ético integrado por destacadas figuras difundió el domingo pasado, en Cromañón no hubo un “accidente” sino una masacre en la que tuvieron responsabilidad funcionarios –con Aníbal Ibarra a la cabeza–, empresarios y los músicos de Callejeros. Se acusa asimismo, y no por capricho, a la policía, los bomberos y el SAME, aun cuando también es cierto que en estas instituciones hay muchos que dieron lo mejor de sí. La doctora Matilde Fernández, por ejemplo, estaba de guardia en el Hospital Santojanni en el momento en que recibió el llamado “para todas las ambulancias”. Cuando llegó al lugar del hecho, se dio cuenta de que estaba frente a algo fuera de lo común. “Me iban dejando pacientes en el piso y yo trataba de hacerles reanimación. A veces se me amontonaban dos o tres y no me quedaba otra que elegir al que pareciera tener más chances de supervivencia. Estábamos sobrepasados. Cuando metíamos a algunos en un vehículo, no conseguíamos cerrar la puerta porque otros querían llenar el espacio de prepo, cargando a más muchachos.”

Ya con el sol bien alto, Matilde intentó ordenar sus pensamientos. Se le había grabado la expresión de un papá que buscaba a su hija. Y estaba conmovida, pero el llanto no salía. Tres meses después, mandó una carta de lectores a un diario: “Aquí me encuentro recién hoy, llenándoseme los ojos de lágrimas (…). Recuerdo el nombre de un padre desesperado (…). Se presentó como el señor Haber. Ojalá haya tenido buenas noticias (…). Sepan que hice lo máximo que pude. La impotencia fue grande y sólo podía ayudar a unos pocos…”

Un haz de ternura debe haber atravesado los ojos de Fernando al leer esas líneas, porque inmediatamente redactó la carta que completaba la historia. “Ese padre era yo –puso–. Luego de más de tres horas de espera en infructuosa búsqueda (…) caí en el asfalto cercano a plaza Once, casi desfallecido, donde esa médica del SAME –hasta ayer anónima– me dio palabras de aliento y esperanza.” Haber encontró a su hija viva en el Hospital Argerich. Otros no tuvieron la misma suerte.

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Rulo: “Con tres o cuatro arriba mío, no me podía incorporar. Entonces me mentalicé y me dije ‘de a poquito andá poniéndote en cuclillas, porque si no, no salís’. Y así fue. Era imposible levantarme de una, fui buscando los huequitos que me permitieran moverme. Entonces empecé a caminar hacia la salida. La veía todo el tiempo y me enervaba que la gente que tenía adelante no avanzara. Eso lo tengo grabado, porque creí que los patovicas nos estaban tapando el escape”.

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Pablo Blanco perdió a su hijo Lautaro. Mailín, la hermana, sobrevivió. “Se me mezclaron las emociones. Más tarde me enojé con todos. Se lo fui a contar a un sacerdote: ‘Padre, le agarré bronca a Dios’. Y el cura me sorprendió al contestarme que yo tenía razones para haberme enojado. Junto a él y a mi familia fui recobrando la fe paso a paso.” Como tantos en su situación, Pablo está convencido de que su deber es remarla y erradicar las coimas y transas que acabaron con “Lauti”. “Me sigue gustando Callejeros. Ya no es lo mismo, obvio. Para mí su música tiene una connotación muy particular. Por lo demás, han sido cinco años de vincularme con Lautaro desde otro lugar. Si uno deja que el dolor impida la comunicación, está sonado.”

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Tampoco Mauro Fernández dejó que los golpes lo inmovilizaran. Lo sacaron de las llamas y le dieron oxígeno, y no obstante llegó al hospital con paro cardiorrespiratorio e indicios de muerte cerebral. Entonces tenía quince años. A los veinte, conversa con Página/12 y repasa su experiencia sin que se le noten secuelas: “Me habían dejado entre los muertos y vaya a saber por qué el doctor Oscar Merbilah decidió ocuparse de mí. Me han quedado memorias raras de ese rato en que ‘no estuve’: retengo un paisaje paradisíaco y gente buena onda que me ofrecía hacer lo que quisiera. Cualquier cosa, menos volver a mi casa. Supongo que fue un sueño”.

Contra lo que podría sospecharse, Mauro tiene posturas muy claras: “A nosotros nos mataron la ausencia estatal, la impunidad y la falta de participación ciudadana. Los jóvenes, especialmente los de clase baja, somos víctimas de esos mecanismos de exterminio ‘políticamente correctos’”, diagnostica. En mayo pasado le tocó pasar por otra prueba. Soledad Bargna, su novia durante dos años, fue asesinada por un violador que gozaba de salidas transitorias. “Estamos aprendiendo que exigir justicia no basta –analiza–. Tenemos que construirla. Así que los que queríamos a Sole hemos iniciado una organización que se denomina así, ‘Construyendo Justicia’ (construyendojusticia.com). No queremos que casos como el de ella se repitan”.

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Rulo: “Afuera las sirenas, los cuerpos tirados. Buscaba a mi compañera y no la encontraba. Me la había confundido con una que se llevaban en la ambulancia. Corrí hasta ahí, pero no era. Recorrí la cuadra dos veces. Me sentía muy culpable de haberla llevado. Después fui a la esquina en la que habíamos acordado encontrarnos si por cualquier cosa nos separábamos. Tampoco estaba”.

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“A esa edad, nadie está preparado para morir”, define Ernesto Alonso. Ha visto cuarenta y siete veranos, pero cuando andaba por los veinte le tocó ir a la guerra. Dos décadas median entre Malvinas y Cromañón y el país sigue mandando a sus chicos al muere. “Fueron circunstancias muy distintas. A pesar de eso, siento que se hace una asociación inmediata. Tal vez tenga que ver con que ni siquiera con instituciones de la democracia nos hemos hecho cargo colectivamente de cómo exponemos a los más vulnerables. El sistema, en definitiva, sigue generando exclusión.”

El número de suicidios entre los ex combatientes ya superó al de los caídos en el archipiélago durante el conflicto. “En ese sentido, creo que se dio un paso adelante al comprender que los pibes de Cromañón iban a precisar un marco psicológico y médico. Más allá de los errores que pueda haber habido, sin duda es un avance. Es más, creo que aquellos que llegaron a interpretar mínimamente lo que estaban sintiendo los sobrevivientes del incendio empezaron a reconsiderar lo que habíamos sufrido nosotros, que fuimos ocultados sin que nadie se hiciera cargo de nada.”

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Rulo: “Fui a un locutorio. Yo había perdido los pantalones, estaba en slip y sangraba y el hijo de puta del locutorio quería que le pague por adelantado, pero yo no tenía un peso. La gente se agolpaba para hablar pero el tipo tenía la reja cerrada y pedía que le pagaran antes. No aguanté más, necesitaba hablar con mi compañera y le abrí la reja a la fuerza. Al verme adentro, el chabón –todo cagado– solamente atinó a decirme ‘cabina 1’”.

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“Exactamente. Apenas vi que se estaba armando quilombo cerré todo”, se oye detrás del mostrador. La voz tiene un dejo de auténtico, monstruoso orgullo. El locutorio está sobre Rivadavia y el dueño no tiene pudor en aceptar que notó “un clima raro” y bajó la persiana. “Es que tuve miedo por los saqueos, ¿viste? Esto es Once, de repente está todo bien y de repente está todo mal”, se explaya, didáctico. La próxima novedad que notarán los vecinos será, probablemente, la reapertura de la calle Mitre, que fue cerrada por los familiares. Desde la administración Macri han prometido que la estética del sector va a dar testimonio de lo sucedido. Eso sí: nada convencerá a los que opinan como el Hombre de los Teléfonos acerca de la necesidad de reemplazar paranoia por inteligencia. Ese camino sigue clausurado.

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Rulo: “La llamé, me atendió su voz y me alivié mucho. Le pregunté por el hermano, me dijo que estaba bien, que él había vuelto a sacar gente. Al rato nos encontramos, nos abrazamos y lloramos”.

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Un día después de la desgracia, en la localidad india de Dharamsala, el monje budista Sen Po (nombre que significa, literalmente, “la esencia del hombre de la montaña”) leía azorado un recuadrito en el Times of India. “Hacía meses que estaba peregrinando, y de repente encontré esa noticia triste de mi tierra natal”, cuenta. Joaquín Miyazono, como lo conocen muchos en Buenos Aires, no había terminado de absorber el impacto que le había causado el tsunami de Asia –que en esa misma semana se había llevado más de doscientas mil vidas– cuando le cayó el otro balde de agua fría. “Capté como pocas veces que el dolor del mundo no tiene fronteras”, señala. Y sintetiza: “No es que yo haya tenido ese sentimiento porque soy monje zen. Somos humanos, tenemos la capacidad de sentir el dolor de los demás porque estamos relacionados. Que yo esté diciendo esto y alguien se ponga a leerlo tiene que ver con que aquellas víctimas siguen estando presentes. Depende de nosotros interpretar el porqué”.

* El autor agradece a Ignacio “Rulo” Smith y a Indymedia Argentina por sus aportes en esta nota. El texto fue publicado el domingo pasado en Página12.

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