Al heladero de mi barrio

bunnyHablaba poco. En las siestas de Mendoza lo veías pedalear en cámara lenta y como por un túnel invisible. Elegía calles tranquilas, que –me acuerdo- en aquella época y a esa hora eran las más. Como otros heladeros, tocaba un silbato raro que sube y baja, y que vaya a saber en qué lugar secreto consiguen quienes todavía eligen dedicarse al oficio.

Te avivabas de que era diferente. Primero porque ya entonces, a mediados de los ochenta, era muy muy viejo. Segundo, porque en vez de la caja de telgopor y el póster colorinche al frente, él llevaba una conservadora metálica que tapaba con un mantelito cuadriculado. Sombrero de esterilla, arrugas y pedaleo. Cuando lo escuchábamos, se cortaba nuestra fascinación por “Créase o no” o las pelis de cowboys y salíamos a comprarle. Jack Palance quedaba solo en la pantalla blanco y negro.

Él nos hablaba lo mínimo. Nos ofrecía tres sabores: yo le pedía chocolate o frutilla. Mi hermana, menta. “No hay menta”, le explicaba el hombre mirando al suelo, como avergonzado. “Entonces vainilla”, concedía ella, y ahí sí. Gabriel, mi primo, lo hacía engranar: primero le pedía un gusto; y cuando la cuchara estaba a punto de posarse en el cucurucho, cambiaba de opinión. Así dos o tres veces. Al fin el pobre nos cobraba y se alejaba sin decir palabra, parco y tal vez refunfuñando. Suponíamos que nos odiaba: la cadena moviéndose suave y silenciosa entre las sombras que ya daban los árboles a eso de las cuatro y media. Y nosotros vuelta a la tele.

Pasaron años. Aparecieron esas publicidades que muestran minas chupando helado como si estuvieran deglutiéndose una poronga. Aprendimos palabras como “split”, “tramontana” y “pistacho”. Yo me enamoré-me separé-me mudé a Buenos Aires-me enamoré-me separé. Mi hermana hizo otro tanto. Nació mi hermano menor, que ya se afeita.

Y el primo, que parecía tan indeciso, se fue a vivir con sus padres a Italia y se quedó allá. Se rajó –ponele- en el 89, y en 2005 volvió de Europa por una semana, a visitarnos. Era verano y era hora de la siesta, especial para una cervecita sentados en el cordón. En eso, vimos que se acercaba aquella bici mansa, la conservadora, el mantelito y la cara, más antigua que nunca. Mi primo se levantó de un salto y le pidió que parara. Tener otro helado de aquéllos era como beberse un pedazo de infancia.

El freno de la bici hizo un silbido y vimos cómo las mismas manos –ahora más inseguras, casi temblando- buscaban la misma cucharita para sacar esos helados que seguían siendo de tres gustos, sin ningún tipo de marca. Nos quedamos pasmados cuando el viejo le alcanzó el cucurucho a mi primo y dijo: “hola Gabriel, ¿como estás? Hola Facundo. Hola Julieta”. No sé describir lo que sentimos. Sólo voy a contar que nos quedamos de pie, con la indecisión de quien ha visto el lado B de alguien que se acusó injustamente. Y se fue pedaleando como siempre, sin darnos tiempo a preguntar porqué se acordaba de esos ex niños que lo miraban doblar la esquina y lo saludaban levantando bobamente la mano.

No lo volví a ver.

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