Culebrón de mercado

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Latinoamérica y sus sorpresas

Cusco era la capital del Tahuantinsuyu, nombre que significa “las cuatro partes del mundo” en alusión a las provincias en que se dividía el Imperio. Fue capital de un reino que abarcaba buena parte de Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y el noroeste de la Argentina. No obstante ser una sociedad con tensiones, los incas habían encontrado un sistema solidario en el que las hambrunas y la violencia eran mucho menos frecuentes que en Europa. En ese “ombligo del cosmos” estaba el Templo del Sol y otros centros sagrados sobre los que hoy se levantan varias iglesias rebosantes de vírgenes y Cristos ensangrentados.

Hasta ahí lo que está escrito. Dicen, sin embargo, que el método más copado para palpar el latido de una ciudad es sentarse en un bar a espiar lo que pasa. En consecuencia, antes de ir a los museos me dejo caer por el mercado y pido un jugo de papaya. Hay revuelo en los puestos que exhiben pescado, carne, pociones para el sexo y electrodomésticos. En el arco de la entrada se ve a un tipo tomando un taxi y metiendo tres cabras en el asiento de atrás.

taxi

¡Pobres ovejas!

En eso, en la misma barra en la que estoy hay dos minas completamente concentradas en lo que sale por el altavoz de un teléfono celular. Una rellenita habla; y la otra –bastante delgada– calla, atenta y en silencio. Se reparten un par de lágrimas cada una.

–Oye, ¿me quieres? –consulta la más morruda. Ninguna mueve un pelo cuando una voz masculina cancherea del otro lado de la línea:

–Princesa, sabes que te amo y te adoro.

Gorda y flaca echan rayitos por los ojos. Antes de cortar, la gorda arregla para juntarse con el chabón esa misma noche. Cuando voy por la mitad del jugo, la que llama es la flaca. El celular sigue con el parlante activado, de modo que los que estamos alrededor oímos cada detalle.

–Hola amor –solloza la flaca. Está haciendo lo imposible por no derrumbarse en llanto–. Quiero que me expliques qué sientes por mí –consulta. Pobre.

–Ay, mi reina, qué preguntas me haces: te amo y te adoro –contesta la voz. ¡Es el mismo atorrante!

El concierto de alaridos termina en el momento en que la gorda toma la palabra y hace un resumen digno de Gran Hermano: “Roberto, tu mentira se terminó aquí. Vas a tener que elegir con cuál de nosotras te quedas”. No vuela una mosca. El pirata atina a pedir “un tiempo”. No le dan. “¡Decide!”, aúllan las mujeres al unísono. Mi vaso de jugo está suspendido a media altura.

“Me quedo contigo”, lanza finalmente Roberto, y no sé cómo hacen las dos rivales para entender a quién se refiere. Vencida, la flaca saca un pañuelo de su carterita y se levanta. La veo alejarse entre las carnicerías de la feria. Entonces la “ganadora” juega la carta que se había guardado: “Bueno, ya que me has elegido a mí, grábate esto: ¡no quiero verte nunca más en la vida, hijoputa!”.

Si querés leer el resto de la crónica, entrá acá.

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