Cuzco de Kamikaze. Parte 1: Bolivia.

Esta mañana abrí la puerta, colgué la recién adquirida Wiphala,  me hice unos mates y me puse a recopilar mentalmente todo lo que me pasó en este último mes. De verdad que ha sido mucho y de verdad que ha sido bueno. Así que acá les dejo algunos momentos que quiero compartir.

No conocía Bolivia ni Perú: pasar la frontera y empezar a oír que la gente hablaba quechua y aymara fue un alivio después de tanto diario pegoteo con el castellano. Ésa era la sensación: un descanso físico y mental de aquello que me rodea en Buenos Aires.

La PazY si según la cosmovisión inca el Cuzco es el ombligo del universo, La Paz debería ser el corazón. Esas casas apiladas hacia arriba. Ese griterío de los chicos anunciando adónde van los minibuses que revolotean entre la multitud. Las personas que echan a correr sin motivo aparente, y las cholas que se te ríen sin que sepas porqué. Música. Fritanga. Más cholas que se ríen. La aglomeración bombea vida y problemas. Como el continente.

Un loco me tiró un dato mortal. Resulta que los bolivianos que se las dan de caretas se tapan del sol con lo que encuentran a mano. No quieren amorocharse. De hecho, ví con mis propios ojos cómo usaban una manta, el diario o lo que fuera para salvarse de los “rayos negrizantes”. La sorpresa aumentó cuando encontré lo mismo en Perú. En fin, que en todas partes se cuecen tilingos.

Entre esa ensalada vital, los chicos bolivianos juegan al Vice City y otros programas de computadora. Internet -con su énfasis en lo multimediático- calza perfectamente con la herencia de la cultura andina. Sé que este pensamiento merecería varias salvedades; pero lo que quiero decir es que no encontré contradicción entre la proliferacion de cybers y las tradiciones locales. Hay más bien una apropiación desbocada, que me hizo acordar a esos soniditos de llavero electrónico que mete Manu Chao en sus canciones.

internetMezcla, ésa es la palabra. Una ensalada de humanos y universo, que pone en primer plano la evidencia de que somos parte de algo que nos excede.

Una vez le preguntaron a un maestro zen si la verdad podía estar en las computadoras, y el maestro respondió que el Buda es tan grande que no sólo está en las máquinas, sino en todas partes. Meditaba sobre eso mientras caminaba por las ferias interminables que, superpuestas y apretujadas, se multiplican cuadra a cuadra.

De un poncho inmóvil  salía de pronto una voz vendiéndome reproductores de mp3. O en la noche, en medio de una calle oscura, una sombra me saludaba y me preguntaba de dónde era. Estába en el terreno de la sorpresa y de lo no planificable.

-¿Adónde vas?- podía consultar el conductor de un colectivo.

-A tal lado- contestaba yo.

-Bueno, doblo acá y te dejo en la puerta.

El chabón se desviaba y me tiraba ahí donde le había dicho. El resto de los pasajeros no se sorprendía. Era parte de su modo de transportarse por esa olla bullente. Cada tanto subía alguien con mil trastos, que el grupo contribuía a acomodar de las maneras más ingeniosas.

Por encima esas sensaciones, una revelación cinéfila: la capital boliviana debe ser el lugar más parecido a la Los Ángeles distópica que retrataba Blade Runner. Era más o menos así (no lo vean todo, pero el primer tramo describe bastante bien lo que quiero decir).

La comida, ah. Es entretenida al principio y odiosa luego de varios días. A una sopa siempre le sigue el “segundo”, que suele ser un poco de carne, papas y el ubicuo arrocito. Loco, no puedo ver más un grano de arroz, me pudrí. Todo tenía arroz. Otra cosa: allá no se usa beber mientras se come. Las veces que intenté pedirme una gaseosa o algo para que no se me atrancara el morfi en la garganta, tuve que tomar el líquido tarde, cuando ya me había comido todo. Sencillamente, no está establecido que se consuman alimentos y se beba a la vez. O al menos esa fue mi impresión.

rebeccaLuego vinieron Copacabana y la Isla del Sol. Me copé fotografiando a una chica que resumía la belleza del lugar; y he aquí que, cuando quise saber dónde vivía, Rebecca -que así se llamaba la flaca- me respondió que era Suiza y que su mamá era Taiwanesa. Tomá mate.

Ahí la puse, sonriente y atardecida.

Para cuando saqué esa foto ya había conocido a Thomas, un tano re loco que se había ido a trabajar de voluntario a la cárcel de Cochabamba. Faltaba poco, además, para que se integrara Mauricio, un brazuka copadísimo que andaba solo por Bolivia y siempre quería más joda.

tano y brazukaJunto al italiano caminamos toda la isla, e incluso nos perdimos. Éste era un tano atípico: en primer lugar, venía del Bajo Tirol, por lo que hablaba alemán. Coqueaba todo el día, tomaba mate y hablaba un poco de aymara. Un limado total.

Volviendo a mí, no daba más por la altura. Parecía el escalador que tiró la pata el año pasado en el Aconcagua y se hizo famoso por el video de youtube. Al final me recuperé, e hicimos el trayecto de sur a norte. Ahí, en la población que se encuentra en el extremo septentrional, conseguimos hospedaje y después nos fuimos a comer.

Durante la cena pasó algo extraño. Había un loco que se llamaba Andrés. Checo, era. Se reía de todo lo que decíamos, especialmente de los chistes del Brasileño. Ahora bien, en un momento -a las cuatro horas- le preguntamos si comprendía algo de lo que habíamos estado conversando y contestó que “para nada”. Por supuesto, lo dijo sin dejar de soltar sus carcajadas. Créase o no, siguió hablando ¡y yo creo que lo entendíamos!

Caminaba, y no sabía que más tarde iba a tener que cruzar decenas de kilómetros a pie. He aquí una foto Baigorriana que me muestra buscando el rumbo por la zona:

caminanteTantas cosas tuve tiempo de pensar en esas caminatas silenciosas. El tano me pasaba hojitas de coca y la siesta iba deslizándose junto al camino.

Ya entonces oímos que en Bagua, Perú, el ejército había desatado una represión feroz para conseguir que los aborígenes amazónicos liberaran las rutas, tras lo cual había empezado un quilombo que dejó más de treinta muertos. Era evidente que del otro lado de la frontera el clima iba a estar caliente y las carreteras interrumpidas.

De todos modos yo trataba de alejarme del vicio periodístico. No lo logré, aunque por un tiempo conseguí negociar conmigo mismo y me dediqué a conversar con las personas que viven en el lugar y retratar sus tareas cotidianas.

No saben: los niñós de la isla sonríen todo el tiempo. Son alegres y cantores, y en sus expresiones encontré magias que andaba necesitando.

Les podía hacer preguntas que no me respondí cuando era chico. Y eso vale oro.Las reinas de la isla

Sí, ya sé que suena cursi. ¿Pero dónde va a parar esa mirada cuándo crecemos?

niñaDías después, por otro camino,  encontré una escuela. Uno de los maestros estaba enseñando un verso que hablaba en contra de la pobreza. Hasta ahí todo más o menos previsible. Pero miren cómo era el aula:

maestroEn fin. Salí de Bolivia con ganas de seguir viajando para toda la eternidad. Antes de cruzar la frontera, un último dato me dejó helado, sobretodo porque alguna vez me interesé por el hip hop boliviano: había muerto Abraham Bojórquez, gran figura del rap altiplánico.

En mi cabeza empezó a cobrar forma el sueño de pasar el solsticio de invierno, es decir, el momento en que el sol empieza a volver hacia nosotros, en el Macchu Pichu. Claro que estaba el tema de los cortes de ruta. ¿Lo lograría?

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LIBROS:

-"Cuadernos de un aprendiz de boxeador", Loïc Wacquant.
-"Yo y tu", Martín Buber.
-"Cuentos Orientales", Marguerite Yourcenar

DISCOS:

-Me agarró un zumbido en la oreja y tengo que ir al otorrino.

PELIS:

-"El amigo americano", de Wim Wenders, con Dennis Hopper y Bruno Ganz (1977)

-"El desafío de las águilas", de Brian G. Hutton (1968).


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