Las barricadas

dubois

La historia la leí en algún lado, y no me acuerdo dónde. Resulta que hay un chico y una chica en un bar. Se quieren y se llevan bien. De pronto, ven pasar una manifestación y la chica acota: “uff, qué plomos, habría que sacarlos a palazos”. El flaco, sorprendido, se pone a pensar que si corrieran tiempos de sangre y revolución la piba estaría en el lado opuesto a su barricada. Entonces llega el silencio.

Cuánto he pensado en esa situación. Porque ¿qué pasaría si de buenas a primeras decidieras simplificar tu vida de esa forma? ¿Cuántos quedarían cerca tuyo? No estoy hablando solamente de parejas, sino de amigos, compañeros de trabajo, incluso familiares.

E inversamente, habría desconocidos que en la circunstancia adecuada se convertirían en tu entorno de acero, en ésos por quienes darías la vida sin pestañear. Pasa en las guerras, en las que grupos de hombres van a la muerte porque han desarrollado afecto hacia sus camaradas, más que el tan mentado “Amor a  la Patria”.

El “Amor a la Patria” -me dijo una vez un ex combatiente- se te va después de ver al primer amigo muriéndose con los intestinos en la mano.

Llevando las cosas a un plano más fantasioso, incluso se podría pensar en los compadres muertos que nos gustaría tener por acá el día que la cosa se pudra. Mi escuadrón tendría varios: probablemente el Che, Evita, Richard Burton, Evo Morales, Fidel, Bakunin. Nadie se le plantaría durante mucho tiempo a ese equipito.

Hay otro integrante, sin embargo, que me gustaría tener en la trinchera. Seguramente muchos de ustedes no lo van a conocer, porque ya es un fiambre y además siempre jugó en el fútbol del ascenso, donde no hay espónsors ni tele que difundan los actos de valor que se concretan cada fin de semana.

El personaje al que me refiero es “el loco”  Darío Dubois, aquel el ex zaguero central de Chicago, Yupanqui, Lugano, Laferrère y Victoriano Arenas que salía con la cara pintada tipo Kiss y dejaba todo en la cancha. Conocí su leyenda de oídas, haciendo una nota de fútbol barrial en la que lentamente se fueron colando sus aventuras, a partir de los relatos de futbolistas que -al igual que él- venían de barrios obreros, se morfaban hasta el último fideo que les diera el club antes de jugar y muchas veces tenían que regresar a sus casas colándose en el tren, para descansar lo que se pudiera porque la entrada a la fábrica era a las siete y media de la matina.

Investigando un poco más, encontré una entrevista que le hicieron en Olé en la que “el loco” confesaba episodios como éste:

“Una vez, jugando para Midland, enfrentábamos a Excursionistas en el Bajo Belgrano. En la segunda falta que hago el árbitro Juan Carlos Moreno me saca la segunda amarilla y cuando me saca la roja se la caen 500 pesos del bolsillo. Me zambullí al suelo, agarré la guita y me fui corriendo. Me seguían todos: el árbitro, los jugadores, cuerpo técnico, se armó un quilombo que ni te cuento. Adentro de la manga, rodeado, le dije al juez: ‘Este es el premio que vos me sacas por echarme, hijo de puta’. Al final se lo terminé devolviendo porque sino me daban veinte fechas”.

Yo quiero a ese chabón de mi lado aunque lo hayan matado a tiros el año pasado, cuando sólo tenía treinta y siete y una rotura de ligamentos lo había obligado a dejar el fútbol para dedicarse a poner música en un boliche.

Las barricadas, a veces, son espirituales.

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2 Responses to “Las barricadas”


  1. 1 santiago junio 4, 2009 en 1:20 am

    Me parece cursi el concepto “cursi”. Todos saben que decir “rojo” en vez de “colorado” marca cierta pertenencia estilística. Tambièn es sabido que decir “hermoso” es ser casi un irrecuperable si vivís en Palermo.
    Me parece que no hay valientes. y el concepto cursilería es el refugio de muchos seres impersonales que incorporan xenofobia a las relaciones entre palabras.
    hay rosa rosa que maravillosa!! diría Sandro. y me gusta.
    ahora sí. díganme cursi, cursis.

  2. 2 santiago junio 4, 2009 en 1:31 am

    La historia de la pareja te la conté yo. Por ahí la leíste en Baudelaire, y ambas cosas también. Se llama “ojos como platos”.
    y claro, coincido con vos en las barricadas espirituales, porque las otras, que se construyen, son destructibles.


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