Cambio de escenario (publicado hoy en P12)

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La sensación se parece a abrir un baúl y que de adentro salgan cien mariposas de colores. Así de vibrante es la escena de solistas que viene asomando desde mediados de la década. Lo que los une, más que una estética compartida, es la apuesta por una senda personal que eluda los tentáculos de la industria. Convocan vía Internet y muchas veces tocan en casas, cobrando entradas accesibles, sin los amontonamientos que prescribe el interés económico de los dueños de los bares. Y la gente se sienta en los almohadones del piso, a hacer lo que ciertos ámbitos rockeros ya no permiten: escuchar música nueva. Los recitales han empezado a llenarse y eso –junto a la solidez de sus discos artesanales– está indicando que sí, que finalmente éste puede ser el gran año para los cantautores del under.

Ezequiel Borra ya se ha ido de gira por Japón con Juana Molina y Ale Franov; y no afloja en sus búsquedas puntillosas. A los nueve empezó a estudiar canto y después guitarra. Su papá trabajaba como profesor de tenis desde temprano, de modo que lo cargaba en el auto y el nene amanecía siempre ahí adentro, con la sola compañía del pasacasette y las cintas de Serrat, los Beatles y Alberto Cortez. “Me copé con lo testimonial. Tenía diez años y componía estribillos tipo ‘qué mal que va el país’”, bromea él, café de por medio. Hoy sus criaturas estiran hasta lo inesperado los contornos del formato canción, con referencias sufíes y la colaboración frecuente del sonido de la lluvia. “Una vuelta me prestaron Pelusón of Milk y Artaud, de Spinetta, y empecé a cambiar –se transporta–. Mis temas se volvieron fantasiosos. Mucho imaginar y tocar recluido en mi habitación. Tengo cuarenta cintas viejas que hice probando experimentos en mi antiguo portaestudio.” La posibilidad de editar en la computadora potenció a toda su generación. “Me puse con la compu, grabando adentro de un placard que tenía muy buena acústica. Y así bauticé al disco, El placard.”

Desde entonces, Borra no paró de grabar. “Entre 2005 y 2007 presenté esa primera placa, y continuó en ‘estado de composición permanente’. De hecho tengo dos discos más a punto de editarse”, adelanta. El cantautor típico dispone de pocos recursos y tiene que ocuparse de todo, así que el mérito es doble. “El hecho de no contar con infraestructura te complica por un lado, pero por otro te deja concentrarte sin apuros”, reconoce el artista.

Viernes a la noche. La casa queda en una calle poco transitada, pero tal como lo anticipaba la lista de confirmados de Facebook –que acusaba más de trescientos interesados en ir– el living se va llenando. El paisaje es hijo de las complicaciones que surgieron para tocar luego del desastre de Cromañón: en lugar del boliche y los carteles por la calle, se impone “lo de un amigo” o salas pequeñas, con sets acústicos y promoción por las redes sociales. El arte, en definitiva, va buscando sus caminos. El cronista entra haciéndose el ducho, aunque sospecha que debe estar atento a los códigos so pena de terminar como Peter Sellers en La Fiesta Inolvidable. No es tan complicado: las pilchas son sencillas, circulan las birras y las pizzas vegetarianas; y Juanito el Cantor –“alter ego, amigo imaginario, memoria y futuro de Juani Serrano”, como puntualizan los que lo siguen– se sienta en un taburete. Sólo, con su pelo largo, su barba y su guitarra criolla: “si quieren, hagan silencio”, propone. La mitad de la asistencia no lo conoce, y, sin embargo, no vuela una mosca entre los temazos que empieza a pelar. Más de uno, incluso, se decide a comprar su disco 12 canciones de amor y una botella de vino, una serie de sonoridades que se asemejan a dibujos de niño, con historias mínimas y una interpretación que, de ser pintura, se acercaría a las pinceladas de Paul Klee.

Más cerca de la medianoche toma la posta Lucio Mantel, que hace lo propio sin saber que pocos días más tarde conversará con Página/12 sobre la velada. Mantel tiende otro de los puentes posibles para mapear el universo en el que circulan él y varios de sus colegas, porque asegura estar feliz de haberse librado –al menos por un rato– de las convenciones del rock: “yo hice música siempre, aunque no siempre toqué mi música”, confiesa una semana después del concierto con Juanito. “Estuve en una banda rockera seis años, y lo que hago ahora ya no es rock. No sé qué es. Antes se precisaba el volumen porque se quería golpear algo. Hoy el volumen se usa para ensordecernos. Por eso en un contexto donde todo es invasivo, hay una importancia en acercarse al silencio”, agrega.

Nictógrafo, su primer álbum, requirió un año de elaboración. El título viene de una máquina que había inventado Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, para poder escribir de madrugada sin encender las luces. Por lo demás, la oscuridad quedó sólo en el nombre. Las doce pistas se convirtieron rápidamente en recomendación del mes en el Club del Disco, y los melindres armónicos de composiciones como “Zamba desnuda” –cinco minutos arrolladores, que encima ganan con la voz de Mariana Baraj– empezaron a posarse de boca en boca y aún no se detienen.

Lucio asiente y agranda los ojos de manera característica si algo lo entusiasma. Cuando le mencionan la insistencia con la que la gente ha empezado a corear “Nadie en el espejo”, hace el gesto. Asiente, y agranda los ojos: “tocar en vivo, donde los otros están cerca, me hizo entender mejor esa canción. Fijate que ese tema a mí no me gustaba, y me percaté de que los que estaban enfrente mío descubrían lo que yo no había detectado”. El sentido comunal de los encuentros se percibe en el rigor con que el público atiende a los indies. “Es buenísimo, porque uno termina de investigar lo que compone mediante la reacción de los demás”, remata Mantel.

Por supuesto que ni Lucio, ni Borra ni Juanito agotan el abanico de opciones. Por otra parte, es verdad que el veloz ascenso de Lisandro Aristimuño funciona como termómetro perfecto de lo que está pasando por los subsuelos. Pero de ningún modo marca una línea única. Están los que no se han alejado del rock y los que sí –la mayoría–; están los interesados en la electrónica, la chanson française, el pop. Eso sí: dos de cada tres suspiran de admiración cuando se les menciona a uruguayos como Eduardo Mateo o El Príncipe. Además, hay un generalizado redescubrimiento del folklore, tierra fértil para sembrar melodías. Con semejante fórmula, no es raro que se produzcan momentos interesantes; y Lula Bauer –¿la fotógrafa oficial de los neocancionistas?– no se cansa de retratar a las figuras con la exaltación de quien intuye que lo mejor está por venir.

Sea lo que fuere que venga, va a ser inclasificable. Los mismos creadores no entran ni quieren entrar en ninguna categoría aséptica: Gaby la Malfa, por ejemplo, canta desde que era chica, integró coros, pasó por su etapa lírica y fundó bandas de improvisación colectiva. En la época de la dictadura debió huir a Brasil y, en consecuencia, los cuatro de Liverpool y María Elena Walsh se le mezclaron con Elis Regina. Recién a los treinta se decidió a dar más espacio a sus composiciones y hoy curte un tejido de melodías cantables, mantras lúdicos y –al igual que Juanito– cierta fascinación por la libertad estética de la infancia. La sencillez difícil de lograr, la tranquilidad y la calidez atraviesan sus trabajos vocales. “Para mí –cuenta– el nacimiento de una canción no es fácil. Salen cada tanto. Cada vez que hago una, siento que se está gestando un mundito.” Gaby admite que es otra obse. Para editar Solaz estuvo tres años, alternando exploraciones vocales con ideas gráficas que acompañaran a ese CD inaugural.

Chitrili llega a la entrevista y lo primero que hace es caerse de la silla. “Con esa entrada, te compraste el bar”, lo gastan desde una mesa. Flaquísimo y barbudo, pega más con cualquier postal selvática que con la porteñidad gris que marzo desparrama. Pero su despiste es, en realidad, la capa superficial de un andariego que arrancó con la percusión, no se amilanó ante la guitarra y consiguió un estudio de lujo para grabar la colección de canciones que inventó luego de haber viajado hasta México volviendo por tierra, en una travesía que duró dos años. “A los 12 –recapitula él, mientras se levanta– empecé a pegarles a los almohadones con unas varillas de skate, y mi mamá reaccionó ofreciéndose a pagarme unas clases de batería. De ahí en adelante fui integrando bandas de punk, rock, funk, reggae, etcétera. Después de que llegué, Tomas Jacobi y Nicolas Barry, unos amigos que viven en Los Angeles, me preguntaron si quería ir a grabar allá y me fui de una, con el cajón peruano y un par de jeans.”

Portin the Guduan, el resultado de aquellas sesiones, viene a ser una traducción spanglish de “Llevando de la buena”. Contiene joyitas en sintonía con el adivinable planteo de la frase, que remite a la comunión con la naturaleza (entre otras cosas). “Los que participaron no intercambiaron dinero ni intereses, sino onda”, resalta Chitrili. Basta escuchar “Canción del duende” para intuir que el músico –que también es baterista de la banda Elbou– apela a un criterio a la vez potente y exquisito, con ritmos y métricas que merecerían un premio a la originalidad: “había una vez un duende que se sentaba/sobre la copa de un alto árbol medio viejo/a mirar cómo el atardecer caía en llamas/ y a escuchar/la música que hacen las aves/ que habitan el lugar”. Otra que viaje a México.

A esta altura zumban incógnitas ineludibles: ¿existe un vínculo posible entre tanta diversidad? Por lo que ellos perciben, hay una comunión en el hecho de compartir salas modestas, climas íntimos y una situación económica bastante ajustada. “En otros aspectos no somos similares. Vas a encontrar más parecidos en la industria”, repiten. “Creo que a fines en 2008, cuando luego de que un compañero sufriera un robo organizamos un toque para que pudiera reponer sus equipos, se confirmó que ‘podemos reunirnos si hace falta’, como escribió Pablo Dacal. O sea que estamos juntos en la diferencia”, clarifica Borra. Mantel coincide, y enfatiza que lo compartido es “la necesidad de transmitir lo que llevamos dentro a través del género canción, que le da libertad total a la identidad”.

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Fotos: Lula Bauer.

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