Donde crecí

I

No había teléfono, ni Internet, ni gas natural ni cloacas. A cien metros tenía una caballeriza y en dirección contraria el Campo Papa, una de las villas más grandes de Mendoza. Para navidad, la gente cargaba cajones enteros de birra, y en el quiosco te encontrabas paisanos con el facón al cinto.

También me decían “el hijo de la maestra”, aunque en honor a la verdad, creo que en una zona punga eso pone una distancia difícil de romper.

Y había mormones. Montones de mormones que los viernes repetían “¿quiere bautizar este sábato?”. O mostrando su biblia de John Smith: “¿no cree que este libo es verarero?”.

Sólo llegaba el colectivo 41. Si un viernes a la noche estabas con toda la pinta y se te pasaba el último, tenías que suspender la movida. Claro que no podías avisar que habías quedado varado…¡por lo de la ausencia de teléfonos!

Al principio, los que chivateábamos por la zona éramos todos niños. Integrábamos una bandita con una camada de pibes más grandes, y un nenito que cuando arrancamos tenía sólo cuatro años. Nos seguía permanentemente. Pasábamos el día juntos. Hasta que un Mundial después, los dos más crecidos del grupo aprendieron a fumar. A la semana se violaron al chiquitín, escondidos atrás de una montaña de tierra.

Ahora están en la cárcel, los conchudos forros hijos de puta. Voy a odiarlos toda la vida.

II

A fines de los noventa, se afincó en mi esquina “la mafia del Yegua”, un chabón que nos despertaba todas las noches con sus tiroteos. Me afanaron dos veces entrando a mi casa. Le dispararon a mi perra. Eso sí: cuidaban que no le pasara nada a mi hermana, tenían código. Me invitaron a casamientos en los que diez o veinte mesones se acomodaban sobre el patio de tierra, con cinco cajitas de vino en cada uno; y se bailaban valses criollos que también dejaban espacio para que arrancaran los viejos y las viejas.

Pasé una década ahí, de los nueve a los diecinueve (que fue cuando me vine a Buenos Aires). Era una contradicción total, porque al mismo tiempo yo iba a un colegio supuestamente “público”, de ésos que financian los pobres pero aprovechan los ricos; donde se rinde para entrar y se sale convencido de que se tiene onda. Un terrible murallón invisible entre mis dos espacios cotidianos.

¿Si extraño? Umm. Cuando me cansan los códigos de la Capital, se me da por volver a mi calle menduca, que el intendente quiso llamar “Anillaco” y todos los que vivíamos ahí renombramos -con pinceles y pintura propia- “Buenos Vecinos”. Me agarra una cosa acá, como a Panigazzi. No es placentero, ni siento pertenencia. Me pregunto dónde estará al final mi verdadera casa. Y no me sale ninguna respuesta.

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