Un colega Smithers-Maradoniano

sssmithersEse día había publicado una nota sobre música cuyana. Mientras almorzaba, recibí un llamado elogioso de un colega.

Sospechosamente elogioso, yo diría.

–Che, muy bueno lo tuyo, la verdad me clarificó un montón– repetía él con su impostación característica, sin que yo supiera bien a qué se debía tanta chupada de media y exageración. Como creo en responder al afecto, agradecí y charlé un rato, no sin antes olfatear un poco por dónde iba a venir el mangazo. Y no vino, che. Vino algo peor.

Seguimos discurriendo tranquilamente, hasta que ya no dio para pelotudear más y el pusilánime cortó.

Una semana después, llegué al diario y me paró una compañera:

–Che, la otra vez estaban hablando de vos en Radio Nacional–.

Por múltiples razones, junté las cejas. El horario y el programa al que se refería  la mina coincidía con el que ocupa el pelotudo en cuestión.

–“Sí, le estaba vanagloriándose de que habías hecho una nota de música cuyana con datos que te había dado él–

–¡Pero si era una entrevista!– respondí, indignado.

Poco a poco me cayó la ficha. El caballerito había tratado de defender su quinta  “cuyana” porque es una de sus especialidades. Entonces si uno se interesaba por lo mismo -aunque no trabajara en el mismo medio-, su reflejo Smithers era gritar “¡no, señor Burns, debe ser un error en el sistema, si se ocupó de esto es porque yo lo inspiré!”.

(Nota: esto del “Reflejo Smithers” en los medios es para pensarlo más a fondo. Muchos de los periodistas que llegan hoy a publicar han pasado por un larguísimo período de torturas psicológicas que empezó en el jardín, siguió en el colegio y la facultad y llegó a su punto álgido en el momento de insertarse en el gremio. Resultado: autocensura y julepe. No obstante, ése es otro asunto que no da abordar en un post cortito.)

Igual volvamos a lo nuestro. He aquí que, según las especificaciones de mi amiga, el furcio radiofónico coincidía exactamente con la fecha en que el bolastristes me había llamado por teléfono. Más: había sido minutos antes de nuestra conversación tan llena de chupamedismos ¿Porqué habrá querido hablarme? ¿A qué le habrá tenido miedo?

Misterio. Misterio.  El mundo, amigos, está lleno de cagones y genuflexos de esta laya. No voy a dar el nombre de este infeliz por una cuestión de códigos. Si me lo cruzo, eso sí, se va a ligar una piña.

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