Fiestas

personal-iconoEs nochebuena y lo poco que queda de mi espíritu cristiano consigue levantarme de la siesta. Voy para los chinos a ver que se puede hacer de cenar. El carnicero hace rato que se rajó, entonces busco unas salchichas especiales que están bárbaras para hacer unos panchos special, a tono con la ocasión. Tampoco.

Terminan siendo unos ravioles con tuco. Claro que en ese momento los ravioles y el tuco están en sus cajitas, separados, porque tengo que garparlos. Cual jugador de ajedrez con carrito de metal, me ubico donde está la china más joven, a ver si me inspiro con una guarangada sutil, o si ella me guiña sigilosamente el ojo rasgado, o algo. Pero la China es una muralla y no me tira ni medio “felicidades”.

No importa. Al final siempre fui un optimista, sino me habría hecho cura hace rato. Llego a casa, veo una película. Las once menos cuarto. No sé bien qué hacer. Mejor dicho: no sé bien qué tengo ganas de hacer.

Se supone que las fiestas sirven para juntarse y hablar de lo que hiciste en el año. En caso de que uno esté partido en varios pedazos, es una oportunidad para jugar al cubo de colores con la propia personalidad y ver qué se puede ordenar de acuerdo a cada color. Sin embargo a las once lo único que consigo juntar son los ravioles con la salsa.  Organizo una precipitación de queso rayado sobre el mar rojo del tomate. Queda joya.

Enciendo la radio mientras extiendo la antena. Doy un par de pasos de baile solitarios y boludos. Atención. Hay un programa que me parece un hallazgo. “Navidad en verano”, se llama. Dice el tipo del parlante que es la sexta edición. Obvio, hacen uno por año desde el 2002. Escucho que el conductor mantiene una especie de militancia navideña, en contra de los “barbudos gordinflones extranjeros” y a favor de un jujeño que accede a contarle al aire cómo está celebrando en Tilcara.

¿Cuánta gente estará escuchando esta radio ahora?, me consulto mientras se acerca la medianoche y me paso el jabón por las bolas, bajo la ducha. Imagino que poca. Inmediatamente me pongo más preciso: ¿cuántos estarán escuchando esta radio mientras se pasan un jabón azul marca rexona por las bolas? Menos todavía.

Ah, me siento único.

Igual no me queda mucho tiempo para disfrutar. Apenas salgo envuelto en el toallón, suenan los petardos de las doce. Pum pin trititi fiuzzzz. Justo enfrente de mi balcón se ha mudado una tribu de diseñadores de ropa brasileños. Los miro. Están como locos. Las pibas bailan con una copa de sidra en la mano. Los brazucas van tamizando la luz por si la cosa se pone quenchi. En una de ésas ellos también se asoman y miran para mi lado. Yo estoy de pie en mitad de la habitación, a las doce y cinco, con una toalla blanca en la cintura y todas las luces prendidas; curioseando  como si fuera el capitán de un barco invisible.

Mis vecinos se ríen cuando reacciono y salto con disimulo afectado a apagar las luces. (Un bajón andar mostrando tanta panza.) Claro que ahora resta encontrar un calzoncillo limpio. Y a oscuras. Entre sombras meto la mano en la bolsa del lavadero. Error, saco un par de medias. Percibo algo de algodón y tironeo: una camiseta. Extiendo la cabeza sigilosamente por la ventana para ver si los brazucas siguen ahí.

-¡Feliz navidad!- me grita una negra atenta, con un vaso en alto. Apuro el rastreo. Al fin encuentro el calzón y prendo el ventilador.

Siento cómo el aire me seca el agua.

Enfrente -y en la mayoría de las casas del barrio- sigue el jolgorio. Me quedo dormido, recordando cómo era esperar para abrir los regalos bajo del árbol. No sueño con eso. Bah, no sé. Cuando despierto al otro día no me acuerdo de haber soñado nada.

Salgo a caminar por Independencia mientras sale el sol. No hay un alma. Ni la mía.

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