Intensidades

marias

Siento una envidia profunda por la forma en que escribe Javier Marías. Su ritmo, su elegancia y su naturalidad me dejaron pasmado cada vez que agarré una de sus novelas.

Frente al clima chapeador, enumerador y exhibicionista que rodea a las lecturas por estos pagos, me pareció oportuno un texto que el maestro sacó a la luz hace unos días. Va un extracto:

“Cada vez entiendo mejor a los lectores de pocos libros y a los espectadores de unas cuantas películas, que los releen y las vuelven a ver una vez y otra. Es acaso la única forma de salirse de la vorágine: uno decide que su vida no da para permanentes pruebas, casi todas insatisfactorias; que prefiere centrarse en piezas que jamás se le agotan en el mientras, sino que poseen un después inacabable. Que, una vez leídas o vistas, por así decir, lo “siguen llamando”, dejan huella y tienen resonancia, y uno sabe que a cada nueva visión o relectura descubrirá matices, frases, imágenes, momentos extraordinarios en los que no había reparado antes. Uno puede escuchar infinitas veces el segundo movimiento de la “Appassionata” de Beethoven, o leer sin descanso Ricardo III, o contemplar reiteradamente algunos cuadros de Rembrandt o Caravaggio o Velázquez, o ponerse en el DVD una vez al año, sin hartazgo, Centauros del desierto o Grupo salvaje o El Gatopardo. Todas estas obras tienen ya muchos años cuando no siglos, y se me dirá que las actuales, las nuevas, difícilmente pueden aspirar a algo semejante. En efecto, siempre es pronto para vaticinar la longevidad de lo reciente, y más todavía en un mundo que ni siquiera parece dispuesto a que se dé tal cosa como la longevidad de nada (ya saben: “Otra. Otra”). Estamos cada vez más programados para admitir la existencia tan sólo mientras dura esa existencia -en el caso del arte, mientras dura nuestra visión o nuestra escucha-, para desechar la perdurabilidad y el recuerdo. Y eso acaba afectando a los propios artistas, que, tal vez sin querer, van haciendo cada vez más “productos” en lugar de obras, y aquéllos más fungibles. Como lector y espectador que soy, he aprendido a desconfiar del mientras. Aunque lea un libro en vilo o esté encantado durante la visión de una película, ya no juzgo hasta el día siguiente a haberlos terminado. Las más de las veces, lo confieso -es difícil sustraerse a la educación o a la programación de la sociedad en que uno vive-, al día siguiente no dedico ni una evocación ni un pensamiento a aquello que disfruté en el mientras, y descubro que se me ha disipado hasta su atmósfera. De tarde en tarde, en cambio, me doy cuenta de que la música, la pintura, la novela o la película me llaman aún y me rondan, que mi cabeza no es capaz de zafarse de ese mundo en el que estuve inmerso con la involuntaria previsión de salir de él al instante, en cuanto cerrase el volumen o abandonara el museo o el cine”.

El artículo completo acá.

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