Mañanas de invierno

Quien se fue de su ciudad sabe que, en realidad, no vuelve nunca. En tu nuevo lugar sos “el de afuera”, y cuando visitás -esperanzado- el rincón donde naciste, te das cuenta de que te has convertido en una pieza inadaptable al rompecabezas de la cotidianidad ajena.

Sin embargo es un gusto el regreso a Mendoza. Sin autos a la vista, doblo la esquina en una mañana de invierno de ésas para dormirse al sol. Las veredas anchísimas, como de costumbre, están veteadas por las sombritas que hacen las hojas de los árboles. Veo a mi perro Bruno -“que no me olvidó”- correr para saludarme, después de un año de ausencia. Mi vieja me espera con mates y mis hermanos con noticias.

Sonará irreal y fabulero, pero en esta provincia todavía hay boliches a los que la concurrencia asiste a caballo o en tractor, como los que quedan por Las Catitas. El tiempo promedio que se toma el quiosquero de mi barrio para atenderte ronda los dieciocho minutos. Y hoy escuché a dos señoras conversar sobre las flores que conviene plantar para que los jardines se llenen de picaflores.

La imagen que ven acá es un cuadro de mi hermana Julieta. Que tul?

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