La indiferencia

Escribió esta semana Rubén Dri que el golpe está en marcha. No esperen, claro, hombres vestidos de verde y con bigote. Durante los años ochenta, los autoritarios de América Latina descubrieron que la suba sideral de precios durante gobiernos con los que no simpatizaban podían tener el mismo efecto que el terror, o más.

Hoy hay peones de campo cortando rutas. Están siendo forreados por los jeques de la soja y sus compañeros de universidad, que saben que eso, combinado con la presión sobre las góndolas y la circulación, forma parte de una estrategia más actual que el miedo.

Y es inevitable recordar, como mendocino, los años en que viajaba permanentemente a Chile. Cosas de los noventa. Cada vez que le sacaba el tema de Salvador Allende a los adultos chilenos, ellos me decían siempre mismo. Que el país había sido un desastre, que había colas para comprar un pan negro y malo, que expropiaban campos que después “los ignorantes” dejaban improductivos. Yo los odiaba secretamente. Recordaba el discurso final de Allende y me ponía verde ante esa falta de visión política de los contras, que a veces eran incluso “buena gente” pero a la hora de los bifes se volvían irrevocablemente pinochetistas.

Me dirán que Cristina no es Allende y asentiré cien veces. Por eso otra vez esa sensación de “no saber de qué lado ponerse” que tiene los formados, de clase media, “pacíficos” y progresistas con los que por estos días puedo compartir un asado siempre que esquive el tema del campo. ¿De qué lado estoy, si es todo tan confuso? “Del lado de la paz”, me dicen. Y sin embargo, dentro de una sociedad de clases la paz no existe, se disfraza. Camine veinte cuadras en cualquier dirección y se dará cuenta de lo que hablo.

No estoy criticando a aquellos que son antibelicistas -eso me parece muy bien-. Sí a aquellos que tienen miedo a equivocarse y por eso no se juegan. A veces hay que correr riesgos en función de las convicciones, aunque no tengas completamente cerrados los razonamientos, como te enseñaron en el colegio o en la facultad. La inteligencia es mucho más que conclusiones empaquetadas.

Voy a que mañana hay una marcha a Plaza de Mayo y yo voy a ir. No me cae bien D´elía. No me gusta Moyano. No me parece que el gobierno sea de izquierda ni mucho menos. Pero voy a ir porque hay que darse cuenta de que este país funciona a partir de partidos entre Boca y River que se hacen en canchas absolutamente embarradas. No lo supieron leer muchos periodistas, escritores y pensadores de otras épocas, y como blanquitos tendremos que aprender a integrarnos de forma urgente y honesta, a riesgo de seguir siendo solamente un colgante con el signito de la paz que usen las medios cada vez que les conviene. Ojalá que alguna vez eso se acabe. De nosotros depende cambiar ese sistema de garcas y clientelismos que invade capilarmente cada ámbito. Lo que no se puede negar es que está ahí y es una de las condiciones de la realidad que queremos alterar.

Por el momento pasa, creo, como dijo Dri:

“Las luchas de clases nunca se presentan en estado puro. Las contradicciones atraviesan a los distintos bloques que continuamente se forman. Hoy hay con claridad dos bloques atravesados por multitud de contradicciones internas. El bloque de la derecha pretende, como dice la inefable Carrió, que expresa a todo el pueblo.

Con claridad hay que decirlo: En ese bloque como en el otro hay múltiples contradicciones, pero su triunfo sería el triunfo del neoliberalismo con todo lo peor de su negra historia. Las múltiples contradicciones del otro bloque, especialmente la no ruptura de la estructura neoliberal, la no recuperación de los hidrocarburos, la política minera y otras yerbas hacen que no sea fácil acompañarlo en esta lucha.

Pero no hay opciones. Si el golpe de derecha triunfa habremos retrocedido trágicamente y entonces, a todos los que se desentendieron habrá que decirles: ¡A llorar a la Iglesia!”.

No culpo a quien se quede en su casa si está convencido. Por el contrario, si se dieron cuenta de que en este rincón olvidado del planeta el peronismo es más que una posición política -es un rasgo de identidad social-, van a tener que apostar a participar. Aunque duela, haya riesgos de equivocarse y el olor a catinga que viene del conurbano voltee.

Yo puedo firmar que en esa integración se aprende mucho. El veinte de diciembre de 2001 me integré a los saqueos sin quedarme ni una sola uva. Fui a aprender. La gente desvalijaba un súper, y de pronto escuché sirenas policiales. En medio de la confusión, como en un film malo y yanqui, vi a un nene con un carro que me pedía que lo ayudara a llevar pañales para su hermana, una beba. Salimos corriendo con el changuito, corriendo a la pensión en donde vivía el pibe. (Ya sé, querido enemigo, me cuestionarás que una vez más pretenda ser un Dickens para Cacho de Burzaco, pero es mi mayor orgullo).

Okey, cuando iba a los saltos con el carrito, nos tiraron desde un tercer piso un pedazo de escombro del tamaño de un secarropas. Lo juro por mis bolas que fue así. Cayó entre el chico y yo. Nos miramos un segundo y seguimos corriendo con la desesperación combustionando en nuestras cuatro patitas. Incrédulo, miré para arriba y ví la cara de un vecino enfurecido que me gritaba “ladrón”.

Yo tenía veintiún años, y me dí cuenta de que hasta entonces a mi perspectiva le había faltado algo tan simple como ponerme a la altura de un chico de ocho o nueve años que vivía en una pensión de San Cristóbal, al que le tiraban media pared en el bocho por robar unos pañales.

También intenté integrarme a los piquetes del campo para aprender. Hace un mes estuve en Corrientes, trabajando. Conversé bastante con la gente que para camiones, y ni de lejos ví el odio que tuvo aquel cascotazo que vino desde arriba esa vez.

Ya ven, quiero seguir entendiendo. Esta semana entrevisté a un fotógrafo ciego. Cuando le pregunté al tipo porqué hacía su arte, me respondió:

“todo lo que hago, lo hago para no reprocharme nunca el haber pasado por este mundo con indiferencia”.

Con mil contradicciones haciendo un pinball con mis sentidos, le voy a dar bola.

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