Un máster perdido

Por entonces yo vivía en una pensión. Entre Ríos 263. Treinta personas en unas ocho habitaciones. Creo que todavía existe ese lugar, lo cual -como diría Borges-, basta para que este universo en el que yo escribo y vos leés pueda ser definido como algo atroz. O casi.

No sé que habrá sido del tipo, pero estoy seguro en cambio que he empezado a olvidarlo muy de a poco, como si la memoria se aferrara a él a pesar de que lo frecuento poquísimo en mis conversaciones y en mis delirios. Conocí a Piru cuando yo tenía diecinueve, en un recital que dí y que ahora no le puedo contar a nadie porque no me creen (en parte, porque nadie entiende como puedo haber dado un recital si mi talento musical se aproxima al de un caracol aplastado).

En ese recital estaba un gran paraguayo viejo y machista que conservaba el rencor y la memoria corporal de una guerra en la que le habían aniquilado el país. Se había escapado en balsa de la dictadura de Stroessner para ir a Londres y convertirse en uno de los primeros skinheads. Con ese tipo de muchachos me rodeaba cuando acababa de llegar a Buenos Aires. No saben lo que se aprendía acerca de la selva.

Lo digo a propósito, porque sé que casi nadie está enterado de que los skins no siempre fueron la caterva de fascistas que son hoy. Piru habló conmigo a pesar de que yo era un burguesito venido a menos. Recuerdo que comimos unas ham¡burguesas! frente al Congreso y me dijo que en la vida unos siempre hace las cosas en el momento indicado, es decir, cuando quiere.

Estaba regalado, el chabón. Tenía un alacrán tatuado en el cuello. Recuerdo la última vez que charlamos, tomando tetra en un cordón. Tocábamos blues en la calle, y cada tanto él recordaba a la tribu de la fábrica en la que había trabajado, allá en Inglaterra. Hablaba de sus compañeros uno por uno, asegurándome que alguna vez los skins negros habían escuchado reggae junto a los blancos. Yo mucho no le creía, aunque sabía que ese loco era un fuera de serie. En fin, me acordé de él de contrabando. Tenía algunas de las mejores canciones que escuché.

Aprovecho para recomendarles a otro fuera de serie que seguro que les revienta la cabeza porque no le importa nada y va al frente como un kamikaze poeta. Adelante, señor Banksy.

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