Una hoguera mental

Esta noche imagino otras. Quiero trasladarme a las incontables oscuridades en las que durmieron nuestros antepasados. No hablo de soñar la escena gastada de aquellos humanos bailando alrededor de la hoguera. Tampoco los quiero ver cazando.

Tengo necesidad de encontrarme con lo que surgía al llegar ese silencio que todavía percibimos cuando nos vamos al campo. El momento en el que, frente al fuego, se acaban las voces.

En el siglo XXI somos gente enterrada bajo palabras, y frente al fogón que ha logrado un crepitar protagónico sólo atinamos a pensar lugares comunes. Nos palmeamos la panza y anunciamos que vamos a dormir, o nos arrimamos buscando seducción.

Y todo eso me parece poco frente a la imagen de mis ancestros mirándose entre sí después de servirse a gusto su ración de lenguaje, ahí, frente a la llama.

En medio de mi cuarto veo las luces temblorosas. Sé que en ese momento empezaban otras conversaciones, cuyas formas nos son hoy imposibles de pensar. Podrían estar hechas de movimientos de manos. De miradas. De señas parecidas a las del truco. De erotismo.

Vueltas y vueltas en la cama, frente a brasas imaginarias. Son las dos y tengo el reloj puesto a las siete. Pienso que me quedan cuatro horas y de casualidad veo que mientras intentaba llamar al sueño pinté con una birome roja la pared blanca que hace un codo cerca de mi almohada.

Esa rayita mínima es mi miserable pintura rupestre de hoy. Una medida de mi ignorancia.

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