Heroismos

El gobierno dice que el veinticinco de mayo hay que hacer algo “histórico”.

Alguna gente de campo dice que hay que sumarse a la “utopía histórica” (sic!) de los cortes.

Siempre jugamos, de una u otra forma, a entrar en la línea de tiempo. Quedar y permanecer. Ser heroicos, por la puerta que sea. Y ¿saben de qué me acordé? De Stalingrado.

La batalla de Stalingrado es recordada como la más sangrienta de todas. Básicamente, lo que pasó fue que los nazis entraron fuerte en la Unión Soviética. Hitler quería a toda costa conquistar la ciudad que llevaba el nombre de su enemigo Josip y si podía, hacerse también con el petróleo del Cáucaso, que le garantizaba poder sostener una guerra por mucho más tiempo y salvarse de la escasez de petróleo.

Llegado un punto, el Ejército Rojo embolsó a los invasores. Se estima que eran más de quinientos mil los encerrados en la ciudad destruída. Se quedaron sin comida, sin bebida, sin medicinas y sin armas. Del otro lado del cerco, a los soviéticos les bastaba esperar que el invierno terminara de dar vuelta la balanza contra del VI Ejército Nazi.

El 13 de enero de 1943 a las 9.30 el VI Ejército le manda un telegrama a Hitler insinuando la rendición:

“La munición casi se ha acabado. Para la ayuda de las tropas completamente agotadas, no existen reservas disponibles en hombres, carros, anticarros y artillería pesada”.

Como Hitler temía que sus muchachos claudicaran, los promocionó a todos. Es decir, les subió el escalafón ¿saben porqué? Porque hasta ese momento ningún Mariscal de Campo alemán se había rendido. Habían preferido suicidarse.

De suerte que Von Paulus, el mandamás en Stalingrado, recibió la noticia de que ahora, rodeado y sin comida para sus hombres, era mariscal. “Estaba condenado a triunfar”, como podría haber dicho Duhalde. A triunfar o al suicidio.

Sin embargo, Von Paulus no se suicidó, y en ese gesto creo entrever un retazo de sensatez adquirida después de haber vivido la situación límite. Se rindió y vivió varios años en la URSS. Si aprendió algo, habrá intuído que morir y matar, en definitiva, es menos meritorio y más fácil que vivir intensamente e intentar que los demás también puedan conservar la vida.

Ya sé. Todo esto suena medio José Narosky, pero la verdad es que mientras escucho cómo las discusiones locales se siguen concentrando en boludeces, obviando el tema de la redistribución, la propiedad de la tierra y la hermandad con el resto de los latinoamericanos, no puedo dejar de pensar, como quiero creer que hizo Von Paulus, que hay que saber definir el “heroismo” al que uno se adscribe. Y adscribirse, pero reclamando, pidiendo, exigiendo, controlando, reformulando, modificando.

Pienso en los peones que en el corte comparten por primera vez el almuerzo con el patrón. Promocionaron “los negritos” a Mariscales por unos días ¿serán capaces “esos negritos” de exigir que de aquí en más se los respete como seres humanos, se los ponga en blanco y se les pague un seguro cuando se quiebran una pata?

Pienso en el Gobierno, que nos pide que vayamos a apoyarlo ¿Será capaz de dejar de comunicarse con guiños para meterse de lleno en el nuevo aire que respira el continente? ¿Tendrá los ovarios para rajar al supercuestionado De Vido de una vez y cambiarlo por una figura que le despeje un poco los nubarrones?

Está bueno sentir que uno se mete en la historia. Pero hay que saber elegir muy bien qué tipo de héroes queremos ser. La destrucción, la cerrazón en Stalingrados personales o egoístas no tiene nada de heroico y se parece más a la pelotudez o a ser un garca. Pienso también en la izquierda nacional, tan confundida.

Y pienso en mí, por supuesto.

En Stalingrado, el Ejército Rojo perdió 750.000 vidas. El italiano, 130.000 (de un ejército de 200.000). Los húngaros, 120.000. Los rumanos, 200.000. De los 500.000 civiles que había en la ciudad antes de la batalla, sólo 1500 estuvieron ahí para verla terminar. Hitler y Stalin, en cambio, vivieron bastante más. Heroismos.

(Foto: Von Paulus hacia el final del combate).

Y acá les dejo un documental sobre el tema.

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