Archivos para Abril 2009

Ay negrita

bailarina“Te vendieron una infancia equivocada, te vendieron la ruptura con tus padres, te vendieron el matrimonio o la pareja y te vendieron después las paralelas, y paralelamente te vendieron la separación, te vendieron la realización y la liberación y el `hacer cosas`, te vendieron la angustia y la depresión, te vendieron la revolución y te vendieron la soledad, te vendieron la incomunicación y el hastío y por último te vendieron, cangura mayor, hasta el suicidio.”

Jorge Asís, “Flores Robadas…”

Descanso

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Pero mirá que yo tengo amigos zombies, eh?

zombieMás acá.

No hay mal que por bien no venga

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Revelaciones

Anoche tuve un sueño “filosófico”, digamos. Resulta que sin saber bien porqué, tenía que ir por un edificio, despertando a varios filósofos que dormían en catres. Era algo así como una cárcel con las puertas abiertas, y mi tarea consistía en recorrer los cuartos despabilando a los prisioneros.

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Eso pasa en cualquier sueño. Lo que me sorprendió es que en un momento me acerco a uno de los filósofos, le toco el hombro y el tipo, sobresaltado, sentenció:

“Ojalá no me hubieras despertado. Cada vez que un hombre se duerme -por cansado que esté- lo hace creyendo que si hay un Dios ese Dios es bueno, o al menos es neutral con respecto a su sufrimiento. Quien se permite el sueño piensa que  no está siendo perseguido por los dioses. De lo contrario, el terror lo mantendría en vela. Ahora me levantaste: ya nunca podré dejar de pensar que el mal reina sobre todo. Ya no habrá descanso.”

Es increíble como el mismo bocho arma las situaciones, se responde, reflexiona por un lado absolutamente lejano a la consciencia ¡Carajo! ¡Las cosas que uno tiene en la cabeza!

Seres y mensajes que encuentro mientras camino

Es hora del recuento semanal de mis safaris urbanos. Esta vez hay de todo y para todos. Especialmente monstruitos que andan sueltos cuando las calles del Centro y alrededores se convierten en un “planeta desierto”, como compara Castillo en aquel texto tan querido que se llama “Buenos Aires Azul”.

Vamos, entonces, a repasar nuestro botín en varias etapas. Esta es la primera:

(Si clickean sobre las imágenes, se agrandan. Similar fenómeno se da con algunas extremidades humanas.)

Tira el dado (Bukowski)

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Si vas a intentarlo, hazlo hasta el final.
De lo contrario ni siquiera empieces.
Si vas vas a intentarlo, hazlo hasta el final.
Esto puede significar perder chicas, esposas,
parientes,trabajos e incluso tu sentido común.
Hazlo hasta el final.
Puede significar no comer nada en tres o cuatro dias,
puede significar helarte en el banco de un parque,
puede significar la cárcel, puede significar desprecio,
burla, aislamiento.
El aislamiento es el regalo.
Todo lo demás es un reto a tu resistencia,
a las ganas que tengas realmente de hacerlo.
Y lo harás a pesar del rechazo y de las peores posibilidades
y será mucho mejor de lo que puedas imaginar.
Si vas a intentarlo, hazlo hasta el final.
No hay sensación comparable. Estarás a solas con los dioses
y las noches se encenderán con fuego.
Hazlo, hazlo, hazlo, hazlo,
hasta el final, hasta el final.
Y cabalgarás la vida hacia la carcajada perfecta.
Es la única pelea que vale la pena. Ahí la tienes.

El juez que condenó a The Pirate Bay es miembro de asociaciones defensoras del ‘copyright’

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La defensa de los cuatro responsables del portal The Pirate Bay, uno de los principales en el mundo para intercambiar y descargar archivos por Internet, ha solicitado hoy la repetición del juicio al conocerse la pertenencia del juez a varios grupos de defensa de los derechos de autor.

Tomas Norström, el juez de primera instancia de Estocolmo encargado del proceso, es miembro de la Asociación Sueca por los Derechos de Autor (SFU) y la Asociación Sueca por la Protección Legal Industrial (SFIR), según ha informado hoy la emisora de radio P3. Los abogados que representan como acusación particular a varias multinacionales estadounidenses del sector audiovisual en el juicio son también miembros de la SFU.

Con lo que el abogado de uno de los 4 acusados acaba de anunciar que va a pedir que el juicio sea declarado inválido y, en tono incendiario, declaro que “El lobby del Copyright ha logrado introducir la corrupción en Suecia”.

fuentes: El País, Denken Über.

Y les dejo también esto pa que entiendan la webá:

¿Lo que viene?

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Real men don´t rape

real(Foto tomada en Monrovia, capital de Liberia, África Occidental. El autor es un tal VirtualOliver.)

Reventar

temple“Dejé de creer en Papá Noel a muy temprana edad. Mamá me llevó a verlo a un almacén y ese tipo de rojo con barba me pidió un autógrafo”

(Shirley Temple)

Marche un cuarto oscuro

Cuando hace unos meses escribí que Fernando Peña me parecía un chabón sumamente inteligente pero me cansó, hubo decenas de comentarios que, con todo placer, procedí a eliminar. Por un lado porque no pienso convertir este espacio en un spa psicológico para que se descarguen los oficinistas. Y por otro, porque eran ofensivos, del tipo “sos un pelotudo que no entiende el humor de los genios”.

(Lo mismo me pasó, a mayor escala, cuando días atrás escribí que a Charly hay que darle vacaciones. “Que no toque en vivo por un largo rato, es por su bien”, sugerí. Consecuencia: un par de fans me defenestraron como hasta ahora sólo lo han hecho los escritores menos talentosos de esta aldea, y alguna que otra señorita).

Retomo: aquel post sobre Peña -uno de los más visitados de este blog, aún hoy- ha quedado viejo. Peña salió a decir que él no había escrito esa carta famosa en el que le daba con el caño a D´elía (y después a Cristina Fernández) y, como están las cosas, es muy posible que sea cierto y se trate de un laburo de servicios.

Sin embargo, persiste mi sensación de que Fernando está representando -con aparente suficiencia, al mejor estilo colegio bilingüe- lo que desean y piensan los sectores más rancios de nuestra sociedad. Para ser rancios, aclaremos, no es preciso ser militarista ni antipático. Basta con sostener con naturalidad lo que es desigual, sólo porque te tocó pisar el costado más firme del pantano.

“Qué, ¿es un pecado tener plata?”. Quién no escuchó esas palabras desafiantes en algún cumpleaños donde había circulado de más el tinto. Y no, no es un pecado. En principio, porque ése -”pecado”- es un concepto religioso, y hace tiempo que venimos peleando por alejarnos del Jesús muriendo en la cruz. La bosta no es tener plata, la bosta es llevarla pensando que es lo normal, “lo que se da espontáneamente”. Como poetizó maravillosamente Moris, “otros te proporcionan lo necesario, y vos vivís creyendo que es lo corriente”. Alienación, que le dicen. En consecuencia, cuando se plantea ese interrogante (“qué, ¿es un pecado tener plata?”), no duele tanto la respuesta que merece el boludo que la tira como el hecho de que todavía alguien se anime a formular la pregunta en esos términos. No, no es pecado, flaco: es jodido, principalmente porque lo más probable si tenés mucho dinero es que te rodeen los oligarcas. Cuestiones de estadísticas sociológicas, nada más. Y no me lo preguntes así porque en mi barrio eso significa un babero.

Ya van a ver porqué digo todo esto. Lo que sigue pasó en DDT, el nuevo programa que tiene Lanata luego de alejarse parcialmente de Crítica y dejar a tantos colegas con los huevos en la garganta (y dicho sea de paso, ojalá salga todo perfectamente y podamos seguir laburando todos, incluídos los compañeros del Cronista que están en conflicto y los de la Nación que estaban bastante cagados también).

En la discusión que se generó entre el dirigente piquetero y el actor/conductor, me parece que en muchos momentos se volvieron, consciente o inconscientemente, como dos abstracciones. Dos cachos de país enfrentados entre sí. Ninguno es perfecto. Pero no elegir de que lado ponerse es convertirse en un cagón que mira desde el balcón de los iluminados. Cualquier cosa menos eso.

La situación de las discográficas

Vía Zona Indie me llega esta info sacada de los últimos datos publicados por la industria sobre el mercado yanqui. La gráfica es contundente y por eso no extraña que las corps se quieran poner duros con el tema de las descargas.

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Solidaridad con Piratebay.org

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Ya sabemos que en los próximos siglos quien tenga el control de la información tendrá el poder. Por eso la red ofrece una posibilidad para reconfigurar el balance en las relaciones de clase, en la medida en que los asalariados puedan hacerse con mayores cantidades de datos para utilizar a su favor en contra de los explotadores.

Así de simple. En consecuencia, es fundamental proteger a los sitios donde ese proceso se fomenta, como Piratebay.org. Es la página de intercambio vía torrents más importante del mundo, con 22 millones de usuarios por mes. Y sus fundadores acaban de ser sentenciados a un año de prisión y la paga de casi un palo verde cada uno en concepto de multa.

Sin embargo los tipos se plantaron: se niegan a garpar y prometieron seguir manteniendo en pie la Bahía Pirata, con servidores ubicados en lugares secretos y por más que se considere al proyecto fuera de la ley. “No podemos pagar ni queremos -dijo Peter Sunde en una conferencia de prensa que dio el grupo-. Preferiría quemar todo lo que tengo, y ni siquiera así les daría las cenizas”.

Un ejemplo de bolas bien puestas en pleno siglo XXI.

¿Quieren guerra? La tendrán. Organicémonos rizomáticamente para seguir compartiendo cultura cueste lo que cueste. Sabemos que las corporaciones vendrán por nosotros. Pero vamos a armarnos hasta que se adapten al presente o caigan como gigantes con pies de barro.Condenaron a cuatro. Veamos ahora como hacen para enfrentarse a millones.

Marea

El sábado a la tarde es el momento de la semana en el que hay más expectativas flotando en el aire. Estrategias, planes, frases que se sopesan en el bocho, imaginando respuestas igual de imaginarias. Esa corriente invisible de deseos hace chocar sus olas contra la ciudad, y si uno está atento puede sentir las gotitas que salpican.

Por eso me gusta salir caminar esos días. Espiando un balcón veo a una mina que se arregla jugándose la vida en cada detalle; y entretanto las chicas que trabajan cama adentro van saliendo de sus laburos con toda la fe puesta en lo que sucederá durante las próximas horas. Hay vibra.

Muchas veces me pregunté porqué sigo viviendo en esta ciudad insoportable, tan llena de ruidos y de vivos que se creen que engatuzan y sólo se engatuzan a ellos mismos. Los que siguen este blog ya habrán leído el post anterior en el que pensando en Mendoza me preguntaba adónde mierda voy a volver ahora que ya no siento que ésa sea mi casa.

Lo que descubrí en mi paseo de ayer a la tarde se parece bastante a una respuesta. Frente a mi casa, sin ir más lejos, a algún loco genial se le había ocurrido poner esto:

imagen-074Doblé la esquina y en el segundo exacto en el que estaba esperando que pasara un auto se me ocurrió mirar para arriba. Me choqué con colores para todos los gustos ¿Dónde bosta tiene uno la percepción que no ve todo esto todos los días?imagen-169Hice una cuadra y saqué otra foto. No les voy a negar que a esa altura ya sentía -cosa rara en los diez años que llevo en Buenos Aires- que el paisaje empezaba a pertenecerme. Ojo: no imaginen que esta calle es tan ordenadita como parece. De noche las ratas se pasean a sus anchas y la mugre que dejan los vecinos es impresionante. Aún así, había belleza. Casi podía atraparse con la mano.imagen-114Y hablando de ventanales, miren a quiénes sorprendí:

imagen-122Después vino la tarea de rastrear los laburos de Elodio, mi grafitero favorito. Es un chileno que cada tanto visita la ciudad. Lástima que en San Telmo tenga un enemigo que le arruina las obras. Pero miren lo que hace:

elodioimagen-105Con la parrillita recién limpiada,

la barra hacía la deshora del asado.

Y yo seguía, siempre motivado,

por la luz del sol, que se me iba.

imagen-091imagen-100Ahora que los veo de nuevo, también había algo de desesperación en los personajes que me iba topando a medida que seguía la recorrida.imagen-138

Defensa, la calle en la que se atacó a los ingleses. El barrio negro, donde no quedó casi ninguno y donde saludablemente están regresando los africanos, como si el mismo Río de la Plata los pidiera a gritos para que curen a tanta tierra de la melancolía. Vivos y muertos compartiendo espacios, y un chabón despistado que seguía tratando de pescar las ideas que lo hicieran volver un poco a la literatura, que en la última semana lo tenía un poco cagado a palos.

Y ya hablo en tercera persona, como el Diego.

Ahora, que se acaba el domingo, todo esa santería Santelmística rodea mi casa en silencio. Las calles están desiertas y en el centro la figura que forman todos los dibujos estoy yo, escuchando el tlaqueteo de mi compu. La marea de los sueños está más bien baja.

Dos titanes (por Sala)

sala

A esto le llamo competir

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Cambio de escenario (publicado hoy en P12)

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La sensación se parece a abrir un baúl y que de adentro salgan cien mariposas de colores. Así de vibrante es la escena de solistas que viene asomando desde mediados de la década. Lo que los une, más que una estética compartida, es la apuesta por una senda personal que eluda los tentáculos de la industria. Convocan vía Internet y muchas veces tocan en casas, cobrando entradas accesibles, sin los amontonamientos que prescribe el interés económico de los dueños de los bares. Y la gente se sienta en los almohadones del piso, a hacer lo que ciertos ámbitos rockeros ya no permiten: escuchar música nueva. Los recitales han empezado a llenarse y eso –junto a la solidez de sus discos artesanales– está indicando que sí, que finalmente éste puede ser el gran año para los cantautores del under.

Ezequiel Borra ya se ha ido de gira por Japón con Juana Molina y Ale Franov; y no afloja en sus búsquedas puntillosas. A los nueve empezó a estudiar canto y después guitarra. Su papá trabajaba como profesor de tenis desde temprano, de modo que lo cargaba en el auto y el nene amanecía siempre ahí adentro, con la sola compañía del pasacasette y las cintas de Serrat, los Beatles y Alberto Cortez. “Me copé con lo testimonial. Tenía diez años y componía estribillos tipo ‘qué mal que va el país’”, bromea él, café de por medio. Hoy sus criaturas estiran hasta lo inesperado los contornos del formato canción, con referencias sufíes y la colaboración frecuente del sonido de la lluvia. “Una vuelta me prestaron Pelusón of Milk y Artaud, de Spinetta, y empecé a cambiar –se transporta–. Mis temas se volvieron fantasiosos. Mucho imaginar y tocar recluido en mi habitación. Tengo cuarenta cintas viejas que hice probando experimentos en mi antiguo portaestudio.” La posibilidad de editar en la computadora potenció a toda su generación. “Me puse con la compu, grabando adentro de un placard que tenía muy buena acústica. Y así bauticé al disco, El placard.”

Desde entonces, Borra no paró de grabar. “Entre 2005 y 2007 presenté esa primera placa, y continuó en ‘estado de composición permanente’. De hecho tengo dos discos más a punto de editarse”, adelanta. El cantautor típico dispone de pocos recursos y tiene que ocuparse de todo, así que el mérito es doble. “El hecho de no contar con infraestructura te complica por un lado, pero por otro te deja concentrarte sin apuros”, reconoce el artista.

Viernes a la noche. La casa queda en una calle poco transitada, pero tal como lo anticipaba la lista de confirmados de Facebook –que acusaba más de trescientos interesados en ir– el living se va llenando. El paisaje es hijo de las complicaciones que surgieron para tocar luego del desastre de Cromañón: en lugar del boliche y los carteles por la calle, se impone “lo de un amigo” o salas pequeñas, con sets acústicos y promoción por las redes sociales. El arte, en definitiva, va buscando sus caminos. El cronista entra haciéndose el ducho, aunque sospecha que debe estar atento a los códigos so pena de terminar como Peter Sellers en La Fiesta Inolvidable. No es tan complicado: las pilchas son sencillas, circulan las birras y las pizzas vegetarianas; y Juanito el Cantor –“alter ego, amigo imaginario, memoria y futuro de Juani Serrano”, como puntualizan los que lo siguen– se sienta en un taburete. Sólo, con su pelo largo, su barba y su guitarra criolla: “si quieren, hagan silencio”, propone. La mitad de la asistencia no lo conoce, y, sin embargo, no vuela una mosca entre los temazos que empieza a pelar. Más de uno, incluso, se decide a comprar su disco 12 canciones de amor y una botella de vino, una serie de sonoridades que se asemejan a dibujos de niño, con historias mínimas y una interpretación que, de ser pintura, se acercaría a las pinceladas de Paul Klee.

Más cerca de la medianoche toma la posta Lucio Mantel, que hace lo propio sin saber que pocos días más tarde conversará con Página/12 sobre la velada. Mantel tiende otro de los puentes posibles para mapear el universo en el que circulan él y varios de sus colegas, porque asegura estar feliz de haberse librado –al menos por un rato– de las convenciones del rock: “yo hice música siempre, aunque no siempre toqué mi música”, confiesa una semana después del concierto con Juanito. “Estuve en una banda rockera seis años, y lo que hago ahora ya no es rock. No sé qué es. Antes se precisaba el volumen porque se quería golpear algo. Hoy el volumen se usa para ensordecernos. Por eso en un contexto donde todo es invasivo, hay una importancia en acercarse al silencio”, agrega.

Nictógrafo, su primer álbum, requirió un año de elaboración. El título viene de una máquina que había inventado Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, para poder escribir de madrugada sin encender las luces. Por lo demás, la oscuridad quedó sólo en el nombre. Las doce pistas se convirtieron rápidamente en recomendación del mes en el Club del Disco, y los melindres armónicos de composiciones como “Zamba desnuda” –cinco minutos arrolladores, que encima ganan con la voz de Mariana Baraj– empezaron a posarse de boca en boca y aún no se detienen.

Lucio asiente y agranda los ojos de manera característica si algo lo entusiasma. Cuando le mencionan la insistencia con la que la gente ha empezado a corear “Nadie en el espejo”, hace el gesto. Asiente, y agranda los ojos: “tocar en vivo, donde los otros están cerca, me hizo entender mejor esa canción. Fijate que ese tema a mí no me gustaba, y me percaté de que los que estaban enfrente mío descubrían lo que yo no había detectado”. El sentido comunal de los encuentros se percibe en el rigor con que el público atiende a los indies. “Es buenísimo, porque uno termina de investigar lo que compone mediante la reacción de los demás”, remata Mantel.

Por supuesto que ni Lucio, ni Borra ni Juanito agotan el abanico de opciones. Por otra parte, es verdad que el veloz ascenso de Lisandro Aristimuño funciona como termómetro perfecto de lo que está pasando por los subsuelos. Pero de ningún modo marca una línea única. Están los que no se han alejado del rock y los que sí –la mayoría–; están los interesados en la electrónica, la chanson française, el pop. Eso sí: dos de cada tres suspiran de admiración cuando se les menciona a uruguayos como Eduardo Mateo o El Príncipe. Además, hay un generalizado redescubrimiento del folklore, tierra fértil para sembrar melodías. Con semejante fórmula, no es raro que se produzcan momentos interesantes; y Lula Bauer –¿la fotógrafa oficial de los neocancionistas?– no se cansa de retratar a las figuras con la exaltación de quien intuye que lo mejor está por venir.

Sea lo que fuere que venga, va a ser inclasificable. Los mismos creadores no entran ni quieren entrar en ninguna categoría aséptica: Gaby la Malfa, por ejemplo, canta desde que era chica, integró coros, pasó por su etapa lírica y fundó bandas de improvisación colectiva. En la época de la dictadura debió huir a Brasil y, en consecuencia, los cuatro de Liverpool y María Elena Walsh se le mezclaron con Elis Regina. Recién a los treinta se decidió a dar más espacio a sus composiciones y hoy curte un tejido de melodías cantables, mantras lúdicos y –al igual que Juanito– cierta fascinación por la libertad estética de la infancia. La sencillez difícil de lograr, la tranquilidad y la calidez atraviesan sus trabajos vocales. “Para mí –cuenta– el nacimiento de una canción no es fácil. Salen cada tanto. Cada vez que hago una, siento que se está gestando un mundito.” Gaby admite que es otra obse. Para editar Solaz estuvo tres años, alternando exploraciones vocales con ideas gráficas que acompañaran a ese CD inaugural.

Chitrili llega a la entrevista y lo primero que hace es caerse de la silla. “Con esa entrada, te compraste el bar”, lo gastan desde una mesa. Flaquísimo y barbudo, pega más con cualquier postal selvática que con la porteñidad gris que marzo desparrama. Pero su despiste es, en realidad, la capa superficial de un andariego que arrancó con la percusión, no se amilanó ante la guitarra y consiguió un estudio de lujo para grabar la colección de canciones que inventó luego de haber viajado hasta México volviendo por tierra, en una travesía que duró dos años. “A los 12 –recapitula él, mientras se levanta– empecé a pegarles a los almohadones con unas varillas de skate, y mi mamá reaccionó ofreciéndose a pagarme unas clases de batería. De ahí en adelante fui integrando bandas de punk, rock, funk, reggae, etcétera. Después de que llegué, Tomas Jacobi y Nicolas Barry, unos amigos que viven en Los Angeles, me preguntaron si quería ir a grabar allá y me fui de una, con el cajón peruano y un par de jeans.”

Portin the Guduan, el resultado de aquellas sesiones, viene a ser una traducción spanglish de “Llevando de la buena”. Contiene joyitas en sintonía con el adivinable planteo de la frase, que remite a la comunión con la naturaleza (entre otras cosas). “Los que participaron no intercambiaron dinero ni intereses, sino onda”, resalta Chitrili. Basta escuchar “Canción del duende” para intuir que el músico –que también es baterista de la banda Elbou– apela a un criterio a la vez potente y exquisito, con ritmos y métricas que merecerían un premio a la originalidad: “había una vez un duende que se sentaba/sobre la copa de un alto árbol medio viejo/a mirar cómo el atardecer caía en llamas/ y a escuchar/la música que hacen las aves/ que habitan el lugar”. Otra que viaje a México.

A esta altura zumban incógnitas ineludibles: ¿existe un vínculo posible entre tanta diversidad? Por lo que ellos perciben, hay una comunión en el hecho de compartir salas modestas, climas íntimos y una situación económica bastante ajustada. “En otros aspectos no somos similares. Vas a encontrar más parecidos en la industria”, repiten. “Creo que a fines en 2008, cuando luego de que un compañero sufriera un robo organizamos un toque para que pudiera reponer sus equipos, se confirmó que ‘podemos reunirnos si hace falta’, como escribió Pablo Dacal. O sea que estamos juntos en la diferencia”, clarifica Borra. Mantel coincide, y enfatiza que lo compartido es “la necesidad de transmitir lo que llevamos dentro a través del género canción, que le da libertad total a la identidad”.

Link

Fotos: Lula Bauer.

Donde crecí

I

No había teléfono, ni Internet, ni gas natural ni cloacas. A cien metros tenía una caballeriza y en dirección contraria el Campo Papa, una de las villas más grandes de Mendoza. Para navidad, la gente cargaba cajones enteros de birra, y en el quiosco te encontrabas paisanos con el facón al cinto.

También me decían “el hijo de la maestra”, aunque en honor a la verdad, creo que en una zona punga eso pone una distancia difícil de romper.

Y había mormones. Montones de mormones que los viernes repetían “¿quiere bautizar este sábato?”. O mostrando su biblia de John Smith: “¿no cree que este libo es verarero?”.

Sólo llegaba el colectivo 41. Si un viernes a la noche estabas con toda la pinta y se te pasaba el último, tenías que suspender la movida. Claro que no podías avisar que habías quedado varado…¡por lo de la ausencia de teléfonos!

Al principio, los que chivateábamos por la zona éramos todos niños. Integrábamos una bandita con una camada de pibes más grandes, y un nenito que cuando arrancamos tenía sólo cuatro años. Nos seguía permanentemente. Pasábamos el día juntos. Hasta que un Mundial después, los dos más crecidos del grupo aprendieron a fumar. A la semana se violaron al chiquitín, escondidos atrás de una montaña de tierra.

Ahora están en la cárcel, los conchudos forros hijos de puta. Voy a odiarlos toda la vida.

II

A fines de los noventa, se afincó en mi esquina “la mafia del Yegua”, un chabón que nos despertaba todas las noches con sus tiroteos. Me afanaron dos veces entrando a mi casa. Le dispararon a mi perra. Eso sí: cuidaban que no le pasara nada a mi hermana, tenían código. Me invitaron a casamientos en los que diez o veinte mesones se acomodaban sobre el patio de tierra, con cinco cajitas de vino en cada uno; y se bailaban valses criollos que también dejaban espacio para que arrancaran los viejos y las viejas.

Pasé una década ahí, de los nueve a los diecinueve (que fue cuando me vine a Buenos Aires). Era una contradicción total, porque al mismo tiempo yo iba a un colegio supuestamente “público”, de ésos que financian los pobres pero aprovechan los ricos; donde se rinde para entrar y se sale convencido de que se tiene onda. Un terrible murallón invisible entre mis dos espacios cotidianos.

¿Si extraño? Umm. Cuando me cansan los códigos de la Capital, se me da por volver a mi calle menduca, que el intendente quiso llamar “Anillaco” y todos los que vivíamos ahí renombramos -con pinceles y pintura propia- “Buenos Vecinos”. Me agarra una cosa acá, como a Panigazzi. No es placentero, ni siento pertenencia. Me pregunto dónde estará al final mi verdadera casa. Y no me sale ninguna respuesta.

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Últimas palabras de Alfonsín sobre Carrió

Angel lo apuntó en Facebook. La fuente original es de un discurso en Paraná (Entre Ríos). Subido a la web por Lucas Carrasco.

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