Ayudame, cerebrito

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I.

En general, cuando me levanto nunca sé bien cuál fue mi sueño de la noche. Sin embargo el otro día abrí los ojos y por un ratito no me di cuenta que estaba despierto.

Pero dejen que empiece bien. La última vez que me pasó algo parecido fue cuando tenía once o doce, al volver de unos bailes que hacían en la escuela Rawson de Godoy Cruz, allá en Mendoza: era tanta la emoción de ir los sábados a ese patio ajedrezado de escuela primaria, que yo seguía de gira mentalmente a lo largo de toda la madrugada. Aún cuando el bolonqui se acababa justo a medianoche -luces encendidas, papás que nos iban a buscar- yo imaginaba nuevos levantes, me inventaba personas, canciones, y así hasta que salía el sol.

Me acuerdo que yo no iba a clases a esa escuela. Era mi escuela “B”, donde se aprendían otras cosas. Una construcción viejísima que después, ya más peludo, imaginé como sede de “La escuela de noche”, aquel cuento de Cortázar. Era una casa gigante, amenazadora pero al mismo tiempo destruída, igual que algunas mujeres que veía cuando salía solo a dar unas vueltas a la manzana con mi aurorita anaranjada.

A los bailes iba séptimo grado y algunos de la secundaria. Había unas viejas que me trataban como un capanga y me vendían pancho y coca por un peso con cincuenta. Para mí, que entonces no sabía quiénes habían sido los compadritos, era la gloria. La Rawson. Fa. Tenía una novia que nunca besé. Era rubia paya y yo, que vivía en un barrio morocho, me volvía loco por esa excentricidad. La ví un par de veces, y de ella me queda solamente el color del pelo y los ojos que una vez se pusieron a llorar. No sé porqué.

El asunto es que cuando ya se acercaba la primavera y empezaban las fiestas mi cabeza se ponía incandescente, y no había forma de dormir sin pensar que en la habitación, a mi alrededor, la joda no se terminaba nunca. Seguía, con mi cama en el medio. Y así el festejo sumaba a su etapa real una onírica, en la que podía enmendar las tonteras que hubiera hecho antes.

II.

Lo que me lleva al sueño de hace unas semanas. Soñé que entraba en un teatro. No me sentaba en una butaca, sino que me mandaba directamente en los camarines. Alguien muy apurado me empujaba al escenario, y me daba cuenta de que los actores ya estaban en plena escena. Me hablaban, y yo tenía delay para darme cuenta de que esperaban que les contestara de acuerdo al guión.

Me susurraban disimulando la bronca, diciendo “dale, boludo, ahora viene la parte en que vos…”. Y así todo el rato. Se orientaban por un libreto que yo no había estudiado.

La obra estaba dividida en actos y al final del primero, cuando se cerró el telón, tuve que morfarme los reclamos de todo el elenco, que no podía creer que yo estuviera protagonizando eso sin siquiera saber cuál era mi papel, ni cómo terminaba la historia. La obra siguió y se fue desdibujando a medida que la luz entraba a mi pieza. A eso de las nueve abrí los ojos y me senté en la cama. Me sentía otra vez en medio de algo, aunque esta vez no era una fiesta sino un drama en el que el mundo entero esperaba un pie del guión para decir su línea.

Me quedé callado y puse la pava. Con el paso de los días –y dándole vuelta y vuelta a la historia- voy entendiendo porqué tuve la sensación de que ese sueño no había terminado. Supongo que cada uno tendrá sus teorías. Yo tengo la mía.

El amigo Borges me contó que para él el sueño presentaba la maravilla de hacer que nuestro inconsciente planee sorpresas para uno mismo. Es decir: el relato onírico –si existe algo así- dosifica información, arma tensiones y cada tanto remata con sorpresas y pesadillas que no esperamos. Después de leer eso me di dos coscorrones en el coco y me pedí volver a esos tablones soñados, para mandar a todos al carajo (guiones incluídos).

Por favor, cerebrito, dame una mano. Confío en que esta vez la sensación sueñera también durará un poco más de lo normal y me voy a despertar pensando que soy libre de cualquier línea escrita por otros.

Después voy a poner la pava.

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