Cuando el tío Eduardo decidió contarle a sus padres -es decir a mis abuelos- que quería ser actor, ni se imaginaba que terminaría siendo la voz de MacGyver en el doblaje latinoamericano de la serie.
Había que tener huevos, porque en la Mendoza de los ochenta decir que querías ser actor era más o menos como avisar que eras marica. Pero el tío fue para adelante y un día, a las once de la mañana, encendimos la tele y ahí estaba: MacGyver pelando cables.
Con al voz del tío Eduardo.
El momento cumbre era cuando MacGyver “pensaba”. Cada capítulo tenía una escena en la que no había escapatoria. “Acá cagó, no hay forma de que este tipo zafe”, suponía el espectador. Entonces entraba una musiquita neuronal y se escuchaba la consciencia del héroe -o sea, la voz de mi tío- diciendo cosas como “hay algo que aprendí en la escuela: la nitroglicerina se fabrica mezclando nuez moscada con café”. Era el principio de la solución.
Los canales de mi pueblo, por supuesto, nunca pasaban los capítulos en orden. A veces Mac aparecía casi adolescente, otras treintañero. De todos modos el barrio le seguía los pasos a los dos -al héroe y al doblajista- como si fueran el mismo ser.
Cuando venía alguien de Buenos Aires le preguntábamos por lo que iba a pasar en la serie. Y cada vez que el tío llamaba por teléfono le pedíamos novedades: ¿se casaría MacGyver? ¿Nunca pero nunca iba a usar un arma? El tío, divertido y resignado, nos decía que lo más seguro era que no, que Mac se mantendría soltero y que “por principios” no usaba revólver.
“Alto ahí, ¿quién demonios es este sujeto que ha crecido tanto?”, me decía mi tío poniendo su mejor voz de Mac, y me saludaba pellizcándome la panza en esos veranos en que volvía de Miami a Mendoza por algún casamiento de las primas o por un cumple de mis abuelos. Los chicos flasheábamos, y a mí particularmente -supongo que por ser hijo de padres separados- la presencia del tío en casa me daba seguridad y hasta una pátina de aristocracia, a esa edad en que tener un pariente famoso te convertía en el líder de las expediciones en bici.
Fui creciendo. El éxito de la serie, al menos en Latinoamérica, puede graficarse con la misma curva que señala el auge y la decadencia del corte de pelo “con cubata”. Así se le llamaba al peinado con mechitas atrás, que de paso también tenía un parecido con el estilo de otro mac, el Marty Macfly de “Volver al futuro”.
TODOS los negros del barrio andábamos con ese look. En un picado sobre el paisaje semidesértico del pedemonte cuyano recuerdo haber pensado que nos parecíamos más a un grupo de pieles rojas que a un héroe anglosajón.
–¡Guachoculiao, pasála!– me gritó algún pibe. Y yo salí de mi ensoñación para volver al escenario polvoriendo de nuestro fútbol de baldío.
Era la época del pan con manteca y azúcar. Del Atari. La programación por cable era una hipótesis de ciencia ficción, y dejábamos pasmados a los abuelos apagándoles la tele desde la pieza de al lado, tentados de risa sobre los botones de aquellos controles remotos que pesaban cinco kilos.
A los personajes internacionales los conocíamos a través del doblaje y no por la voz del actor gringo, como ahora. Incluso escuchar más tarde la versión con sonido original nos parecía raro. No era lo mismo. A hurtadillas, yo había oído como el tío Eduardo le contaba a mi hermano mayor que algunas minas lo buscaban solamente para llevarlo a la cama y pedirle que les hablara con su voz. La voz de MacGyver.
–Porque les gusta imaginarse que están con el actor, viste. Richard Dean Anderson–.
Yo pensaba que necesitábamos un MacGyver como presidente. Un tipo que “lo atara con alambre”, que fuera 100% honesto y que nos salvara de la crisis que desde siempre estaba ahí en los noticieros, en la radio, en los precios del almacenero y en el vacío de la heladera.
Sin embargo hubo un capítulo que acabó con eso. La mañana en que lo emitieron pasaron básicamente dos cosas. Primero, se terminó mi infancia. Segundo, el tío Eduardo, a pesar de vivir en Miami, a pesar de haber tenido alguna vez la valentía de seguir su vocación, me empezó a parecer un gil.
Acababa de cumplir doce. Iba a la escuela a la tarde. Mi vieja era maestra, así que una vecina que se llamaba Rosa cuidaba de mis hermanos y de mí, y también nos preparaba el almuerzo. Recuerdo que su hijo -el hijo de Doña Rosa- era policía.
Cada mañana, mientras ella picaba zanahorias para el guiso, yo me sentaba a ver la tele y entre los dos comentábamos los programas.
Mucha opción no teníamos, porque en el canal 7 daban Mac y en el 9 daban “El club 700″. Viéramos lo uno o lo otro, esta señora me decía “ay, Facu, no me digás que te vas a creer eso”. Yo me resistía y le respondía que sí, que podía ser, que a lo mejor Jimmy Swaggart era un buen pastor. Y sobretodo, que podía ser que un tipo como McGyver -solitario, pobre, creativo y desarmado- le pudiera ganar a cualquier villano.
En aquella época yo leía a Sábato. En fin.
Cuestión que esa mañana pasaron este capítulo, que -supe más tarde- se llama “Legend of the Holy Rose” (temporada cinco, episodio uno): un grupo de mafiosos colombianos tiene de rehén a un yanqui. Entonces McGyver se infiltra en el cuartel de los malhechores y planea el escape. Corta cañas de bambú como quien ata un par de fósforos, añade un ventilador a la estructura y listo.
Se escapan.
Volando.
En un avión casero.
Vo-lan-do.
Si hubieran mostrado que Mac hacía un preservativo con la funda de un salame, yo creo que Doña Rosa no se habría reído tanto. Pero cuando la pantalla mostró el vuelo supuestamente apoteótico, la mujer tuvo que doblar las rodillas para no caerse con sus carcajadas. De fondo, el sonido del avión re-trucho de mi ídolo. Mi infancia avergonzada. Mi derrota. Mi exilio para siempre fuera del reino de las ilusiones infantiles.
Aquel año el tío Eduardo vino de nuevo, pero mucha bola no le dí. Yo ya estaba en séptimo grado y salíamos a tomar helados con mis compañeros y especialmente con mis compañeras, que ahora tenían tetas mucho más divertidas de mirar que cualquier serie de TV.
A veces me daba pena imaginar a aquel “tío actor” doblando las temporadas crepusculares de la serie, de bolazo en bolazo, combatiendo enemigos cada vez más estereotipados de la mano de un héroe decadente.
Cada tanto también me entusiasmaba la idea de escribir algo sobre MacGyver. Un homenaje velado, utilizando cualquier situación ficticia para hablar de ese personaje que se sobaba la mano si pegaba una piña, no tenía sexo jamás y obedecía a un imaginario hoy muerto, previo al escepticismo post Irak y anterior a las estéticas de la era digital. Se me ocurría, por ejemplo, inventar un personaje relacionado de algún modo con la serie, que sirviera como punto de apoyo para desplegar ideas y me ayudara a recuperar sensaciones de infancia.
Al tío casi no lo volví a ver. Se casó una o dos veces, y un par de veces se divorció. El último fin de año en que nos encontramos fue el de 2001. Argentina era un quilombo y me comentó que le alegraba estar en Miami. Le pregunté si tenía algún proyecto. Me dijo que no muchos, que todo el mundo lo identificaba con “trabajos anteriores” y que eso “lo encajonaba”.
–Che, ¿y si alguna vez volviera?– pregunté.
–¿A qué te refieres?– me respondió él con su latin accent.
–Digo, si volvieran a hacer MacGyver, ¿lo doblarías?
–Por supuesto, ¡que se doble pero que no se rompa!- contestó.
Y después:
–Qué se yo, Facu. Qué se yo…–.
Apuró el vaso, y juro por la Fundación Phoenix que ví como sus rasgos se fundían con ese gesto que ponía el viejo Mac cuando enfrentaba un problema irresoluble. Pero no pude escuchar lo que decía su consciencia.
(Para Mario Castañeda y para los macgyveres del barrio “El Ruiseñor” de Godoy Cruz, Mendoza).




